Elizabeth Gilbert y el miedo que no se va

Aparece una idea y algo se abre.

Puede ser un proyecto, una conversación pendiente, una decisión, algo que se desea crear. Hay entusiasmo, movimiento, quizá incluso una sensación de amplitud.

Y entonces aparece otra voz.

Empieza a explicar por qué no conviene. Encuentra riesgos, anticipa errores, recuerda fracasos. A veces, mientras habla, algo también cambia en el cuerpo: el pecho se contrae, la respiración se vuelve más corta, aquella apertura inicial empieza a hacerse pequeña.

Elizabeth Gilbert conoce bien esa secuencia.

En una conversación con Richard Schwartz y Tami Simon para la serie All Parts Welcome, la autora de Comer, rezar, amar cuenta que durante mucho tiempo intentó enfrentarse a ese miedo.

Discutía con él. Trataba de vencerlo.

Y descubrió algo incómodo: cada vez que entraba en esa pelea, perdía ella y perdía también la creatividad.

Mucho antes de conocer IFS, Gilbert empezó a probar otra cosa.

En lugar de intentar expulsar el miedo, comenzó a escucharlo. A preguntarle qué necesitaba. A reconocer que, desde su lugar, estaba haciendo aquello que sabía hacer: advertir peligros.

No desapareció.

Pero la relación cambió.

Gilbert utiliza una imagen sencilla: el miedo puede acompañarla en el automóvil, pero no necesita ocupar el asiento del conductor.

La diferencia parece pequeña, aunque internamente puede ser enorme.

El miedo sigue ahí, pero ya no hace falta tensarse contra él. Puede haber algo más de respiración, algo más de espacio, mientras aquello que importaba sigue su curso.

Cuando años después Gilbert conoció Internal Family Systems, reconoció algo que ya formaba parte de su experiencia.

Aquella voz que advertía, frenaba y anticipaba peligros podía ser escuchada como una parte, no como un enemigo al que había que derrotar.

Y eso cambia la pregunta.

Ya no se trata solamente de decidir si el miedo tiene razón.

También puede empezar a escucharse qué intenta evitar.

Otra voz

Schwartz le pregunta entonces cómo había aprendido a relacionarse de esa manera con su miedo antes de conocer IFS.

Gilbert recuerda un momento completamente diferente.

Durante la profunda crisis personal que posteriormente narraría en Comer, rezar, amar, estaba una noche en el suelo del baño, desesperada.

Y apareció una voz.

No argumentó.

No explicó.

No le pidió que resolviera su vida.

Dijo simplemente:

“Vuelve a la cama, Liz”.

Gilbert cuenta que aquella voz era distinta de todo lo que estaba acostumbrada a escuchar dentro de sí. Había en ella una ternura y una paciencia que no reconocía como habituales.

Después comenzó a escribirle.

Durante años desarrolló una práctica en la que formulaba preguntas y dejaba aparecer respuestas desde esa presencia que primero llamó Amor y que más tarde comenzó a llamar Dios.

Y fue esa forma de ser recibida en sus propios momentos de desesperación la que, según cuenta, terminó enseñándole también cómo hablar con sus partes más asustadas.

Dos voces muy diferentes

La conversación llega entonces a una pregunta difícil.

¿De dónde viene una voz así?

Tami Simon pregunta si se trata del Self del que habla IFS, de aquello que Schwartz llama en algunos de sus desarrollos espirituales “guías”, o de algo que podría llamarse Dios.

Schwartz establece una distinción: el Self sería quien está presente, escucha y se relaciona con las partes; en algunas experiencias, dice, también puede sentirse orientación procedente de algo distinto.

Gilbert no intenta resolver la cuestión.

Su respuesta es mucho más sencilla.

No sabe de dónde viene esa voz.

Y no necesita saberlo.

Para ella importa observar qué trae.

¿Hay amor, honestidad, compasión? ¿Una orientación que no humilla, amenaza ni exige?

Puede llamarlo Dios, Amor, Self o utilizar otra palabra.

La procedencia queda abierta.

Porque tampoco frente al miedo la primera tarea había sido determinar si tenía razón. Había sido escucharlo.

Una voz llega anunciando peligro. Otra aparece sin exigir nada y ofrece una dirección sencilla.

Una aprieta.

La otra abre espacio.

Quizá antes de discutir con cualquiera de ellas pueda hacerse algo más elemental: notar cómo llega, qué trae consigo y qué intenta hacer.

El miedo puede quedarse

No siempre es necesario conseguir que el miedo desaparezca antes de actuar.

Puede seguir advirtiendo, dudando e incluso tener buenas razones para hacerlo. Pero quizá sea posible escucharlo sin convertir cada una de sus advertencias en una orden.

Comprender un poco mejor aquello que teme, notar qué ocurre cuando deja de ser necesario luchar contra él y descubrir si, aun estando presente, puede dejar algo más de espacio para continuar.

El miedo puede venir.

La pregunta es si necesita conducir.


Ver la conversación completa: Elizabeth Gilbert, Richard Schwartz y Tami Simon — Creativity & Internal Family Systems

Deja una respuesta