Una breve meditación típica de IFS, tal como suele compartirla Richard Schwartz

Richard Schwartz suele comenzar muchas de sus presentaciones, talleres y seminarios con una invitación sencilla: detenerse por unos minutos, dirigir la atención hacia adentro y observar lo que está ocurriendo en el mundo interno.

En estas prácticas breves no se busca necesariamente profundizar en una experiencia dolorosa ni iniciar un proceso terapéutico. El propósito es más básico y, al mismo tiempo, muy representativo de IFS: reconocer la presencia de diferentes partes, establecer una relación con ellas y favorecer un poco más de espacio interno.

La meditación que compartimos a continuación está adaptada de una práctica guiada por Schwartz al comienzo de un seminario. En pocos minutos, permite observar con claridad algunos de los movimientos fundamentales del modelo.

La estructura de una meditación introductoria de IFS

Aunque estas meditaciones pueden variar, suelen seguir un recorrido reconocible.

1. Dirigir la atención hacia adentro

La práctica comienza invitando a dejar momentáneamente de lado lo que ocurre en el exterior para observar la actividad interna.

Pueden aparecer pensamientos, emociones, sensaciones corporales, imágenes, recuerdos o impulsos. No es necesario buscar nada en particular. Se trata simplemente de notar lo que ya está presente.

2. Reconocer la presencia de diferentes partes

IFS propone considerar que esas distintas experiencias pueden ser expresiones de diferentes partes de la persona.

Una parte puede estar preocupada. Otra puede sentirse impaciente. Otra quizás esté cansada, curiosa, desconfiada o interesada en la experiencia.

En lugar de intentar reducir todo a un único estado, se empieza a reconocer la diversidad del sistema interno.

3. Saludar y dar la bienvenida

El siguiente movimiento no consiste en analizar, corregir ni hacer desaparecer lo que aparece.

La invitación es más sencilla: reconocer a las partes y hacerles saber que han sido vistas.

Este gesto introduce una cualidad central de IFS. Las partes no son tratadas como obstáculos que deben eliminarse, sino como aspectos de la persona que tienen razones para sentir, pensar o actuar como lo hacen.

4. Tomar cierta distancia

Cuando una persona puede observar una parte, aunque sea por un momento, ya no está completamente absorbida por ella.

La emoción o el pensamiento pueden continuar presentes, pero empieza a aparecer una pequeña diferencia entre:

«Estoy completamente ansioso»

y

«Hay una parte de mí que está ansiosa».

En IFS, este movimiento suele llamarse desblendaje. No significa rechazar, apartar ni silenciar a la parte. Significa dejar de estar completamente identificado con ella para poder relacionarse con lo que está sintiendo.

5. Reconocer la intención protectora

Desde ese poco más de espacio, se invita a mirar a las partes con comprensión.

Incluso las partes que resultan molestas, críticas, controladoras o impulsivas suelen estar intentando proteger a la persona de algo que consideran peligroso.

Sus estrategias pueden producir dificultades y, en ocasiones, generar el efecto contrario al que buscan. Sin embargo, reconocer su intención protectora cambia la manera de acercarse a ellas.

La pregunta deja de ser:

«¿Cómo hago para que esta parte desaparezca?»

y comienza a transformarse en:

«¿Qué está intentando hacer por mí?»

6. Percibir un mayor acceso al Self

Cuando las partes se sienten reconocidas y pueden relajarse un poco, suele aparecer mayor amplitud interna.

La persona puede notar más calma, curiosidad, claridad, compasión o capacidad de observar sin reaccionar inmediatamente.

IFS utiliza la palabra Self para nombrar esa presencia interna capaz de relacionarse con las partes desde estas cualidades.

El Self no necesita ser creado ni incorporado desde afuera. Ya está presente. Sin embargo, puede resultar difícil percibirlo cuando una o varias partes ocupan completamente la experiencia.

7. Agradecer y regresar

La práctica termina agradeciendo a las partes por haberse mostrado y por haber permitido ese acercamiento.

No es necesario resolver nada. A veces, el simple hecho de haber reconocido una parte y haberla tratado con respeto ya constituye un cambio significativo.

Después, la atención vuelve gradualmente al entorno.

Meditación guiada

Tómate un momento para dirigir la atención hacia adentro y notar qué está ocurriendo allí, tras bambalinas.

Observa qué pensamientos están apareciendo.

Nota también si hay emociones, sensaciones corporales, imágenes, recuerdos o impulsos.

No necesitas modificar nada. Simplemente observa la actividad que está presente en este momento.

Mientras la percibes, imagina que esas diferentes experiencias pueden provenir de distintas partes de ti.

Tal vez haya una parte pensando en lo que tienes que hacer después.

Quizás otra parte sienta curiosidad por esta práctica.

Puede haber una parte inquieta, cansada, interesada, desconfiada o deseosa de hacerlo correctamente.

Es como si dentro de ti hubiera una pequeña comunidad, con diferentes voces, emociones y puntos de vista.

Por ahora, simplemente saluda a las partes que puedas notar.

Hazles saber que ves que están aquí.

No importa si todavía no las conoces bien o si no comprendes por qué se sienten de esa manera.

Observa si puedes darles la bienvenida tal como aparecen, con sus diferentes pensamientos, opiniones, creencias y sentimientos.

Mientras haces esto, nota si puedes tomar un poco de distancia.

No se trata de alejarlas ni de hacer que desaparezcan.

Simplemente comprueba si puedes observarlas, en lugar de estar completamente absorbido por ellas.

Quizás puedas decir internamente:

«Veo que hay una parte preocupada».

«Noto una parte que quiere controlar esta experiencia».

«Hay una parte que no está segura de querer hacer esto».

Al reconocerlas de esta manera, tal vez aparezca un poco más de espacio en tu interior.

Desde ese lugar, observa si puedes acercarte a estas partes con algo de curiosidad o comprensión.

Incluso a aquellas que suelen resultarte incómodas o difíciles.

Puedes hacerles saber que comprendes que están intentando ayudarte o protegerte de alguna manera, aunque sus estrategias no siempre produzcan el resultado que desean.

No es necesario obligarte a sentir compasión.

Simplemente observa qué actitud aparece espontáneamente hacia ellas.

Quizás algunas partes se relajen un poco al sentirse reconocidas.

Tal vez notes más espacio en tu cuerpo o en tu mente.

Puede que aparezca algo de calma, claridad, curiosidad o apertura.

En IFS, estas cualidades pueden indicar que hay un poco más de acceso al Self: esa presencia interna capaz de observar y relacionarse con las partes sin rechazarlas ni intentar dominarlas.

Permanece unos instantes notando cómo es estar con tu sistema interno de esta manera.

No necesitas llegar a ninguna conclusión.

No hay nada que resolver ahora.

Cuando sientas que es el momento adecuado, agradece a tus partes por haberte permitido acercarte y observar lo que estaba ocurriendo.

Hazles saber que puedes volver a prestarles atención en otro momento.

Luego comienza lentamente a percibir nuevamente el espacio que te rodea.

Nota los sonidos, el contacto de tu cuerpo con la superficie en la que estás y el ritmo de tu respiración.

Y, cuando estés listo, vuelve a dirigir la atención hacia el exterior.

Una práctica breve que contiene la esencia del modelo

Esta meditación puede parecer sencilla, pero reúne varios de los principios centrales de IFS.

En lugar de luchar contra la experiencia interna, invita a reconocerla.

En lugar de considerar que una emoción define completamente a la persona, permite verla como la expresión de una parte.

En lugar de intentar controlar o eliminar a esa parte, propone acercarse a ella con curiosidad y respeto.

Y, cuando aparece un poco más de distancia, también puede hacerse más accesible esa capacidad interna de escuchar, comprender y acompañar que IFS denomina Self.

No siempre se necesita una exploración extensa. A veces, detenerse, reconocer quién está presente y ofrecerle un poco de atención ya modifica la relación con el mundo interno.

Una práctica sencilla para volver a ti

Durante mucho tiempo me acompañó una pregunta sencilla:

¿Cómo cultivar una relación más viva con nuestro mundo interior sin convertirla en otra obligación, otra técnica o algo que haya que hacer perfectamente?

Con el tiempo, esa búsqueda fue tomando forma. No como un método nuevo ni como una teoría, sino como una serie de prácticas breves para distintos momentos del día: unos minutos al comenzar la mañana, una pausa antes de responder cuando una decisión tiene peso y un modo de cerrar el día antes de dormir.

De ese proceso nació Prácticas de alineación interior, un pequeño cuaderno que hoy quiero compartir.

Su lenguaje está influido por muchos años de trabajo con Internal Family Systems (IFS), el Enfoque Centrado en la Persona, Eugene Gendlin y diversas prácticas contemplativas. Sin embargo, no pretende enseñar ninguno de esos modelos. La intención es más sencilla: ofrecer una manera de cultivar una relación más consciente, segura y receptiva con la propia experiencia y con aquello que cada persona reconoce como lo más profundo de sí.

No es un programa para seguir al pie de la letra. Tampoco una colección de ejercicios para hacer correctamente.

Es una invitación.

Una invitación a detenerse unos minutos, escuchar con mayor atención, responder con más conciencia y volver, una y otra vez, al mejor lugar disponible.

Espero que estas páginas puedan acompañar a quienes sientan que esta dirección también resuena con su propia búsqueda.

El cuaderno puede descargarse aquí:

Práctica diaria de alineación interior

Es temprano. El día todavía no empezó a pedir cosas. Hay una silla, una ventana, quizás el sonido de un pájaro o de una calle que apenas despierta. Y hay alguien sentado ahí, sin apuro, antes del ruido.

Lo que sigue no es una técnica para obtener respuestas extraordinarias, ni para anticipar el futuro, ni para volverse infalible. Es algo más simple y más honesto: crear las mejores condiciones posibles para que las decisiones del día surjan desde un lugar de mayor claridad, amplitud y serenidad.

No hay ningún estado especial que producir. La práctica consiste, sobre todo, en reconocer y reducir las interferencias.

Por la mañana

Un lugar tranquilo. Diez, quince minutos sin interrupciones.

Sentarse cómodamente. No hace falta dejar la mente en blanco. Ningún esfuerzo. Solo permanecer.

Cada pensamiento que aparece puede seguir su curso sin ser perseguido. Nada que combatir. Nada que buscar. Solo estar presente.

Reconocer el paisaje interior

Después de un rato, la atención se dirige hacia adentro.

¿Qué hay hoy?

Quizás una preocupación que quedó de ayer. Quizás impaciencia. Quizás entusiasmo, un cansancio que viene de antes o esa necesidad conocida de tener todo bajo control.

No hay nada que cambiar ni que juzgar. Alcanza con reconocerlo:

Esto también está aquí.

Se puede incluso agradecer que se haya hecho visible. Nada necesita resolverse en este momento.

Crear espacio

Todo lo que apareció puede quedarse, sin ocupar por completo la conciencia.

No hace falta que desaparezca. Solo que exista dentro de un espacio más amplio.

Es como contemplar un paisaje completo en lugar de quedar atrapado en un solo árbol.

Unos minutos así, percibiendo que hay algo más que aquello que ocupa la atención.

Abrirse

Cuando aparece un poco más de calma —o simplemente algo más de espacio para observar—, se formula por dentro una intención sencilla:

Estoy disponible.

Quiero vivir este día en sintonía con lo más profundo de lo que soy.

Que pueda ver lo que necesito ver. Que pueda actuar desde mi mejor conciencia.

Y, si tiene sentido:

Pido compañía y orientación.

No hay que esperar una respuesta inmediata. No hay que forzar imágenes, palabras ni señales.

La invitación ya quedó hecha.

Escuchar

Durante algunos minutos, nada que hacer.

Si surge una intuición, una imagen, una palabra o una dirección, se la observa.

Si no surge nada, también está bien.

El silencio no es un problema que haya que resolver.

Solo escuchar.

Discernir

Si aparece una idea, una decisión o una posible dirección, no se la acepta automáticamente.

Se la observa con calma y se pregunta:

¿Trae más serenidad que urgencia?

¿Genera amplitud o contracción?

¿Necesita imponerse o simplemente se presenta?

¿Viene acompañada de miedo, apuro, obligación o necesidad de controlar?

¿Permanece estable si se la deja descansar unas horas?

¿Favorece el propio bienestar y el de quienes pueden verse afectados?

Una orientación profunda suele sentirse clara y tranquila. Pero la calma por sí sola no garantiza que una decisión sea correcta.

Por eso, además de escuchar el mundo interno, se consideran los hechos, las consecuencias, los límites, la información disponible y la realidad de las demás personas.

Cerrar

Antes de terminar, un momento de gratitud por el tiempo compartido con uno mismo.

No hace falta evaluar si la práctica funcionó. Ya cumplió su propósito si permitió detenerse, observar y bajar un poco el ruido.

Se puede cerrar diciendo:

Estoy disponible para vivir este día con la mayor conciencia posible.

Y levantarse despacio, sin intentar conservar ningún estado especial.

Durante el día: la pregunta única

En algún momento, el día trae una decisión con peso. Un mensaje que espera respuesta. Una propuesta. Un sí o un no que va a tener consecuencias.

Ahí, una pausa.

Y una sola pregunta:

¿Desde dónde estoy respondiendo?

Muchas veces, el cuerpo ofrece las primeras señales.

Puede haber apuro. Pecho apretado. Miedo. Irritación. Un “tengo que” rígido. Necesidad de controlar o de agradar. Urgencia por decidir de inmediato.

Estas señales no significan que la decisión sea equivocada.

Indican que algo adentro está muy activado y que conviene escucharlo antes de actuar.

Siempre que la situación lo permita, conceder unas horas a la claridad suele ser preferible a responder desde la urgencia.

Y cuando la situación exige actuar de inmediato, se elige la opción más prudente, más segura y más reversible.

También puede haber otras señales: calma, amplitud, perspectiva, curiosidad, capacidad de considerar varias posibilidades, disposición a revisar la propia posición, ninguna necesidad de imponerse.

Eso indica que hay más espacio interior para decidir.

Aun así, la sensación de amplitud tampoco es una garantía absoluta.

Se escucha, se verifica y después se avanza.

Por la noche: leer el clima del día

Antes de dormir, unos minutos.

El día se repasa sin lupa, como quien mira el cielo para reconocer qué tiempo hizo.

¿En qué momentos hubo conexión?

¿Cuándo hubo claridad?

¿Cuándo apareció la reacción automática, el apuro o la contracción?

¿Qué señales precedieron a una buena decisión?

¿Cuáles precedieron a una decisión apresurada?

¿Qué se aprendió hoy sobre la propia manera de escucharse?

No se trata de calificarse.

Lo desconectado no es una falla.

Es información.

Se puede cerrar diciendo:

Gracias por la compañía de hoy.

Con el tiempo

Con la práctica, se empieza a reconocer con mayor precisión el tono propio de la claridad y también las distintas maneras en que el miedo, el impulso o la necesidad pueden disfrazarse de certeza.

No se trata de eliminar lo que adentro teme, se apresura o intenta proteger.

Se trata de escucharlo sin entregarle automáticamente toda la conducción.

No se trata de volverse infalible.

Se trata de vivir con menos interferencia, aprender de la experiencia y estar cada vez más disponible para responder a la vida desde lo mejor de uno mismo.

Mañana, temprano, antes del ruido, la silla va a estar ahí.

¿Desde dónde sentarse?

Para la mañana
Para el día
Para la noche