Becky Kennedy y lo que ocurre antes del grito

Hay momentos en que la reacción llega antes que cualquier intención.

Un comentario en la mesa. Una negativa. Un tono que normalmente podría tolerarse y que ese día encuentra el cuerpo cansado, la paciencia corta y una tensión que ya venía acumulándose.

La mandíbula se aprieta, algo sube por el pecho y la voz sale con una intensidad que un segundo antes no parecía estar allí.

Después puede llegar otra reacción, esta vez dirigida hacia uno mismo:

¿Qué me pasa?

¿Por qué reaccioné así otra vez?

¿Cómo puedo saber que no quiero hacer esto y, sin embargo, terminar haciéndolo?

En una conversación con Richard Schwartz y Tami Simon para la serie All Parts Welcome, la psicóloga Becky Kennedy cuenta una escena de su propia casa.

Su hijo se quejó de que hubiera pollo otra vez para cenar. Ella venía de un día pesado, probablemente de una semana difícil, y estalló:

“¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu problema?”

Kennedy es psicóloga clínica, madre de tres hijos, autora de Good Inside y trabaja precisamente ayudando a madres y padres. Saber cómo le habría gustado responder no impidió que, en ese momento, algo dentro de ella llegara a su límite.

Después del grito

Kennedy plantea dos maneras muy diferentes de mirar una escena así.

Una puede empezar con la vergüenza:

“Soy una pésima madre. Si la gente supiera que hago esto… ¿qué me pasa, si debería saber hacerlo mejor?”

La otra pregunta algo diferente:

¿Qué estaba ocurriendo dentro de mí para que reaccionara así?

Richard Schwartz propone comprender muchas de estas reacciones como acciones de partes que alguna vez tuvieron una función adaptativa.

Una parte puede haber aprendido a controlar para evitar el caos. Otra puede reaccionar con fuerza frente a ciertas emociones. Otra puede llevar mucho tiempo ignorando el cansancio, la necesidad de ayuda o el enojo porque sintió que no había espacio para atenderlos.

Comprender eso no convierte en aceptable gritarle a un hijo.

Kennedy insiste en esa diferencia: reconocer que una reacción tiene una historia no significa justificar el daño que pueda producir.

Pero responsabilidad y condena tampoco son lo mismo.

Si después del desborde se agrega otra capa de culpa y vergüenza, quizá resulte todavía más difícil descubrir qué estaba ocurriendo antes de que todo llegara a ese punto.

Una parte llegó al límite

Kennedy imagina el mundo interno como una mesa de directorio.

En ella puede haber una parte agotada, otra furiosa, otra que lleva días intentando sostenerlo todo y otra que necesita ayuda. Todas tienen información importante.

El problema aparece cuando una de ellas deja de ocupar un asiento en la mesa y termina tomando por completo las decisiones.

Kennedy mira entonces hacia atrás.

Quizá se saltó durante varios días los pequeños descansos que necesitaba. Tal vez dejó de hacer algo que ayudaba a regular su cuerpo. Quizá pidió ayuda y esa ayuda no llegó. O fue ignorando señales pequeñas de irritación, agotamiento o sobrecarga mientras todavía había margen para escucharlas.

El grito no empezó necesariamente en el momento del pollo.

Ese pudo ser apenas el lugar donde algo que llevaba tiempo acumulándose finalmente encontró una salida.

Por eso la pregunta deja de ser solamente:

¿Qué tengo de malo?

Y empieza a transformarse en otra:

¿Qué llevaba tiempo necesitando atención?

Lo que alguna vez ayudó

Hay una idea de Kennedy que atraviesa toda la conversación: muchos comportamientos que hoy generan dificultades alguna vez tuvieron sentido como adaptación.

Eso no significa que sigan siendo útiles.

Una forma de endurecerse pudo ayudar cuando mostrarse vulnerable no era seguro. Controlarlo todo pudo reducir alguna vez una sensación de caos. Atacar antes de ser atacado pudo haber parecido la mejor defensa disponible.

Schwartz describe cómo algunas partes terminan conservando esos trabajos mucho después de que las circunstancias hayan cambiado.

Y entonces puede ocurrir algo desconcertante: la intensidad de una reacción parece mucho mayor que aquello que está sucediendo en el presente.

El niño está protestando por la cena.

Pero alguna parte del adulto puede estar escuchando otra cosa.

Firmeza sin desconectarse

Kennedy utiliza con frecuencia una palabra para describir la capacidad que intenta cultivar en madres y padres: sturdiness, algo cercano a solidez o firmeza.

La define como poder permanecer conectado con uno mismo y, al mismo tiempo, conectado con la otra persona.

Eso permite algo difícil: reconocer lo que un hijo siente sin tener que abandonar los propios límites.

Un niño puede enfadarse porque un límite se mantiene. Su enojo puede ser real y el límite seguir siendo necesario.

Su malestar no invalida el límite.

El límite tampoco necesita invalidar su malestar.

Kennedy encuentra en esa posición algo muy cercano a las cualidades que Schwartz asocia al Self: compasión y claridad, conexión y firmeza sin que una tenga que eliminar a la otra.

Lo que ocurrió antes

No solamente importa observar el momento de la explosión.

También aquello que ocurrió cuando todavía era apenas una tensión en el cuerpo, una irritación pequeña, una necesidad postergada o un cansancio que parecía posible seguir soportando.

No siempre será posible advertirlo a tiempo.

Pero después de una reacción que no coincide con la manera en que se quiere estar con un hijo, quizá haya una pregunta más fértil que castigarse por haberla tenido.

¿Qué llevaba tiempo intentando decir esta parte antes de necesitar gritar?


Ver la conversación completa: All Parts Welcome — Richard Schwartz, PhD + Dr. Becky Kennedy: Parenting & Internal Family Systems.

Elizabeth Gilbert y el miedo que no se va

Aparece una idea y algo se abre.

Puede ser un proyecto, una conversación pendiente, una decisión, algo que se desea crear. Hay entusiasmo, movimiento, quizá incluso una sensación de amplitud.

Y entonces aparece otra voz.

Empieza a explicar por qué no conviene. Encuentra riesgos, anticipa errores, recuerda fracasos. A veces, mientras habla, algo también cambia en el cuerpo: el pecho se contrae, la respiración se vuelve más corta, aquella apertura inicial empieza a hacerse pequeña.

Elizabeth Gilbert conoce bien esa secuencia.

En una conversación con Richard Schwartz y Tami Simon para la serie All Parts Welcome, la autora de Comer, rezar, amar cuenta que durante mucho tiempo intentó enfrentarse a ese miedo.

Discutía con él. Trataba de vencerlo.

Y descubrió algo incómodo: cada vez que entraba en esa pelea, perdía ella y perdía también la creatividad.

Mucho antes de conocer IFS, Gilbert empezó a probar otra cosa.

En lugar de intentar expulsar el miedo, comenzó a escucharlo. A preguntarle qué necesitaba. A reconocer que, desde su lugar, estaba haciendo aquello que sabía hacer: advertir peligros.

No desapareció.

Pero la relación cambió.

Gilbert utiliza una imagen sencilla: el miedo puede acompañarla en el automóvil, pero no necesita ocupar el asiento del conductor.

La diferencia parece pequeña, aunque internamente puede ser enorme.

El miedo sigue ahí, pero ya no hace falta tensarse contra él. Puede haber algo más de respiración, algo más de espacio, mientras aquello que importaba sigue su curso.

Cuando años después Gilbert conoció Internal Family Systems, reconoció algo que ya formaba parte de su experiencia.

Aquella voz que advertía, frenaba y anticipaba peligros podía ser escuchada como una parte, no como un enemigo al que había que derrotar.

Y eso cambia la pregunta.

Ya no se trata solamente de decidir si el miedo tiene razón.

También puede empezar a escucharse qué intenta evitar.

Otra voz

Schwartz le pregunta entonces cómo había aprendido a relacionarse de esa manera con su miedo antes de conocer IFS.

Gilbert recuerda un momento completamente diferente.

Durante la profunda crisis personal que posteriormente narraría en Comer, rezar, amar, estaba una noche en el suelo del baño, desesperada.

Y apareció una voz.

No argumentó.

No explicó.

No le pidió que resolviera su vida.

Dijo simplemente:

“Vuelve a la cama, Liz”.

Gilbert cuenta que aquella voz era distinta de todo lo que estaba acostumbrada a escuchar dentro de sí. Había en ella una ternura y una paciencia que no reconocía como habituales.

Después comenzó a escribirle.

Durante años desarrolló una práctica en la que formulaba preguntas y dejaba aparecer respuestas desde esa presencia que primero llamó Amor y que más tarde comenzó a llamar Dios.

Y fue esa forma de ser recibida en sus propios momentos de desesperación la que, según cuenta, terminó enseñándole también cómo hablar con sus partes más asustadas.

Dos voces muy diferentes

La conversación llega entonces a una pregunta difícil.

¿De dónde viene una voz así?

Tami Simon pregunta si se trata del Self del que habla IFS, de aquello que Schwartz llama en algunos de sus desarrollos espirituales “guías”, o de algo que podría llamarse Dios.

Schwartz establece una distinción: el Self sería quien está presente, escucha y se relaciona con las partes; en algunas experiencias, dice, también puede sentirse orientación procedente de algo distinto.

Gilbert no intenta resolver la cuestión.

Su respuesta es mucho más sencilla.

No sabe de dónde viene esa voz.

Y no necesita saberlo.

Para ella importa observar qué trae.

¿Hay amor, honestidad, compasión? ¿Una orientación que no humilla, amenaza ni exige?

Puede llamarlo Dios, Amor, Self o utilizar otra palabra.

La procedencia queda abierta.

Porque tampoco frente al miedo la primera tarea había sido determinar si tenía razón. Había sido escucharlo.

Una voz llega anunciando peligro. Otra aparece sin exigir nada y ofrece una dirección sencilla.

Una aprieta.

La otra abre espacio.

Quizá antes de discutir con cualquiera de ellas pueda hacerse algo más elemental: notar cómo llega, qué trae consigo y qué intenta hacer.

El miedo puede quedarse

No siempre es necesario conseguir que el miedo desaparezca antes de actuar.

Puede seguir advirtiendo, dudando e incluso tener buenas razones para hacerlo. Pero quizá sea posible escucharlo sin convertir cada una de sus advertencias en una orden.

Comprender un poco mejor aquello que teme, notar qué ocurre cuando deja de ser necesario luchar contra él y descubrir si, aun estando presente, puede dejar algo más de espacio para continuar.

El miedo puede venir.

La pregunta es si necesita conducir.


Ver la conversación completa: Elizabeth Gilbert, Richard Schwartz y Tami Simon — Creativity & Internal Family Systems

Collage editorial de una mujer en conversación, conectada por un hilo con figuras de distintas edades que representan recuerdos y partes asociados a una misma herida emocional.

Trabajé esta herida. ¿Por qué vuelve?

Hace unos meses, algo se había soltado de verdad. No era solo que pudiera explicarse mejor lo ocurrido. Al recordar aquella escena, el cuerpo ya no se cerraba del mismo modo. Ya no parecía a punto de repetirse en cada vínculo. Durante un tiempo se vivió con un alivio callado, sin necesidad de comprobarlo. Como cuando un ruido que acompañó durante años se apaga y recién entonces se descubre cuánto cansaba.

Hasta que una tarde, en una conversación cualquiera, alguien tarda en responder. Nada grave. Una pausa demasiado larga, una mirada que se aparta, una frase dicha con cansancio. Y de pronto aparece la vieja certeza de estar de más. El pecho se endurece. Surge el impulso de retirarse antes de que llegue el rechazo.

En ese momento no hay matices. La pausa deja de ser una pausa y se convierte en desinterés. La mirada ya no parece cansancio, sino distancia. Cada gesto confirma lo que se temía desde el principio.

Se contesta con frialdad. Quizá se cambia de tema. Quizá se dice que no pasa nada. La conversación continúa, pero por dentro ya se armó una escena mucho más antigua que esa mesa, esa tarde y esa persona.

La reacción dura poco. Lo que queda después es peor.

El dolor resulta conocido, pero lo primero que pesa es la vergüenza de que haya vuelto. Si aquello se había sentido y soltado, ¿qué hace todavía aquí? El alivio de los meses anteriores empieza a parecer ingenuo. Tal vez nada cambió. Tal vez solo se creyó que había cambiado.

Quizá la dificultad esté en suponer que aquello era una sola cosa.

Algunos recuerdos no quedan guardados como escenas independientes. Se enlazan por el tono emocional que comparten. En la infancia, una tarde esperando a alguien que no llega puede dejar una marca. Años después, una amistad que termina sin explicación deja una convicción parecida: cuando se necesita a alguien, ese alguien desaparece. Mucho más tarde, un silencio o una demora devuelven el mismo hueco en el estómago y la garganta cerrada.

Las escenas no son iguales. Tampoco pertenecen al mismo momento de la vida. Sin embargo, algo las mantiene unidas.

Alrededor de ese dolor pueden haber quedado ligadas distintas partes. Una contiene el aire y espera. Otra aprieta la mandíbula y no pide. Otra tensa las piernas y se va primero. Se parecen porque responden al mismo peligro, aunque no lleven la misma historia.

Por eso algo puede haberse soltado de verdad sin que todo lo relacionado con ese tema haya desaparecido. Una parte pudo dejar atrás aquello que sostenía y recuperar algo de libertad. El alivio no tuvo por qué ser falso. Meses después, otra parte, ligada a otra edad y a otra experiencia, puede reaccionar ante un gesto parecido.

Visto desde afuera, parece que la misma herida regresó. Por dentro, quizá apareció otra historia atravesada por un dolor conocido. Aquello que parecía un único problema puede ser una constelación de recuerdos y partes reunidos por una misma cualidad emocional. Cuando uno de ellos se activa, toda la constelación parece hablar con una sola voz.

Pero «es otra capa» también puede convertirse en una coartada. Si pasa el tiempo y nada pierde intensidad, si la misma respuesta se repite sin que aparezca ninguna libertad nueva, no alcanza con llamar profundidad a la repetición. A veces no está emergiendo algo más hondo: a veces lo que se está haciendo no produce movimiento.

Al terminar aquella conversación, todavía queda el impulso de retirarse. También la vergüenza de haber reaccionado otra vez. Nada permite saber enseguida si volvió lo mismo, si otra historia reconoció un peligro familiar o si hay algo que necesita ser revisado desde el comienzo.

Cuando lo conocido vuelve, ¿qué es exactamente lo que volvió?


Referencia

La idea de que ciertos recuerdos se agrupan por su tono emocional común fue desarrollada por Stanislav Grof.
Kay Gardner la lee en términos de partes en su libro de 2026 Calling Ourselves Back Home: The Spiritual and Energetic Lens of IFS.