¿Qué hace el Self? (1/5)

Se acompaña a alguien. Se está presente, atento, sin apuro. Y en algún momento aparece la pregunta, casi sin querer: ¿quién está haciendo esto? ¿Es el Self el que acompaña… o son las partes, que saben escuchar, sostener, encontrar las palabras?

La pregunta no es ociosa. De cómo se la responda depende algo importante: qué se entiende por liderar desde el Self, y qué se le pide —o no— a esa presencia.

Es fácil imaginarlo de dos maneras, y las dos se quedan cortas.

A veces se lo piensa como pura quietud: un testigo sereno, una conciencia que observa sin intervenir. Desde ahí parecería que todo lo que ocurre lo hacen las partes, y que el Self es apenas un fondo contemplativo, sin manos.

Otras veces se cae en lo contrario, casi sin notarlo: como si el Self fuera un traje, y por debajo siguieran actuando las partes de siempre. Quedaría reducido a un nombre, una etiqueta linda sobre un yo que, en el fondo, funciona igual que antes.

Las dos imágenes dejan algo afuera. Conviene mirar más fino.

Hay un terreno donde el Self actúa de manera directa, y es el corazón del trabajo interno. Ahí el Self no usa a las partes: se dirige a ellas.

Atestigua el dolor de una parte exiliada —y ser vista así ya tiene un efecto sanador—. Le transmite cariño, aprecio, una compasión que no se fuerza. Se acerca o se aleja según lo que la parte necesite. Le pide a un protector que afloje, sin echarlo. Va ganando su confianza, hace acuerdos, pide permiso. Entra en la escena antigua y se acerca a quien quedó atrapado allí. Puede acompañarla a salir de esa escena y reconocer que aquello ya pasó. Está presente durante la descarga de una carga y después acompaña a la parte mientras descubre qué quiere recibir o cómo quiere vivir ahora.

En todo esto, la parte no es la herramienta con la que el Self hace algo. Es aquello hacia lo cual el Self se vuelve. El Self se relaciona directamente con la parte; no necesita otra parte como intermediaria para hacerlo.

Conviene cuidar una palabra. Se dice que las partes son “recursos”, y es cierto: son aliadas valiosas, no estorbos a eliminar. Pero hay un deslizamiento silencioso entre decir “las partes son recursos” y decir “el Self las usa como recursos”. Lo primero las honra. Lo segundo las convierte en instrumentos, y eso va justo en contra del respeto que el modelo les tiene. El Self no se sirve de las partes como quien empuña una herramienta. Se relaciona con ellas.

¿Y afuera, en el mundo? También hay una expresión directa del Self, y es su presencia.

Alguien que está en Self entra en una sala tensa y, sin decir ni hacer nada en particular, algo puede aflojarse en el aire. Se sienta al lado de quien está muriendo y no “hace” nada: está. Sostiene una mirada, y el otro se siente, por un momento, menos solo. Hay una cualidad de presencia que no depende solamente de las habilidades aprendidas de las partes.

Lo que sí se apoya en ellas es buena parte de la ejecución con destreza. Manejar un auto, hacer una cuenta, dar con la palabra técnica, moverse con soltura social: ahí las partes ponen el oficio aprendido, mientras el Self aporta dirección y calidad de presencia. Quien dirige una orquesta no toca ningún instrumento y, sin embargo, su dirección forma parte de lo que ocurre.

Hay un borde que conviene no endurecer. En una persona viva, el Self y las partes casi nunca están del todo separados. El Self no aparece recién cuando las partes se corren, como si fuera una fase posterior; está, y lo que cambia es cuánto espacio hay para que se note.

Hasta para hablar se usan facultades que se entrelazan con partes. Un Self “puro”, actuando con cero partes alrededor, es más un caso límite que la vida de todos los días.

Y aun así, lo que el Self aporta —la presencia, la dirección, la calidad que impregna el gesto— puede distinguirse de lo que aportan las partes.

¿Y siente? ¿Piensa?

Siente, sí, pero no del modo en que sienten las partes. Las emociones que arrasan —el miedo, la vergüenza, la rabia, la pena que desborda— suelen corresponder a partes activadas. El Self puede estar junto a una parte aterrada sin quedar aterrado: siente compasión ante ese miedo, no necesita convertirse en él. Lo suyo se parece más a una calidez sostenida —ternura, calma, apertura— que a una emoción que sube y se desploma. No es frío: se conmueve, le importa. Pero no se inunda.

Con el pensar pasa algo parecido. La mente que da vueltas, que planifica, que juzga, que rumia, suele mostrar partes trabajando. La claridad asociada al Self tiene otra cualidad: se parece más a una comprensión directa que a un razonamiento que intenta controlar cada variable.

En las dos cosas se repite el mismo gesto: sentir sin quedar arrasado, comprender sin quedar atrapado en la rumiación.

Aquí aparece lo más difícil de ver, y quizá lo más importante. Muchas veces, lo que el Self hace se parece a no hacer.

No agrega fuerza. No empuja. Quita obstrucción. Cuando una parte afloja en presencia del Self, lo que sana no es solamente una técnica: algo que estaba tapado encuentra condiciones para mostrarse y moverse. El Self tiene dirección, pero no tirón. Y su acción más honda, muchas veces, es un permitir: dejar que la parte exista, dejar que el dolor se muestre, dejar que lo atascado encuentre movimiento.

Por eso, a veces, lo más activo que puede ocurrir en una sesión —o en una vida— se parece, por fuera, a no hacer nada.

Aquí conviene detenerse en algo que suele confundirse. En el trabajo se hacen cosas bien concretas: una parte puede salir de una escena antigua, puede descargar una carga, puede descubrir una manera nueva de estar en el presente. ¿Eso lo hace el Self, o lo pone el terapeuta desde su cabeza?

Hay que separar dos planos.

Por un lado está la orientación espontánea del Self hacia la relación: acercarse, escuchar, cuidar, aliviar, comprender, reparar cuando algo lo necesita. No tiene la cualidad de una urgencia ni de una presión por obtener determinado resultado. Surge del encuentro con la parte y permanece sensible a su ritmo.

Por otro lado está la coreografía clínica. Las formas precisas —volver a determinada escena, preguntar si una parte quiere salir de allí, explorar cómo desea descargar una carga, acompañarla a descubrir un nuevo lugar— forman parte del mapa y del oficio.

Y lo que decide si ese andamiaje sigue al proceso o empieza a imponerse sobre él es de dónde nace cada movimiento.

Si la forma surge de la propia parte —se le pregunta qué necesita, qué quiere hacer, cómo quiere soltar aquello que lleva, y ella muestra un camino—, el sistema está orientando el proceso. Si el terapeuta introduce una maniobra porque “toca ese paso”, aunque la parte no esté lista, aparece el tirón.

La misma intervención puede ser acompañamiento o imposición. Lo que las separa no es solamente la técnica: es si se sigue a la parte o se intenta llevarla hacia un resultado previsto.

Hay un detalle que puede ayudar a reconocer la diferencia. Una parte cuidadora puede sostener durante mucho tiempo una enorme dedicación, empatía o disponibilidad hacia otros. Pero si ese cuidado depende del esfuerzo, puede cansarse, sobreexigirse, resentirse, necesitar reconocimiento o terminar exhausta.

La compasión asociada al Self tiene otra cualidad. No significa que la persona no se canse —hay cuerpo, sistema nervioso y límites—, sino que el vínculo con la parte no necesita sostenerse mediante el mismo esfuerzo ni llevar una cuenta de lo dado y lo recibido.

Por eso conviene diferenciar el agotamiento de una parte que cuida de la cualidad compasiva que aparece cuando hay más Self disponible.

Queda una pregunta más honda, y es justo no cerrarla: qué es el Self en última instancia. Si es la esencia del ser, un modo particular de organización de la experiencia o el reflejo de algo más vasto. Esa discusión es seria, y está abierta.

Pero, curiosamente, no hace falta resolverla para describir lo que ocurre cuando hay más Self presente: una relación que no utiliza a las partes, una dirección que no las empuja, una presencia que puede acercarse sin invadir y un cuidado que no depende del esfuerzo de obligarse a cuidar.

Tal vez la próxima vez que aparezca la pregunta —¿quién está haciendo esto?— no haga falta contestarla rápido.

Tal vez alcance con notar si lo que está pasando empuja o acompaña, si busca producir algo o permanece en relación, si usa a la parte para llegar a un resultado o se vuelve verdaderamente hacia ella.

Y desde ahí, sin apuro, reconocer qué cualidad está conduciendo.

Abogados, mediadores y partes internas: una mirada IFS sobre el conflicto

Cuando las partes llegan a la mesa: cómo el modelo IFS puede ayudar a comprender la ambivalencia, la defensividad y la toma de decisiones en mediación y otros contextos legales

Cuando dos personas llegan a una mediación, no llegan solas.

Llegan con sus argumentos, sus intereses y su historia. Pero también pueden llegar con partes que quieren ganar, partes que temen perder, partes que necesitan ser reconocidas, partes preocupadas por el dinero, partes heridas por una injusticia y otras que simplemente quieren que todo termine de una vez.

Esta forma de mirar el conflicto está en el centro de una conversación especialmente interesante entre Tammy Sollenberger, creadora del podcast The One Inside, y David Hoffman, abogado, mediador y docente de Harvard Law School, quien desde hace años explora la aplicación del modelo Internal Family Systems (IFS) al mundo de la mediación y la práctica jurídica.

La propuesta de Hoffman resulta atractiva precisamente porque no intenta convertir a abogados o mediadores en terapeutas. Lo que plantea es algo diferente: utilizar la comprensión de la multiplicidad interna para escuchar mejor el conflicto, reconocer qué está protegiendo cada posición y favorecer decisiones menos dominadas por la reactividad.

La negociación empieza antes de sentarnos a negociar

Hoffman cuenta que llegó a IFS casi por casualidad.

Su esposa, Beth, era terapeuta y se había formado directamente con Richard Schwartz. Ella estaba entusiasmada con el modelo, pero Hoffman no lograba ver qué relación podía tener aquello de las “partes” con su trabajo como abogado.

La conexión apareció cuando fue invitado a participar en un simposio sobre “negociación interna”.

Entonces comprendió algo que cambiaría su manera de mirar los conflictos: antes de negociar con otra persona, con frecuencia ya estamos negociando dentro de nosotros mismos.

Una parte quiere aceptar el acuerdo.

Otra piensa que aceptar sería ceder.

Una quiere terminar cuanto antes.

Otra necesita demostrar que tenía razón.

Una teme las consecuencias económicas de continuar.

Otra considera intolerable retirarse sin que se reconozca la injusticia.

Lo que desde fuera puede parecer indecisión, incoherencia o irracionalidad puede adquirir otro sentido cuando reconocemos que no necesariamente hay una sola posición dentro de una persona.

Hoffman recuerda una frase del terapeuta de IFS Mike Elkin que resume provocativamente esta realidad:

“Todo el mundo es ambivalente sobre todo, todo el tiempo.”

No hace falta tomar la frase literalmente para reconocer algo cotidiano: podemos querer cosas distintas al mismo tiempo.

Una mujer, un juicio y dos necesidades legítimas

Uno de los ejemplos más claros que relata Hoffman ocurrió durante una mediación por discriminación de género.

Una mujer había sido despedida con el argumento de que su puesto desaparecería, aunque posteriormente un hombre fue contratado para realizar funciones similares bajo otro título. El caso era fuerte y la empresa terminó ofreciendo 250.000 dólares para alcanzar un acuerdo.

Pero ella no podía decidir.

Por un lado, era el principal sostén económico de su familia. Continuar el litigio podía significar años de incertidumbre, gastos jurídicos, hipoteca y preocupación.

Por otro, había algo profundamente importante para ella en llevar el caso hasta el final: defender sus derechos y, de alguna manera, también los de otras mujeres.

Hoffman no intentó convencerla de cuál de esas posiciones era la correcta.

Nombró ambas.

Le señaló que parecía haber una parte que quería continuar la lucha y otra muy preocupada por las consecuencias prácticas para su familia.

Luego introdujo una imagen sencilla: la posibilidad de que existiera dentro de ella una especie de “mediador interno” capaz de escuchar las distintas posiciones y ayudarla a encontrar una decisión que se sintiera verdaderamente propia.

Después de permanecer un momento en silencio, la mujer decidió aceptar el acuerdo.

Para Hoffman, aquel momento modificó su comprensión de su función como mediador. Su trabajo no tenía que consistir en conseguir que alguien aceptara un acuerdo, sino en crear condiciones para que pudiera tomar una decisión con mayor claridad y autonomía.

El mediador interno

La expresión es una metáfora de Hoffman, no un nuevo concepto técnico dentro de IFS.

Pero describe muy bien algo central del modelo.

En IFS hablamos del Self, una presencia que puede relacionarse con las diferentes partes sin tener que eliminar ninguna de ellas. Desde Self puede aparecer más curiosidad, perspectiva, calma, claridad o compasión.

El “mediador interno” de Hoffman traduce esa idea a un lenguaje particularmente apropiado para contextos de negociación.

No se trata de preguntarse:

“¿Cuál de mis partes tiene razón?”

sino de generar suficiente espacio interno como para preguntar:

“¿Qué intenta proteger cada una?”

Una parte puede estar defendiendo la justicia.

Otra, la seguridad económica.

Otra, la dignidad.

Otra, la necesidad de terminar con el desgaste.

Tal vez ninguna de ellas necesite desaparecer para poder tomar una decisión.

Cuando aparecen las “partes gladiadoras”

Hoffman utiliza otra expresión muy gráfica: las partes gladiadoras.

Son aquellas que entran en escena preparadas para luchar, defender, atacar, demostrar, vencer o evitar ser derrotadas.

En una mediación de divorcio, por ejemplo, describe a un hombre que estaba difamando intensamente a su exesposa entre vecinos, amigos y familiares.

Desde fuera, era fácil juzgar su comportamiento.

La perspectiva de IFS no convierte esa conducta en aceptable. Pero permite formular otra pregunta: ¿qué está intentando hacer esa parte?

Hoffman comprendía aquella reacción como un intento extremo de manejar sentimientos de rechazo, humillación y falta de valor. Sus protectores estaban respondiendo al dolor mediante el ataque.

Esta distinción es importante.

Comprender la intención protectora de una conducta no significa justificar la conducta.

Podemos establecer límites, exigir responsabilidades e incluso considerar determinadas acciones inaceptables y, al mismo tiempo, intentar comprender qué lleva a una persona a actuar de esa manera.

IFS introduce así una separación muy fértil entre la persona y la parte que está dominando la situación.

“¿Quién es el bueno y quién es el malo?”

Mike Elkin planteaba otra observación que Hoffman recupera en la conversación.

Cuando una pareja entra en conflicto, decía, muchas veces cada persona busca algo que va más allá de resolver el problema: quiere conservar su propia inocencia.

Quiere seguir sintiéndose una buena persona.

Cuando alguien escucha que es mal padre, mala madre, mala pareja, egoísta o injusto, determinadas partes pueden reaccionar inmediatamente tratando de demostrar que el verdadero responsable es el otro.

Así comienza fácilmente una escalada:

“Yo hice esto porque el otro hizo aquello.”

“Pero fue la otra persona quien empezó.”

“Si reaccioné así fue por lo que hizo antes.”

Cada intervención intenta preservar una imagen de uno mismo y desplazar la culpa hacia afuera.

Desde esta perspectiva, Hoffman puede decirle a una pareja que parece estar conversando a través de sus partes gladiadoras y preguntar si esas partes estarían dispuestas a retroceder un poco —sin desaparecer ni renunciar a su función protectora— para permitir que otras capacidades participen de la conversación.

La “razón razonable” detrás de lo que parece irracional

Una de las ideas más interesantes de la entrevista es la búsqueda de lo que Hoffman llama la “razón razonable” detrás de una conducta aparentemente irracional.

Cuenta el caso de una empresa demandada por un antiguo directivo.

La contraparte estaba dispuesta a cerrar el litigio por 100.000 dólares. Continuar hasta un juicio podía costarle a la empresa unos 200.000 dólares solamente en honorarios.

Desde una lógica estrictamente económica, llegar a un acuerdo parecía evidente.

Sin embargo, el presidente de la empresa prefirió gastar más dinero en el juicio antes que pagar una suma menor a alguien a quien consideraba injusto con la compañía.

Podríamos concluir simplemente que estaba tomando una decisión irracional.

Pero había otra variable: necesitaba vindicación.

Un acuerdo económico podía terminar el litigio, pero no necesariamente respondía a la necesidad de que alguien estableciera quién tenía razón.

Finalmente fueron a juicio y ganaron.

El ejemplo no demuestra que siempre debamos seguir nuestros impulsos de justicia ni que rechazar acuerdos sea una buena estrategia. Muestra algo diferente: si ignoramos la necesidad que sostiene una posición, podemos no entender realmente la decisión que una persona está intentando tomar.

Validar una parte puede cambiar la conversación

Otro momento sencillo de la entrevista muestra hasta qué punto nombrar una parte puede disminuir la defensividad.

En una mediación de divorcio, una mujer estaba preocupada porque Hoffman pudiera considerarla codiciosa debido a su insistencia en determinadas cuestiones económicas.

En lugar de tranquilizarla diciendo que no lo era, Hoffman normalizó la existencia de una parte preocupada por el dinero.

Todos tenemos partes que atienden nuestra seguridad económica, señaló, y probablemente nos iría bastante mal si ninguna se ocupara de ella.

También recordó que esa mujer tenía otras partes: algunas profundamente comprometidas con sus hijos y otras interesadas en mantener una relación razonable con su exmarido.

Mientras hablaba, Hoffman vio que el marido escribía rápidamente y temió que estuviera preparando una respuesta hostil.

No era así.

El hombre estaba tomando notas porque reconocía exactamente el mismo fenómeno dentro de sí.

La multiplicidad había dejado de ser una acusación.

Se había convertido en un lenguaje compartido para entenderse.

IFS en mediación no es psicoterapia

Este punto merece especial atención.

Hoffman establece con claridad una frontera profesional.

Un abogado o mediador que utiliza principios de IFS no está realizando el trabajo terapéutico completo del modelo. No se propone acceder deliberadamente a exiliados, procesar trauma o realizar procesos de liberación de cargas.

Puede reconocer protectores.

Puede validar sus preocupaciones.

Puede ayudar a disminuir la defensividad.

Puede introducir el lenguaje de las partes.

Puede revisar desde qué lugar interno está realizando una pregunta.

Pero si aparece espontáneamente una experiencia profundamente vulnerable, la tarea consiste en recibirla con cuidado sin convertir una mediación en una sesión de psicoterapia.

La distinción resulta especialmente valiosa porque muestra que un modelo puede ofrecer una manera de comprender a las personas sin que todos quienes utilizan esa perspectiva tengan que asumir el rol de terapeutas.

El mediador también tiene partes

IFS tampoco coloca al profesional fuera del sistema.

Hoffman habla de aprender a reconocer sus propios protectores cuando una contraparte, un abogado o un juez se vuelve especialmente difícil.

Porque el conflicto no activa solamente las partes de los clientes.

También puede activar las del mediador.

Puede aparecer una parte que quiere resolver rápidamente.

Otra que necesita que las personas sean razonables.

Una que teme perder el control de la reunión.

Una que se irrita con alguien.

Una que quiere demostrar que es un buen profesional consiguiendo finalmente el acuerdo.

Desde una perspectiva IFS, por lo tanto, una de las herramientas más importantes del mediador no consiste solamente en reconocer las partes de los demás, sino también en advertir desde qué lugar está interviniendo él mismo.

La curiosidad genuina es muy diferente de una pregunta formulada por una parte que ya decidió quién tiene razón.

De “¿qué tiene de malo?” a “¿qué le sucedió?”

Hacia el final del episodio, Hoffman describe un cambio más profundo en su manera de mirar a las personas difíciles.

Antes de conocer IFS, cuenta, intentaba comprender determinados comportamientos recurriendo a categorías diagnósticas.

Con el tiempo comenzó a orientarse hacia otra pregunta.

En el material que acompaña esta entrevista el contraste aparece resumido de manera muy gráfica:

“¿Qué tiene de malo esta persona?”

frente a

“¿Qué le sucedió a esta persona?”

No es necesario convertir esto en una oposición entre diagnóstico y comprensión, ni negar que los diagnósticos puedan tener utilidad clínica.

Lo interesante es el cambio de posición.

Ante una persona difícil podemos quedarnos solamente con la conducta que tenemos delante o podemos preguntarnos también qué historia, qué miedo, qué herida o qué necesidad protectora puede estar organizándola.

Quizá esa pregunta no resuelva automáticamente el conflicto.

Pero probablemente transforme la manera en que entramos en él.

Cuando las partes llegan a la mesa

La contribución más interesante de Hoffman quizá no sea una técnica determinada.

Es una manera distinta de mirar una negociación.

En una mesa de mediación puede haber dos personas y, sin embargo, muchas voces: la que quiere justicia, la que necesita seguridad y la que no está dispuesta a perder.

Tal vez mediar no consista siempre en conseguir que alguna de ellas gane sobre las demás.

Puede consistir, primero, en escuchar suficientemente bien qué intenta proteger cada una.

Y quizás entonces aparezca algo más parecido a ese “mediador interno” del que habla Hoffman: un lugar desde el cual podamos tomar decisiones sin expulsar ninguna de nuestras voces, pero sin permitir tampoco que una sola de ellas decida por todo el sistema.


Para seguir explorando

Este artículo surgió a partir de la conversación “Resolving Conflict Using IFS with David Hoffman”, episodio 215 de The One Inside, conducido por Tammy Sollenberger.

Escuchar el episodio original de The One Inside

También preparé una traducción completa al español de la conversación, organizada por tramos temáticos.

Leer la traducción al español en PDF

¿Qué sientes por esa parte? Una pregunta para saber desde dónde nos relacionamos

En Internal Family Systems (IFS) llamamos partes a esas distintas formas de sentir, pensar y actuar que pueden aparecer dentro de nosotros: una parte crítica, una parte temerosa, una parte que intenta controlar, una parte que necesita agradar, una parte que se siente sola.

Cuando comenzamos a conocer una de ellas, no alcanza con saber cómo es o qué siente. También importa descubrir qué nos pasa a nosotros frente a ella.

¿Sentimos curiosidad? ¿Nos irrita? ¿Nos da miedo? ¿Queremos que cambie o desaparezca? ¿Nos despierta ternura o compasión?

Para explorar justamente esa relación, en IFS aparece una pregunta una y otra vez:

How do you feel toward that part?

Es una pregunta breve, aparentemente sencilla, pero cumple una función muy importante dentro del proceso: nos ayuda a reconocer cómo nos estamos relacionando con una parte y si podemos acercarnos a ella desde nuestros mejores recursos.

¿Cómo traducirla al castellano?

Una traducción bastante habitual de How do you feel toward that part? es:

«¿Cómo te sientes hacia esa parte?»

La frase se entiende y no es incorrecta, pero en castellano no resulta especialmente natural.

Solemos utilizar «¿Cómo te sientes?» para preguntar por el estado de una persona:

«¿Cómo te sientes hoy?»

«¿Cómo te sientes después de hablar de esto?»

Cuando queremos preguntar por un sentimiento dirigido hacia alguien, en cambio, resulta mucho más habitual decir:

«¿Qué sientes por esa persona?»

Por eso, frente a una parte, una formulación que puede resultar más espontánea es:

«¿Qué sientes por esa parte?»

También podemos utilizar otras variantes:

«¿Qué sientes hacia esa parte?»

«¿Cómo te sientes con esa parte?»

«¿Qué sientes respecto a esa parte?»

«¿Cómo te sientes con respecto a esa parte?»

Y, en una conversación más espontánea:

«¿Qué te pasa con esa parte?»

«¿Qué te genera esa parte?»

«¿Cómo reaccionas ante esa parte?»

O incluso:

«¿Cómo te cae esa parte?»

No todas estas preguntas son exactamente equivalentes, pero pueden ayudarnos a acercarnos a algo fundamental: la relación que estamos teniendo con esa parte.

La pregunta explora una relación

Imaginemos que hemos encontrado una parte muy crítica.

Podemos describirla, reconocer dónde la sentimos en el cuerpo o escuchar lo que tiene para decir. Pero antes de acercarnos más conviene saber qué sucede dentro de nosotros cuando la observamos.

Tal vez aparezca curiosidad.

Tal vez sintamos apertura, calma, interés genuino, respeto o compasión.

En ese caso, probablemente contemos con buenas condiciones para seguir conociéndola y escuchar lo que necesita mostrarnos.

Pero también puede aparecer algo muy diferente:

«Quiero que desaparezca.»

«Estoy cansado de ella.»

«Me da vergüenza.»

«No la soporto.»

«Me parece ridícula.»

«Me da miedo.»

Estas respuestas también son muy valiosas.

Pueden indicarnos que otra parte está reaccionando ante la parte que intentamos conocer.

Una parte puede estar enojada con otra. Puede temer lo que sucedería si esa otra parte se expresara. Puede estar agotada de convivir con ella desde hace años. Puede querer controlarla, corregirla, protegerla o hacerla desaparecer.

En ese caso, probablemente convenga atender primero esa reacción, escuchar sus preocupaciones y explorar si puede darnos algo de espacio antes de continuar.

La respuesta a esta pequeña pregunta nos orienta, entonces, acerca de cómo seguir el proceso.

Una especie de «contador Geiger»

Se ha comparado esta pregunta con una especie de «contador Geiger» de IFS.

La metáfora es sugerente porque ayuda a entender su función: detectar algo que no siempre resulta evidente al principio.

Podemos creer que estamos observando una parte con interés y descubrir, al preguntarnos qué sentimos por ella, que en realidad hay irritación, miedo, impaciencia o una fuerte necesidad de ayudarla.

La pregunta funciona así como un indicador de la relación que estamos estableciendo.

Nos ayuda a reconocer si podemos acercarnos a esa parte desde nuestros mejores recursos o si antes necesitamos escuchar algo más que está ocurriendo dentro de nosotros.

Esto importa porque una parte probablemente responda de manera diferente si la abordamos con rechazo, urgencia o juicio que si encuentra curiosidad, respeto, apertura y una disposición genuina a conocerla.

Antes de preguntarnos qué hacer con una parte, conviene saber cómo estamos con ella.

Las respuestas pueden ser ambiguas

No todas las respuestas son fáciles de interpretar.

«Me resulta tierna», por ejemplo, puede expresar una actitud cálida y abierta. Pero también puede ser útil permanecer un momento con esa respuesta y explorar qué hay detrás de esa ternura.

«Me da pena» resulta todavía más ambigua.

Puede haber compasión genuina, pero también lástima, preocupación, necesidad de rescatar o cierta distancia frente a la vulnerabilidad de esa parte.

Por eso conviene tratar la respuesta como información para seguir explorando, en lugar de clasificarla rápidamente.

Podemos preguntar:

«¿Cómo es esa pena?»

«¿Qué te gustaría hacer cuando la ves así?»

«¿Hay algo en ti que quisiera ayudarla, protegerla o cambiarla?»

La propia exploración irá mostrando con mayor claridad desde dónde se está produciendo esa relación.

«¿Qué notas cuando miras a esa parte?»

Otra formulación posible es:

«¿Qué notas cuando miras a esa parte?»

Es una pregunta útil, pero puede llevarnos a un lugar algo diferente.

La persona podría responder:

«Es muy pequeña.»

«Está escondida.»

«La veo oscura.»

«Parece asustada.»

«Está sola.»

En ese caso está describiendo lo que percibe de la parte, pero todavía no sabemos necesariamente qué siente por ella.

La diferencia está, en buena medida, en el verbo.

Notar abre el campo de la percepción: imágenes, sensaciones, pensamientos, características de la parte, movimientos internos.

Sentir por dirige de manera más específica la atención hacia nuestra relación con ella.

Por eso, después de preguntar «¿Qué notas cuando miras a esa parte?», puede ser útil añadir:

«Y al verla así, ¿qué sientes por ella?»

Una pregunta ayuda a percibir a la parte.

La otra ayuda a explorar nuestra relación con ella.

«¿Cómo te cae esa parte?»

Esta es una formulación muy cotidiana, pero puede funcionar extraordinariamente bien en una conversación real.

En castellano sabemos perfectamente qué significa preguntar cómo nos cae alguien.

Nos cae bien.

Nos cae mal.

Nos inspira confianza.

Nos irrita.

Nos enternece.

Nos resulta insoportable.

Por eso, en determinados momentos:

«¿Cómo te cae esa parte?»

puede revelar rápidamente la relación interna que estamos intentando conocer.

La expresión muestra algo importante: la precisión clínica no exige siempre un lenguaje técnico.

A veces una formulación cotidiana permite acceder de manera más directa a la experiencia.

Por eso quizá no sea necesario encontrar una traducción única y definitiva de How do you feel toward that part?

Lo importante es conservar la intención de la pregunta:

¿Cómo estamos, en este momento, en relación con esa parte?

También puede ayudarnos en nuestras relaciones

Esta misma exploración puede resultar útil cuando pensamos en otra persona.

Podemos preguntarnos:

«¿Qué siento por esta persona ahora mismo?»

O:

«¿Qué me pasa con ella?»

«¿Cómo me cae?»

La respuesta no necesariamente nos dirá cómo es esa persona. Pero puede mostrarnos desde qué lugar interno la estamos mirando y desde dónde vamos a relacionarnos con ella.

Tal vez descubramos enojo, temor, desconfianza, necesidad de agradar, urgencia por convencerla, deseo de defendernos o ganas de alejarnos.

Reconocer esas reacciones puede llevarnos a una pregunta muy útil:

¿Estoy en condiciones de encontrarme con esta persona desde mis mejores recursos o hay algo en mí que necesita primero ser escuchado?

Esto puede resultar especialmente valioso antes de una conversación difícil.

Se trata de reconocer lo que sentimos para que nuestras reacciones no conduzcan toda la interacción sin que nos demos cuenta.

Tal vez allí resida la verdadera importancia de esta pequeña pregunta.

Nos ayuda a descubrir desde dónde vamos a encontrarnos con una parte.

Y, algunas veces, también desde dónde vamos a encontrarnos con los demás.