Portada de IFS Health Therapy, de Nancy Sowell, con Martha Sweezy y Richard Schwartz.

IFS Health Therapy: el cuerpo y el cuidado en la enfermedad física

Nancy Sowell, con Martha Sweezy y Richard Schwartz, presenta una aplicación de IFS al acompañamiento de personas con enfermedades físicas. Mediante casos clínicos, diálogos terapéuticos y un recorrido de tres fases, el libro explora los conflictos que pueden dificultar el cuidado y sostiene una distinción fundamental: sanar no equivale necesariamente a curar.

Leonie vive con enfermedad de Crohn. En su historia, atender las necesidades del cuerpo se entrelaza con una dificultad persistente: descansar, reconocer el enojo o establecer límites puede despertar el temor de estar abandonando a los demás. El cuidado propio queda atrapado entre las señales de la enfermedad y unas obligaciones familiares difíciles de cuestionar.

A lo largo de IFS Health Therapy, su caso permite observar cómo se trabaja con ese conflicto. La exploración incluye el miedo, las experiencias familiares, la relación con el cuerpo y la posibilidad de construir una vida con más espacio para sus necesidades. El relato vuelve sobre ella en distintos momentos y permite seguir las decisiones, dificultades y cambios del proceso.

Esa continuidad es uno de los aciertos del libro. Sus casos acompañan el desarrollo del método y muestran cómo una misma dificultad adquiere nuevos significados a medida que avanza la terapia.

IFS (Internal Family Systems) Health Therapy: Treating Trauma-Related Physical Illness & Toxic Stress fue publicado por PESI Publishing en 2026. La edición consultada está en inglés. Por su estructura y el desarrollo de las intervenciones, es un manual de orientación principalmente clínica, dirigido a profesionales que acompañan procesos de salud y enfermedad. También puede interesar a otros lectores, aunque su lectura exige familiarizarse con el lenguaje y los procedimientos terapéuticos de IFS.

Los conflictos que aparecen alrededor de la salud

El modelo de Sistemas de Familia Interna —IFS, por sus siglas en inglés— describe la vida mental como un sistema de partes con diferentes emociones, perspectivas y funciones. Algunas buscan prevenir el sufrimiento mediante el control o la anticipación; otras procuran alivio inmediato cuando el malestar resulta abrumador. Las partes vulnerables conservan experiencias de miedo, vergüenza, soledad o desprotección.

El libro lleva ese lenguaje a situaciones habituales en el cuidado de la salud. Una persona puede intentar seguir rigurosamente las recomendaciones médicas y sentirse agotada por esa exigencia. Puede vigilar cada señal corporal y, en otros momentos, necesitar desconectarse del cuerpo. Puede querer descansar y experimentar culpa apenas se detiene.

Desde IFS, esas respuestas se exploran atendiendo a lo que intentan proteger. La pregunta por su función permite comprender por qué una conducta persiste incluso cuando la persona reconoce sus consecuencias.

El Self, otro concepto central del modelo, designa una capacidad de relacionarse con la experiencia desde la curiosidad, la calma y la compasión. La terapia procura facilitar esa posición para que el miedo, la crítica o la urgencia puedan ser escuchados sin determinar por completo la respuesta.

La contribución del libro está en desarrollar cómo se trabaja clínicamente con esas tensiones. Los diálogos muestran el cuidado necesario para que la terapia no se convierta en una nueva instancia de exigencia para alguien que ya se siente desbordado.

Antes de intervenir, construir una relación

La evaluación y la relación terapéutica reciben una atención considerable. Se exploran la experiencia de enfermar, las circunstancias actuales, los apoyos, las dificultades con el tratamiento y las expectativas de quien consulta.

Los mapas de partes permiten organizar lo que va apareciendo, dejando lugar para las preguntas todavía abiertas. La formulación se revisa durante el proceso: una primera explicación puede ampliarse cuando se comprende mejor la función de una respuesta o las condiciones en que surgió.

El terapeuta también forma parte de esa exploración. El deseo de aliviar, la preocupación ante una enfermedad grave o la necesidad de que el tratamiento funcione pueden introducir presión. El libro invita a reconocer esas reacciones, admitir errores y reparar los desencuentros.

Este aspecto da espesor a la propuesta. La seguridad se construye en la posibilidad de detenerse, expresar desacuerdo y encontrar un ritmo tolerable. Incluso una intervención bien intencionada puede resultar inoportuna si llega antes de que la persona esté preparada.

Un recorrido de tres fases

La primera fase se dedica a conocer las respuestas protectoras. Antes de acercarse a experiencias dolorosas, se explora qué temen esas partes y qué necesitan para permitir un trabajo más profundo.

El caso de Tina resulta especialmente ilustrativo. La preocupación por su salud convive con fuertes exigencias de disciplina y con conductas que le ofrecen alivio al final del día. La terapia va incorporando el agotamiento, la soledad y la escasez de experiencias reparadoras. Ese contexto permite comprender la dificultad para cambiar sin reducirla a una cuestión de voluntad.

En Leonie, el trabajo se detiene en la obligación de cuidar y en el temor a que atender sus propias necesidades dañe los vínculos familiares. El descanso adquiere así una dimensión relacional: para hacerlo posible, también es necesario escuchar la culpa y las lealtades que lo vuelven amenazante.

La segunda fase se aproxima a las experiencias vulnerables que esas respuestas intentan mantener a distancia. El consentimiento de los protectores y el ritmo de la persona siguen orientando el proceso.

Los casos describen momentos de reconocimiento del sufrimiento y elaboración imaginativa. Dentro del marco de IFS, puede aparecer una figura infantil que recibe compañía o protección, o una representación simbólica de la liberación de una carga. Ronan, por ejemplo, permite seguir el trabajo con experiencias de humillación y desprotección que se exploran junto con su autoexigencia y su dificultad para detenerse.

El libro da espacio a lo que ocurre después de esos momentos. La tristeza y el duelo pueden necesitar tiempo; una experiencia reparadora no resuelve de inmediato todas las dificultades.

La tercera fase aborda precisamente esa integración. Los cambios se llevan a las relaciones, el trabajo, el descanso y las actividades cotidianas. También se revisa cómo responden las partes protectoras cuando comienzan a modificarse hábitos que durante mucho tiempo ofrecieron seguridad.

Tina encuentra oportunidades de disfrute y conexión social. Ronan reconsidera su relación con el trabajo y con las señales de cansancio. Leonie ensaya límites y recupera actividades propias. Los relatos permiten observar que el cuidado necesita condiciones concretas para sostenerse.

El recorrido admite retornos. Una dificultad persistente puede conducir a escuchar nuevamente a un protector o a explorar otra experiencia vulnerable. Esa flexibilidad evita presentar las fases como una secuencia que deba cumplirse de manera uniforme.

Volver a habitar el cuerpo

Uno de los desarrollos más valiosos aparece en la relación de Leonie con las sensaciones corporales. La vigilancia constante y la desconexión se presentan como respuestas a una experiencia difícil de tolerar. Ambas intentan ofrecer protección, aunque pueden complicar el reconocimiento de necesidades como el descanso, el hambre o la sed.

El trabajo busca hacer posible una atención al cuerpo que no quede absorbida por el temor. Los ejercicios invitan a advertir reacciones, reconocer sensaciones y explorar las preocupaciones que aparecen al hacerlo. La exposición contempla pausas y adaptaciones cuando la experiencia resulta demasiado intensa.

La integración también incluye recordar corporalmente momentos de calma o seguridad y encontrar formas de darles lugar en la vida cotidiana. El libro concede valor a actividades que aportan disfrute, movimiento y conexión, junto con la revisión de exigencias y obligaciones.

Estas páginas resultan especialmente útiles porque muestran el cuidado como una práctica que necesita aprendizaje, recursos y relaciones que la sostengan.

La enfermedad también puede dejar heridas

Aunque el título destaca el trauma y el estrés, el libro también examina el sufrimiento que puede producir la propia enfermedad.

En la historia de Leonie, el recorrido diagnóstico y la experiencia de no poder confiar en el cuerpo ocupan un lugar clínico. El miedo no se explica únicamente por lo vivido antes de enfermar: también se relaciona con lo que ocurrió durante su experiencia como paciente.

Esta dirección de la mirada amplía el alcance del acompañamiento. La terapia puede atender la incertidumbre, las pérdidas y las experiencias de desprotección asociadas a una condición médica sin necesitar establecer que un trauma la originó.

El libro incorpora la colaboración con otros profesionales, con consentimiento de la persona, y reconoce la importancia de comprender el diagnóstico médico. También considera la sobrecarga de cuidados, el aislamiento y las condiciones materiales. Esos elementos ayudan a situar las dificultades en la vida de quien consulta.

Sanar sin convertir la curación en una exigencia

Una de las delimitaciones más importantes aparece en el capítulo dedicado a establecer la relación terapéutica: la curación de la enfermedad no constituye el objetivo ni la medida de éxito del proceso.

Los autores describen mejorías físicas observadas y expresan expectativas sobre los posibles efectos de reducir el estrés. Al mismo tiempo, reconocen que una remisión no puede atribuirse sin más a la psicoterapia.

Sanar incluye, en este encuadre, una transformación de la relación con el sufrimiento, el cuerpo y los vínculos. Puede significar menos miedo, mayor capacidad de descanso, una relación menos hostil consigo mismo o mejores condiciones para sostener el cuidado.

Los desenlaces de los casos adquieren sentido desde esa distinción. Leonie continúa en terapia, con menos dolor, estrés y ansiedad y con más espacio para actividades propias. Su recorrido no se presenta como una demostración de curación de la enfermedad de Crohn.

Ese reconocimiento evita que la mejoría física se convierta en una obligación adicional. El valor de un proceso terapéutico también puede encontrarse en los cambios que hacen más habitable la vida mientras la enfermedad continúa.

Una propuesta que también invita a preguntar

El libro ofrece una descripción rica del trabajo clínico, aunque algunos pasajes requieren una lectura cuidadosa. Cuando relaciona un síntoma con un conflicto entre partes, resulta necesario conservar la diferencia entre una interpretación terapéutica y una explicación de la enfermedad.

Una formulación puede ayudar a comprender la experiencia de una persona sin establecer el mecanismo que produjo un síntoma. Del mismo modo, las imágenes surgidas durante una sesión requieren prudencia: no constituyen por sí solas una comprobación histórica ni médica.

Esta es una tensión relevante de la obra. La riqueza de sus narraciones permite seguir el proceso y comprender las intervenciones; la atribución de los cambios físicos permanece abierta, especialmente cuando también intervienen tratamientos médicos, actividad física, descanso y modificaciones en las condiciones de vida.

Los antecedentes y la investigación sobre IFS y salud física se desarrollan en el artículo complementario IFS y salud física: qué sabemos y qué no. Para esta lectura basta conservar una distinción: los casos del libro ilustran una propuesta clínica y sus posibilidades, pero no permiten establecer por sí solos su eficacia sobre enfermedades específicas.

El aporte de esta lectura

IFS Health Therapy ofrece su contribución más concreta en los detalles del acompañamiento: cómo responder a una parte que teme descansar, cómo advertir que una intervención está avanzando demasiado rápido o cómo sostener cambios cuando la vida cotidiana vuelve a activar respuestas conocidas.

La continuidad de los casos permite comprender que el cuidado puede estar atravesado por conflictos comprensibles y persistentes. Los diálogos muestran el trabajo necesario para que aparezcan otras posibilidades.

El libro merece atención por ese desarrollo clínico y por el lugar que concede a la relación con el cuerpo, la ambivalencia y las condiciones de vida. Su distinción entre sanar y curar permite reconocer un horizonte de trabajo que conserva valor aun cuando la evolución de la enfermedad siga siendo incierta: acompañar a la persona para que disponga de más recursos, menos hostilidad hacia sí misma y mejores condiciones para cuidar de su salud.


Libro reseñado: Nancy Sowell, con Martha Sweezy y Richard Schwartz. IFS (Internal Family Systems) Health Therapy: Treating Trauma-Related Physical Illness & Toxic Stress. PESI Publishing, 2026. Edición consultada en inglés, en Kindle. Ver el libro en Amazon.

Jonathan Van Ness y la parte que parecía arruinarlo

Hay partes de uno mismo que resulta difícil recibir con curiosidad.

No porque sean tímidas, vulnerables o fáciles de comprender, sino porque hacen cosas que traen consecuencias. Repiten una conducta que se había prometido abandonar. Buscan alivio de una manera que después genera problemas. Y cuando vuelven a aparecer, la reacción puede ser inmediata: rechazo, miedo, vergüenza.

Entonces la pelea ya no es solamente con lo que ocurrió.

También empieza una pelea interna contra la parte que lo hizo.

En una conversación con Richard Schwartz y Tami Simon para la serie All Parts Welcome, Jonathan Van Ness habla con una franqueza poco habitual sobre una parte vinculada a su antigua adicción a la metanfetamina.

Le había puesto un nombre: crystal meth boy, el “chico del cristal”, o CMB.

Durante mucho tiempo no sintió cariño por esa parte. La odiaba y sentía que le estaba arruinando la vida.

Cuando una parte se convierte en enemiga

Van Ness conoció IFS a través de su terapeuta cuando tenía poco más de veinte años. La idea de las partes le permitió empezar a poner palabras a experiencias que hasta entonces resultaban mucho más difíciles de explicar.

Pero ponerle nombre a CMB no significó aceptarlo.

Había miedo a que volviera a tomar el control, miedo a las recaídas y miedo incluso a situaciones que pudieran despertar recuerdos relacionados con el consumo. Durante años evitó determinadas calles de Los Ángeles porque temía que aparecieran recuerdos intrusivos o estados de disociación.

Schwartz describe entonces un circuito que suele aparecer alrededor de las conductas adictivas.

Hay partes que cargan dolor, terror o vergüenza y quedan especialmente vulnerables. Otras intentan mantener ese dolor lejos. Y cuando finalmente se vuelve demasiado intenso, una parte puede buscar una manera urgente de apagarlo.

Después de la conducta aparece con frecuencia otra parte que juzga, critica y ataca a quien buscó alivio. Y ese ataque no cae en el vacío: golpea precisamente sobre el lugar que ya cargaba vergüenza.

A veces la vergüenza llega incluso antes que las palabras. Calor en la cara, el estómago que cae, el pecho que se encoge, ganas de esconder lo ocurrido. Después empieza el reproche.

La conducta puede ser muy distinta y sus consecuencias también. Pero el movimiento interno puede reconocerse en escalas mucho más cotidianas: hacer algo para dejar de sentir durante un rato y, apenas termina, atacarse por haberlo hecho. Volver a la comida, al teléfono, a una compra, a una pantalla o a cualquier recurso que prometa unos minutos de distancia. Después llega el juicio. Y con él, a veces, exactamente el malestar del que se estaba intentando escapar.

Schwartz señala algo contraintuitivo: atacar al protector por lo que hizo puede aumentar el dolor que estaba intentando apagar.

La parte que se quería eliminar termina teniendo todavía más trabajo.

Van Ness cuenta que durante mucho tiempo vivió atrapado en esa relación con CMB. El cambio comenzó cuando su terapeuta le propuso algo que inicialmente podía parecer absurdo: en lugar de seguir atacando a esa parte, empezar a conocerla.

No porque consumir estuviera bien ni porque las consecuencias dejaran de importar, sino porque CMB no había aparecido con el propósito de destruirlo.

Estaba intentando protegerlo con los recursos que había encontrado cuando el dolor resultaba demasiado grande.

Hacerse amigo no significa dejar hacer

Van Ness relaciona la aparición de esa parte con momentos especialmente dolorosos de su historia, entre ellos la muerte de su padrastro y otras experiencias difíciles.

Empezar a comprender esa función modificó gradualmente la relación.

Ya no necesitaba tenerle tanto miedo.

Y con el trabajo terapéutico también pudo acercarse a lugares y recuerdos que antes evitaba. Las calles de Los Ángeles que durante años habían quedado asociadas al temor dejaron de tener el mismo poder.

No ocurrió rápidamente.

Van Ness habla de tres o cuatro años de trabajo y recuerda que, mientras ocurría, podían parecer una eternidad. Las recaídas implicaban riesgos reales y nuevas experiencias dolorosas.

La relación compasiva con una parte no sustituyó el trabajo profundo con aquello que esa parte estaba intentando proteger.

Schwartz lo señala explícitamente: hacerse amigo del protector puede cambiar mucho, pero con frecuencia también es necesario atender las partes más heridas que lo mantienen en estado de emergencia.

No guardar el trauma en una caja

Van Ness cuenta que alguna vez imaginó la sanación como algo mucho más definitivo.

Procesar el trauma, colocarlo cuidadosamente dentro de una caja, guardar la caja en un estante y no tener que volver a ocuparse de ella.

Pero su experiencia no fue así.

Incluso después de años de trabajo siguen apareciendo partes que cargan vergüenza. Y la exposición pública ha creado nuevas situaciones capaces de tocar lugares antiguos: equivocarse, recibir críticas o ser avergonzado frente a muchas personas puede despertar dolores que parecían ya conocidos.

Sanar no significó conseguir que ninguna parte volviera a activarse.

Cambió la relación con ellas.

Y quizá allí aparezca una forma menos evidente de amor hacia uno mismo.

No como sentirse bien con todo lo que uno hace.

No como aprobar cualquier conducta.

Sino como dejar de convertir en enemigo a aquello que, de una manera extrema y a veces muy dañina, estaba intentando ayudar.

Porque frente a algunas de las partes que más cuesta aceptar puede aparecer una pregunta distinta.

No solamente qué hicieron.

También:

¿Qué dolor estaban intentando que no hubiera que sentir?


Ver la conversación completa: All Parts Welcome — Richard Schwartz, PhD + Jonathan Van Ness: Self-love & Internal Family Systems.

IFS y salud física: qué sabemos y qué no

¿Qué puede aportar IFS cuando, además del sufrimiento emocional, existe dolor, inflamación o una enfermedad física? Es un territorio donde resulta fácil pasar de una afirmación razonable a otra que ya no está suficientemente respaldada. Este artículo revisa qué propone el modelo clínico, qué muestra la investigación sobre adversidad y salud, y hasta dónde llega hoy la evidencia específica sobre IFS.

Existe evidencia de asociaciones entre experiencias adversas, estrés sostenido y distintos problemas de salud. La experiencia del dolor y la enfermedad también puede movilizar miedo, impotencia, enojo, formas de protección y conflictos internos.

Pero esto no permite concluir que una enfermedad determinada haya sido causada por un trauma concreto ni que trabajar psicológicamente ese trauma vaya necesariamente a curarla.

La aplicación de IFS a la salud física desarrollada por Nancy Sowell resulta interesante precisamente porque permite explorar ese territorio. Y merece ser examinada distinguiendo con cuidado el modelo clínico, las hipótesis que formula y la evidencia disponible.

En septiembre de 2026 esa aplicación llegó a formato de manual con la publicación de IFS (Internal Family Systems) Health Therapy: Treating Trauma-Related Physical Illness & Toxic Stress, de Nancy Sowell, con Martha Sweezy y Richard Schwartz. Su contenido se desarrolla en la reseña complementaria IFS Health Therapy: el cuerpo y el cuidado en la enfermedad física (próximamente en Ser Libre). Aquí interesa otra pregunta: qué respaldo tiene hoy lo que se afirma en este campo.

Una propuesta nueva que tiene una historia bastante más larga

La aplicación de IFS a la salud física desarrollada por Nancy Sowell puede rastrearse públicamente al menos hasta 2013.

Ese año publicó el capítulo 8, The Internal Family System and Adult Health: Changing the Course of Chronic Illness, dentro de Internal Family Systems Therapy: New Dimensions, volumen editado por Martha Sweezy y Ellen L. Ziskind.

Sowell relata allí que comenzó a aplicar IFS a sus propios síntomas durante una reagudización de una enfermedad autoinmune. Esa experiencia la llevó a explorar los conflictos internos que participaban en su experiencia de estrés. Capítulo de Sowell, 2013.

La pregunta se vuelve más precisa: ¿cómo se organiza internamente ese estrés y qué partes participan en esa organización?

Recomendar una reducción del estrés aporta poco si una parte considera peligroso detenerse, otra entiende el descanso como fracaso, otra teme decepcionar a los demás y otra lleva años ignorando el cansancio para poder seguir funcionando.

Desde IFS, la exploración se vuelve más concreta: ¿qué ocurre internamente cuando aparece la posibilidad de cuidarse?

El mapa que propone Sowell

Al retomar en una entrevista de 2020 el marco presentado en su capítulo de 2013, aparecen cinco posibilidades a explorar: partes que pueden desencadenar o exacerbar síntomas, partes que contribuyen a mantenerlos, partes que parecen saber algo acerca de mejorar, partes que temen mejorar o recuperar la salud y partes que expresan un deseo de morir.

El valor de esta formulación depende de una distinción esencial: son posibilidades que se investigan, no respuestas que deban imponerse de antemano.

Preguntar si existe una parte relacionada con determinado síntoma es muy diferente de informar a una persona que una parte está causando su enfermedad.

Sowell también plantea la hipótesis clínica de que, en algunos casos, determinados síntomas pueden adquirir una función dentro de una polarización interna. Estas ideas se desarrollan en la entrevista Adult Health with Nancy Sowell, de IFS Talks.

Una polarización muy concreta

Uno de los ejemplos procede del trabajo con personas con artritis reumatoide.

En un extremo puede encontrarse una parte manager de estilo estoico, organizada alrededor de seguir adelante, atravesar el dolor, trabajar, cumplir y atender las necesidades de los demás.

En otro puede aparecer una parte agotada, resentida o que reclama autocuidado.

Desde la lectura de Sowell, algunos síntomas pueden adquirir una función dentro de esa polarización: frenar al sistema cuando la parte estoica continúa avanzando a pesar de otras señales.

Esta es una hipótesis característica de IFS y, al mismo tiempo, una de las zonas donde resulta especialmente importante distinguir niveles.

Interpretar subjetivamente un síntoma como parte de una dinámica interna puede tener valor clínico. Eso no demuestra que ese mecanismo explique médicamente la aparición de una enfermedad.

Ambas cosas pueden mantenerse separadas.

¿Qué se hizo realmente en el estudio de artritis reumatoide?

El ensayo de 2013 puede quedar simplificado si se dice solamente que los participantes «recibieron IFS». La intervención fue considerablemente más intensa.

El grupo experimental recibió 15 sesiones individuales de 50 minutos y 12 reuniones grupales durante 36 semanas. Las reuniones grupales estuvieron dirigidas por Sowell y las sesiones individuales fueron realizadas por nueve terapeutas con formación avanzada en IFS.

El estudio incluyó 79 participantes: 39 asignados a IFS y 40 al grupo control (Shadick et al., 2013).

Las doce reuniones grupales abordaron, en términos resumidos, estos contenidos:

SesiónTema principal
1La experiencia con la artritis desde el lenguaje de partes
2Self como recurso interno y sus cualidades
3Artritis reumatoide y partes protectoras
4Artritis reumatoide y partes vulnerables
5La relación entre Self, partes y enfermedad
6Lo que puede resultar amenazante de la autocompasión al vivir con artritis
7Salir del miedo y explorar el liderazgo de Self
8Identificar conflictos internos y acercarse con calma, compasión y curiosidad
9Escuchar al cuerpo y a las partes: qué se necesita
10Estar con los estados emocionales y no dentro de ellos; hablar por las partes y no desde las partes
11Necesidades vitales, autocuidado y salud
12Cierre e integración del recorrido

La formulación de la sesión 10 resulta especialmente significativa dentro de IFS: el objetivo es modificar la relación con los estados emocionales y favorecer suficiente distancia interna como para poder hablar por una parte sin quedar hablando desde ella.

El programa trabajó además fatiga, discapacidad, aislamiento asociado a la enfermedad, deformidad y reacciones emocionales relacionadas con el dolor.

Por lo tanto, lo evaluado fue un programa psicoterapéutico intensivo de nueve meses, con componentes individuales y grupales, específicamente adaptado a personas con artritis reumatoide.

Esto también dificulta atribuir los resultados a un mecanismo específico de IFS: el programa reunía numerosos componentes y una cantidad considerable de contacto terapéutico.

Trauma, adversidad y salud: ¿qué sabemos realmente?

La posible relación entre adversidad y salud física no surge de IFS. Existe una literatura mucho más amplia dedicada a estudiar estas asociaciones.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en BMC Medicine en 2024 identificó 25 estudios con 372.162 participantes. Ocho estudios, con 197.981 participantes, aportaron datos para el análisis dosis-respuesta.

Cada experiencia adversa infantil adicional se asoció con un incremento del 12,9 % en las odds de multimorbilidad —la relación entre la probabilidad de presentar varias condiciones crónicas y la de no presentarlas—, con un intervalo de confianza del 95 % de 7,9 % a 17,9 %. Ese porcentaje no equivale directamente a un aumento del 12,9 % en la probabilidad de presentar multimorbilidad. La heterogeneidad entre los estudios fue considerable: I² = 76,9 %. Senaratne et al., 2024.

Otro metaanálisis, publicado en 2023, identificó 85 estudios con 826.452 adultos; 57 fueron incluidos en los metaanálisis.

La exposición a experiencias adversas durante la infancia se asoció con una mayor probabilidad de informar dolor crónico en la adultez. Los odds ratios ajustados fueron de 1,29 con una experiencia adversa y de 1,95 con cuatro o más. Bussières et al., 2023.

Son resultados relevantes. Pero la palabra central sigue siendo asociación.

Estos estudios no permiten observar retrospectivamente una enfermedad concreta y establecer cuál fue su causa.

En la salud intervienen factores genéticos, inmunológicos, infecciosos, metabólicos, conductuales, ambientales, sociales y económicos, entre muchos otros.

Existe, por tanto, una distancia importante entre afirmar:

«La adversidad y el estrés crónico se asocian con un mayor riesgo de determinados problemas de salud».

Y afirmar:

«Esta enfermedad fue causada por un trauma».

La evidencia disponible respalda mucho mejor la primera afirmación que la segunda.

Esa distancia conviene tenerla presente incluso al leer el subtítulo del nuevo manual, Treating Trauma-Related Physical Illness & Toxic Stress. La expresión «enfermedad física relacionada con el trauma» puede tener sentido en determinados contextos clínicos o de investigación. No debería convertirse automáticamente en una explicación causal individual.

¿Qué encontró realmente el ensayo de IFS en artritis reumatoide?

En 2013, Nancy Shadick, Nancy Sowell y otros investigadores publicaron en The Journal of Rheumatology el ensayo aleatorizado de prueba de concepto mencionado anteriormente.

Los reumatólogos que evaluaron la actividad de la enfermedad desconocían a qué condición pertenecía cada participante.

El estudio utilizó, entre otras medidas, dolor articular autoinformado, funcionamiento físico, dolor general, síntomas psicológicos y el DAS28-CRP4 para evaluar actividad de la artritis.

Al finalizar los nueve meses, aparecieron diferencias favorables al grupo IFS en dolor general, función física, dolor articular autoinformado y autocompasión.

En el dolor articular medido mediante RADAI, la diferencia entre grupos fue de −0,9 (p = 0,01), y en autocompasión de +1,6 (p = 0,03).

Un año después de finalizar la intervención se mantenían diferencias favorables en dolor articular autoinformado, autocompasión y síntomas depresivos.

No se encontraron mejoras sostenidas en ansiedad, autoeficacia ni actividad de la enfermedad. Shadick et al., 2013.

Hasta aquí, los resultados son interesantes. Pero el mismo estudio ofrece buenas razones para leerlos con cautela.

Las limitaciones también son parte del resultado

El grupo control fue deliberadamente un control de atención mínima. Recibió una reunión inicial, materiales educativos sobre artritis y seguimiento.

El grupo IFS recibió, en cambio, 15 sesiones individuales y 12 encuentros grupales.

Los propios investigadores señalan que esa diferencia en tiempo, contacto terapéutico y experiencia grupal podía contribuir a los efectos encontrados, independientemente de los componentes específicos de IFS.

También hubo mayor abandono en el grupo IFS.

En un análisis de sensibilidad especialmente conservador, al sustituir por los valores basales los datos de quienes abandonaron, el efecto sobre dolor general dejó de alcanzar significación estadística: p = 0,06.

La aleatorización tampoco produjo dos grupos completamente equivalentes al inicio. El grupo IFS comenzó con mayor actividad de la enfermedad y menor autoeficacia. Los investigadores ajustaron estadísticamente estas diferencias, pero reconocieron que una parte de la mejoría en esas variables podía responder a regresión hacia la media.

Además, el estudio estaba diseñado para detectar un efecto relativamente grande. Con una muestra pequeña y participantes cuya enfermedad se encontraba en muchos casos controlada mediante tratamientos médicos modernos, podían pasar inadvertidos efectos menores sobre la actividad de la artritis.

En cuanto a la fidelidad de la intervención, los terapeutas documentaban el trabajo realizado y mantenían reuniones mensuales para sostener el protocolo. Sin embargo, las sesiones no fueron grabadas, lo que impedía una evaluación independiente más rigurosa de la fidelidad y de los componentes específicos responsables de los resultados.

Finalmente, la muestra tenía una diversidad limitada: la edad media era cercana a 58 años, aproximadamente el 90 % eran mujeres y el 93 % personas blancas.

Estas limitaciones no vuelven inútil el estudio. Lo colocan en su lugar adecuado: un ensayo pequeño de prueba de concepto, con resultados que justificaban continuar investigando, pero no una demostración definitiva de eficacia.

Sanar y curar: una distinción que Sowell ya hace

Distinguir entre sanar y curar forma parte de la propia propuesta de Sowell.

En la entrevista de 2020 sostiene que puede existir un proceso de sanación aun cuando una enfermedad no vaya a curarse. La sanación aparece vinculada a cambios en la relación entre Self y partes, menor identificación con las cargas y mayor presencia de calma, compasión y esperanza.

También deja claro que una cura no puede garantizarse.

Al mismo tiempo, Sowell relaciona su propia experiencia de desaparición de síntomas de artritis psoriásica con el proceso interno realizado. Se trata de su interpretación de una experiencia personal, no de evidencia que permita establecer que el trabajo con partes haya producido ese cambio físico. Entrevista en IFS Talks, 2020.

Esto permite mantener simultáneamente dos posiciones: la cautela forma parte del enfoque, y las hipótesis sobre modificaciones de procesos físicos de enfermedad necesitan un nivel de evidencia superior al disponible actualmente.

Lo clínicamente interesante y lo que cuenta hoy con respaldo empírico suficiente no son todavía la misma cosa.

Aliviar sufrimiento y modificar una enfermedad tampoco son sinónimos

El ensayo de artritis permite observar esta diferencia con bastante claridad.

Una reducción del dolor, una mejoría funcional, menos síntomas depresivos o una relación más compasiva con la propia experiencia constituyen resultados clínicamente importantes.

No implican necesariamente una modificación equivalente de la actividad biológica o clínica de la enfermedad.

Esto no vuelve secundarios esos cambios.

El dolor es una experiencia compleja en la que participan procesos fisiológicos, cognitivos, emocionales y sociales. El miedo, el sueño, las conductas y las relaciones pueden influir en la manera en que una enfermedad es experimentada.

El valor de esas transformaciones puede reconocerse nombrándolas con precisión.

IFS también reconoce el riesgo de culpabilización

Richard Schwartz ha señalado que muchas personas enfermas reciben mensajes culpabilizantes de su entorno, de profesionales o de sus propias partes internas.

Sowell plantea, por su parte, que cuanto más profundamente se escuchan las partes, menos aparece alguien a quien culpar y más aparecen intentos de protección. Ambas posiciones se recogen en la entrevista de IFS Talks.

Por lo tanto, una aplicación cuidadosa de IFS no debería conducir a:

«Si existe enfermedad es porque el trauma no ha sido sanado».

Ni a:

«Si la enfermedad continúa es porque alguna parte no quiere mejorar».

El problema aparece cuando una formulación clínica exploratoria se transforma en una explicación causal cerrada.

Decir que una parte puede estar relacionada con un síntoma no equivale a afirmar que la mente haya creado la enfermedad.

No todo síntoma necesita una explicación psicológica

Conviene mantener siempre abierta otra posibilidad: un síntoma puede no estar cumpliendo ninguna función psicológica identificable.

Una enfermedad puede simplemente producir dolor.

IFS todavía puede ofrecer un marco de acompañamiento: acercarse a la parte aterrorizada por un diagnóstico, a la que está furiosa porque la vida cambió, a la que continúa funcionando como si nada ocurriera, a la que desconfía de los tratamientos, a la que se avergüenza de necesitar ayuda o a la que está agotada después de años de enfermedad.

Nada de esto requiere demostrar que esas partes produjeron el síntoma.

El valor de acompañar ese mundo interno no depende exclusivamente de que se modifique un marcador biológico.

Trabajar junto a la medicina

Esta complementariedad aparece también dentro de la propuesta del nuevo manual.

IFS no proporciona un diagnóstico médico. No sustituye estudios, medicación, cirugía, fisioterapia ni otros tratamientos sanitarios indicados.

Una modificación subjetiva de los síntomas tampoco permite concluir por sí sola que una enfermedad haya desaparecido.

La atención puede organizarse alrededor de una pregunta que permita reconocer el aporte de cada disciplina:

¿Qué dimensiones de esta experiencia pueden ser atendidas desde cada ámbito de cuidado?

¿Dónde se encuentra hoy la investigación sobre IFS?

El contexto general de evidencia del modelo también importa.

En 2025, Megan Buys publicó en Clinical Psychologist una revisión de alcance de la investigación revisada por pares sobre IFS correspondiente al período 2000-2024.

Veintisiete estudios cumplieron los criterios: 17 estudios de caso, cinco cuasiexperimentales, tres cualitativos exploratorios y solamente dos ensayos controlados aleatorizados.

La revisión encontró resultados prometedores en distintas áreas, pero concluyó que el cuerpo de evidencia continuaba siendo limitado y que eran necesarios más estudios controlados y comparativos. Buys, 2025.

Desde entonces se añadió al menos otro ensayo aleatorizado relevante. El 29 de enero de 2026 se publicó el ensayo de PARTS, un programa grupal online basado en IFS para el trastorno de estrés postraumático.

Sesenta participantes fueron asignados a PARTS o al control activo Nature-Based Stress Reduction for Trauma Survivors, 30 en cada condición.

Ambos grupos recibieron 16 sesiones grupales semanales y ocho encuentros individuales quincenales.

PARTS mostró mayor asistencia a los encuentros grupales y mayor satisfacción. Ambos grupos redujeron significativamente los síntomas de estrés postraumático medidos mediante CAPS-5, sin diferencias estadísticamente significativas entre ellos.

El ensayo está registrado en ClinicalTrials.gov como NCT05095428. Joss et al., 2026.

El resultado no significa que PARTS «no funcione». Significa que ese ensayo no mostró que PARTS fuera superior al control activo con el que se comparó. Tampoco demuestra que ambos tratamientos sean equivalentes.

Además, se trata de un estudio sobre estrés postraumático: sus resultados no establecen eficacia sobre enfermedades físicas.

Cuatro distinciones que conviene conservar

1. Asociación no significa causalidad.
Que adversidad o estrés estén estadísticamente asociados con determinados problemas de salud no permite afirmar que expliquen una enfermedad concreta.

2. Mejorar síntomas no equivale necesariamente a modificar la enfermedad.
Menos dolor, mejor funcionamiento o mayor bienestar son resultados importantes aunque los indicadores de actividad de una enfermedad permanezcan sin cambios.

3. Explorar una relación entre partes y síntomas no demuestra que las partes hayan causado esos síntomas.
Una formulación IFS puede resultar clínicamente útil sin convertirse en una explicación del origen de la enfermedad.

4. IFS puede complementar la atención sanitaria sin sustituirla.
Esta complementariedad delimita responsablemente aquello para lo que puede utilizarse.

Tal vez la pregunta sea otra

El aporte más sólido de IFS en este campo puede encontrarse en su manera de acercarse a la experiencia interna de estar enfermo.

Ante una conducta que dificulta el cuidado, permite explorar qué intenta resolver. Ante la imposibilidad de descansar, permite conocer qué teme la parte que no puede detenerse. Ante el miedo a un tratamiento, ofrece un espacio para comprender su historia.

También permite escuchar el enojo, el cansancio o la sensación de traición que pueden aparecer frente al propio cuerpo, antes de convertir la aceptación corporal en una nueva exigencia.

Cuando existen experiencias traumáticas todavía activas, propone acercarse a ellas respetando el sistema protector que se organizó alrededor de ese sufrimiento.

Nada de esto exige afirmar que IFS cura una enfermedad física.

La exploración puede comenzar con una pregunta cuidadosa:

«¿Qué está ocurriendo internamente mientras el cuerpo atraviesa esta experiencia?»

Pueden aparecer protectores agotados, conflictos internos, partes asustadas, necesidades postergadas o heridas antiguas que necesitan atención.

Puede aparecer alguna relación significativa entre el mundo interno y determinados síntomas.

O puede no haber nada que explicar psicológicamente. También esa posibilidad merece ser respetada.

Nancy Sowell lleva más de una década desarrollando públicamente esta aplicación. El modelo ofrece hipótesis clínicamente interesantes y existen algunos resultados empíricos que justifican continuar investigando.

La evidencia disponible todavía no permite afirmar que trabajar con partes cure enfermedades físicas ni que el trauma explique una enfermedad individual.

Una contribución valiosa de este enfoque puede encontrarse en un propósito más cercano a la experiencia cotidiana: que atravesar una enfermedad no implique tener que luchar, además, contra el propio mundo interno.


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