Hay partes de uno mismo que resulta difícil recibir con curiosidad.
No porque sean tímidas, vulnerables o fáciles de comprender, sino porque hacen cosas que traen consecuencias. Repiten una conducta que se había prometido abandonar. Buscan alivio de una manera que después genera problemas. Y cuando vuelven a aparecer, la reacción puede ser inmediata: rechazo, miedo, vergüenza.
Entonces la pelea ya no es solamente con lo que ocurrió.
También empieza una pelea interna contra la parte que lo hizo.
En una conversación con Richard Schwartz y Tami Simon para la serie All Parts Welcome, Jonathan Van Ness habla con una franqueza poco habitual sobre una parte vinculada a su antigua adicción a la metanfetamina.
Le había puesto un nombre: crystal meth boy, el “chico del cristal”, o CMB.
Durante mucho tiempo no sintió cariño por esa parte. La odiaba y sentía que le estaba arruinando la vida.
Cuando una parte se convierte en enemiga
Van Ness conoció IFS a través de su terapeuta cuando tenía poco más de veinte años. La idea de las partes le permitió empezar a poner palabras a experiencias que hasta entonces resultaban mucho más difíciles de explicar.
Pero ponerle nombre a CMB no significó aceptarlo.
Había miedo a que volviera a tomar el control, miedo a las recaídas y miedo incluso a situaciones que pudieran despertar recuerdos relacionados con el consumo. Durante años evitó determinadas calles de Los Ángeles porque temía que aparecieran recuerdos intrusivos o estados de disociación.
Schwartz describe entonces un circuito que suele aparecer alrededor de las conductas adictivas.
Hay partes que cargan dolor, terror o vergüenza y quedan especialmente vulnerables. Otras intentan mantener ese dolor lejos. Y cuando finalmente se vuelve demasiado intenso, una parte puede buscar una manera urgente de apagarlo.
Después de la conducta aparece con frecuencia otra parte que juzga, critica y ataca a quien buscó alivio. Y ese ataque no cae en el vacío: golpea precisamente sobre el lugar que ya cargaba vergüenza.
A veces la vergüenza llega incluso antes que las palabras. Calor en la cara, el estómago que cae, el pecho que se encoge, ganas de esconder lo ocurrido. Después empieza el reproche.
La conducta puede ser muy distinta y sus consecuencias también. Pero el movimiento interno puede reconocerse en escalas mucho más cotidianas: hacer algo para dejar de sentir durante un rato y, apenas termina, atacarse por haberlo hecho. Volver a la comida, al teléfono, a una compra, a una pantalla o a cualquier recurso que prometa unos minutos de distancia. Después llega el juicio. Y con él, a veces, exactamente el malestar del que se estaba intentando escapar.
Schwartz señala algo contraintuitivo: atacar al protector por lo que hizo puede aumentar el dolor que estaba intentando apagar.
La parte que se quería eliminar termina teniendo todavía más trabajo.
Van Ness cuenta que durante mucho tiempo vivió atrapado en esa relación con CMB. El cambio comenzó cuando su terapeuta le propuso algo que inicialmente podía parecer absurdo: en lugar de seguir atacando a esa parte, empezar a conocerla.
No porque consumir estuviera bien ni porque las consecuencias dejaran de importar, sino porque CMB no había aparecido con el propósito de destruirlo.
Estaba intentando protegerlo con los recursos que había encontrado cuando el dolor resultaba demasiado grande.
Hacerse amigo no significa dejar hacer
Van Ness relaciona la aparición de esa parte con momentos especialmente dolorosos de su historia, entre ellos la muerte de su padrastro y otras experiencias difíciles.
Empezar a comprender esa función modificó gradualmente la relación.
Ya no necesitaba tenerle tanto miedo.
Y con el trabajo terapéutico también pudo acercarse a lugares y recuerdos que antes evitaba. Las calles de Los Ángeles que durante años habían quedado asociadas al temor dejaron de tener el mismo poder.
No ocurrió rápidamente.
Van Ness habla de tres o cuatro años de trabajo y recuerda que, mientras ocurría, podían parecer una eternidad. Las recaídas implicaban riesgos reales y nuevas experiencias dolorosas.
La relación compasiva con una parte no sustituyó el trabajo profundo con aquello que esa parte estaba intentando proteger.
Schwartz lo señala explícitamente: hacerse amigo del protector puede cambiar mucho, pero con frecuencia también es necesario atender las partes más heridas que lo mantienen en estado de emergencia.
No guardar el trauma en una caja
Van Ness cuenta que alguna vez imaginó la sanación como algo mucho más definitivo.
Procesar el trauma, colocarlo cuidadosamente dentro de una caja, guardar la caja en un estante y no tener que volver a ocuparse de ella.
Pero su experiencia no fue así.
Incluso después de años de trabajo siguen apareciendo partes que cargan vergüenza. Y la exposición pública ha creado nuevas situaciones capaces de tocar lugares antiguos: equivocarse, recibir críticas o ser avergonzado frente a muchas personas puede despertar dolores que parecían ya conocidos.
Sanar no significó conseguir que ninguna parte volviera a activarse.
Cambió la relación con ellas.
Y quizá allí aparezca una forma menos evidente de amor hacia uno mismo.
No como sentirse bien con todo lo que uno hace.
No como aprobar cualquier conducta.
Sino como dejar de convertir en enemigo a aquello que, de una manera extrema y a veces muy dañina, estaba intentando ayudar.
Porque frente a algunas de las partes que más cuesta aceptar puede aparecer una pregunta distinta.
No solamente qué hicieron.
También:
¿Qué dolor estaban intentando que no hubiera que sentir?
Ver la conversación completa: All Parts Welcome — Richard Schwartz, PhD + Jonathan Van Ness: Self-love & Internal Family Systems.