Las muchas puertas de una parte

Te sentaste a hacer el trabajo como te dijeron que se hacía. Cerraste los ojos, respiraste y fuiste a buscar la parte. Esperabas encontrar algo: una figura, un niño en un rincón, una voz con cara, alguien ahí adentro con quien sentarte a conversar. Eso te habían descrito. Eso decían los libros, los videos, la persona que te enseñó.

Y no apareció nada de eso.

Apareció otra cosa: una presión adelante, en el pecho. Un nudo en la garganta que no era imagen ni personaje, que no tenía forma de nadie. Algo que estaba ahí, sin duda, pero que no se dejaba mirar como una escena. Y entonces llegó lo peor: la sospecha de que lo estabas haciendo mal. Que no tenías el talento. Que otros sí lograban ver a sus partes como si fueran gente, mientras tú apenas conseguías sentir un peso raro que se disolvía en cuanto le prestabas atención.

Quédate aquí un momento, porque justo en ese punto se juega algo importante.

Lo que estabas por concluir —que no sirves para esto— es falso. Lo que en realidad pasó es que algo de esa parte ya estaba apareciendo. Solo que no eligió la puerta que esperabas.

No hay una sola manera de que una parte aparezca

Hay quien percibe sus partes como personajes. Las ve. Distingue rasgos, edad, expresión, la ropa que llevan. Para esas personas, el trabajo interno se parece a entrar en una habitación y encontrarse con alguien. Se sientan, se miran, hablan.

Y hay quien nunca ve nada de eso. Para estas personas, la parte no aparece como una imagen: aparece como una sensación en el cuerpo. Una tensión, un calor, un hueco, un temblor, una presión que tiene ubicación exacta —esto en el estómago, aquello entre las cejas, lo otro pegado al esternón— pero que no toma forma de figura. La parte no se ve: se siente. Y se siente cerca, a veces tan cerca que cuesta separarla de uno mismo.

Ninguna de las dos formas es la correcta. Son dos puertas distintas a la misma habitación.

Cuando una parte se muestra como personaje, muchas veces resulta más fácil sentir cierta distancia: hay alguien que observa y algo observado, y entre los dos queda un espacio para mirar. Cuando se muestra como sensación corporal, esa distancia puede ser menor. La parte aparece más pegada a la experiencia del cuerpo, más mezclada con la respiración, con la tensión, con el gesto interno.

Por eso puede dar la impresión de que no la estás “encontrando”: porque no aparece enfrente. Aparece adentro.

Pero eso no es una falla. Es una manera de percibir.

Hay incluso una tercera puerta

A algunas personas les pasa algo todavía más particular. No solo sienten la parte en el cuerpo: por momentos la habitan. Empiezan a pensar sus pensamientos, a sentir lo que ella siente, a hablar desde ella. No la miran desde afuera ni la escuchan como a un interlocutor separado: le prestan la voz.

Por un rato son esa parte, y a la vez algo en ellas sabe —con una lucidez que no se apaga del todo— que eso que están sintiendo y diciendo pertenece a una parte, no al todo.

Si esa es tu forma, quizá la aprendiste sin darte cuenta. Quien alguna vez representó a otro, quien se dejó ocupar por una figura que no era la suya para comprenderla desde adentro, ya conoce algo de este movimiento. No es un truco raro. Es una manera legítima y profunda de conocer lo que vive en uno.

Pero aquí hace falta una precisión importante: habitar una parte no es perderse en ella. No se trata de dejarse arrastrar ni de actuar desde la parte. Se trata de permitir que algo de su experiencia pueda expresarse, mientras una presencia interna sigue registrando lo que ocurre.

Se entra, se escucha desde adentro, se registra lo que se sintió, y se vuelve.

Lo que hace que esto sea trabajo interno —y no un simple quedar tomado— es que en algún lugar sigue encendida una presencia que observa. Esa presencia es la clave. Y es la misma que hace válida cualquiera de las puertas.

Lo que importa no es la forma, sino quién está presente cuando la parte aparece

Aquí conviene traer una observación importante del trabajo con partes. Algunas personas viven la separación de una parte como algo casi físico: sienten que la parte se ubica frente a ellas, a un costado, más cerca o más lejos. Otras personas la viven de un modo mucho más corporal, más somático: como presión, tensión, calor, vacío, nudo o peso.

Y —esto es lo esencial— en cualquiera de esas formas, cuando hay suficiente presencia interna para empezar a conocer y ser testigo de la parte, la persona nota que algo cambia en su manera de relacionarse con ella. Puede aparecer curiosidad, calma, compasión, interés, paciencia. A veces no aparece mucho. A veces apenas un hilo. Pero ese hilo ya importa.

Léelo de nuevo, porque ahí está todo.

La forma en que percibes la parte —verla, sentirla o hablar desde ella— no es lo que decide si el trabajo está pasando. Lo que lo decide es si hay suficiente presencia tuya como para conocer eso que apareció sin fundirte completamente con ello ni salir corriendo.

Ese es el termómetro.

No la nitidez de la figura.
No la distancia perfecta.
No la capacidad de visualizar.
No que la parte tenga rostro, edad o nombre.

Lo que importa es la cualidad con que te acercas.

Y esa cualidad tiene señales concretas. Si mientras percibes eso que apareció asoma aunque sea un poco de curiosidad —¿qué será?, ¿qué cuida?, ¿desde cuándo está?, ¿qué necesita que yo entienda?—, ya estás en el trabajo. Si en vez de querer que se vaya puedes quedarte un momento con eso, ya hay presencia. Si puedes notar que una parte está ahí sin convertirte por completo en ella, ya empezó a abrirse un espacio.

No hizo falta ver a nadie.

La parte se dejó sentir, y algo en ti pudo acercarse sin rechazarla.

Vuelve a la escena del principio

Aquel peso en el pecho que no tomaba forma de nadie no era tu fracaso. Era una parte, o algo de una parte, presentándose en su idioma. Lo que faltaba no era talento para verla. Faltaba permiso para dejar que apareciera como quería aparecer.

Vuelve a intentarlo, pero esta vez sin decidir de antemano qué forma tiene que tener. No fuerces la imagen. Pero tampoco fuerces la sensación ni la voz. Ve a donde ya hay algo: un peso que se hace notar, una figura que empieza a asomar, una frase que aparece sola, el impulso de hablar desde otro lugar.

Y quédate ahí con curiosidad, sin apurar.

Deja que la parte elija su puerta. Tu única tarea es estar presente cuando cruce.

Puede que se muestre como sensación. Puede que te preste su voz. Puede, alguna vez, que tome forma de alguien. Cualquiera de esas formas puede ser parte del trabajo. Ninguna es más verdadera que las otras.

La parte no necesita que la percibas de una manera particular.

Necesita que estés ahí cuando aparezca.

Sea como sea que se presente.

Cuando una parte no quiere dar un paso atrás

En IFS solemos hablar de la importancia de tomar un poco de distancia interna respecto de una parte activada. A veces se lo formula como pedirle a la parte que “dé un paso atrás”, para que la persona pueda relacionarse con ella desde más curiosidad, calma o claridad.

Pero esta invitación no siempre es recibida como esperamos.

Como señala Joanne Twombly en su trabajo sobre IFS, trauma y disociación, esta formulación no se recomienda para personas que han vivido abandono, trauma o negligencia. Para algunas partes, “dar un paso atrás” puede sonar extraño, ofensivo o directamente amenazante. La parte puede no entender qué se le está pidiendo. Puede sentir que se la quiere apartar, controlar, silenciar o sacar del medio.

Y hay algo más profundo: una parte que se formó donde nadie sostenía nada no tiene ningún motivo para creer que alguien va a sostener si ella afloja. Dar un paso atrás, para esa parte, no es colaborar: es dejar el puesto vacío otra vez.

Por eso, no siempre alcanza con aplicar el protocolo de manera directa. Una cosa es que, desde el lenguaje técnico del modelo, sepamos que necesitamos un poco de desmezcla. Otra muy distinta es cómo esa invitación llega a la experiencia viva de la persona y de sus partes.

Una parte no siempre sabe que es “una parte”. A veces simplemente se vive como miedo, enojo, vergüenza, urgencia, control, angustia o defensa. Antes de pedirle que se aparte, quizá necesitamos ayudar a la persona a notar que algo está presente y que no vamos a intentar cambiarlo de inmediato.

En vez de comenzar con “pídele que dé un paso atrás”, puede ser más cuidadoso empezar con algo mucho más simple:

“Nota dónde se siente eso en el cuerpo.”

“No intentes cambiarlo. Solo date cuenta de que está.”

“Mira si hay algo en ti que no quiere moverse de ahí.”

“Observa si aparece un poquito de curiosidad, aunque sea mínima.”

Este tipo de lenguaje no exige nada. No empuja. No le pide a la experiencia interna que se organice rápidamente según el mapa de IFS. Primero crea un clima de respeto, de observación y de no invasión.

Luego, si la persona puede reconocer algo de separación, podemos avanzar un poco más:

“Parece que hay una parte tuya activada ahí, ¿verdad? ¿Cómo te cae?”

Esta pregunta es importante, porque no damos por sentado que la persona ya está en Self. Tal vez hacia esa parte haya rechazo, miedo, impaciencia, vergüenza, cansancio o ganas de que desaparezca. Y eso también es información. En IFS, lo que sentimos hacia una parte suele mostrar la presencia de otras partes.

Si aparece aunque sea un poco de curiosidad, podemos apoyarnos en eso:

“Fíjate si hay un poquito de curiosidad hacia ella, aunque sea mínima. Con eso alcanza.”

Y recién entonces, si parece adecuado, podemos formular la invitación de una manera más segura:

“Pregúntale si puede relajarse un poco y darte algo de espacio, no para que se vaya, sino para que puedas conocerla y escucharla mejor.”

La diferencia es sutil, pero muy importante. No se trata de sacar a la parte del medio. No se trata de vencerla ni de hacerla desaparecer. Se trata de transmitirle que no necesita ocupar todo el espacio para ser escuchada.

También puede ayudar decir:

“Déjale saber que no vas a hacerle nada. Que no quieres forzarla, corregirla ni apartarla. Solo quieres mirarla mejor y conocerla.”

A veces esto ya cambia algo. No porque la parte obedezca, sino porque empieza a recibir una señal distinta: no hay presión, no hay expulsión, no hay castigo. Hay interés.

Si aparece algo hacia ella —curiosidad, ternura, respeto, agradecimiento, o todavía nada claro— conviene nombrarlo con honestidad:

“Veo que estás, y todavía no sé bien qué siento hacia ti.”

Eso también sirve. No hace falta fabricar compasión. No hace falta apurarse a sentir cariño. En muchos casos, la honestidad cuidadosa es más segura que una frase terapéuticamente correcta pero emocionalmente falsa.

Y si aparecen otras partes, el proceso no debería pasar por encima de ellas. Tal vez surge una parte que desconfía, una que se impacienta, una que quiere hacerlo bien, una que se avergüenza, una que no quiere mirar nada. En ese caso, también podemos detenernos.

Podemos notarlas, reconocer que están ahí, preguntar qué intentan evitar o proteger, y agradecer —si se siente verdadero— la intención protectora que traen. Antes de cambiar de foco, es importante comprobar que la parte inicialmente contactada no se sienta abandonada otra vez. Algo tan simple como:

“Vamos a mirar un momento a esta otra parte que apareció, pero no te estamos dejando. Ya vimos que estás aquí.”

En este sentido, la desmezcla no es una maniobra técnica para que una parte se retire. Es una construcción gradual de confianza.

A veces una parte puede dar espacio. A veces no. A veces necesita primero comprobar que no será apartada, ridiculizada, interpretada o forzada a colaborar. Por eso, en un IFS informado por trauma, no solo importa qué intervención hacemos. Importa cómo puede ser recibida por la parte que está escuchando.

Y a veces el paso más terapéutico no es avanzar, sino quedarnos lo suficiente como para que algo interno note:

“Esta vez no me están echando.”


Referencia principal: Joanne H. Twombly, Trauma and Dissociation Informed Internal Family Systems: How to Successfully Treat C-PTSD and Dissociative Disorders, capítulo 2.

Escribir para sanar: una práctica inspirada en IFS, Frank Anderson y Lissa Rankin

Hay experiencias que no siempre pueden ser comprendidas de una sola vez. A veces se las recuerda como una escena entera; otras veces aparecen en fragmentos: una frase, una imagen, una sensación corporal, una emoción que vuelve, una reacción que no parece proporcional al presente.

La escritura puede ofrecer un modo cuidadoso de acercarse a ese material. No porque escribir cure por sí solo, ni porque alcance con poner algo en palabras para que deje de doler. Pero sí porque la página crea una distancia útil. Permite estar con lo vivido sin quedar completamente dentro de lo vivido.

Frank Anderson, psiquiatra, especialista en trauma y referente del modelo Internal Family Systems, publicó en Psychology Today una propuesta llamada Write to Heal, creada junto con la médica y escritora Lissa Rankin. Allí presenta un protocolo de seis pasos que combina escritura autobiográfica, trabajo con partes internas e IFS. La propuesta también forma parte del taller Write to Heal: Internal Family Systems & Memoir Writing, ofrecido por Rankin y Anderson como un programa de seis sesiones sobre escritura de memorias e IFS.

Este artículo no es una traducción literal de ese texto. Es una presentación en español, adaptada y comentada, para que quienes leen Ser Libre puedan conocer la idea central y realizar una práctica sencilla, prudente y cuidada.

La idea central: no escribir desde la herida sin cuidado

Una escena dolorosa rara vez está compuesta por una sola voz interna. Puede haber una parte que recuerda, otra que se avergüenza, otra que se enoja, otra que quiere olvidar, otra que quiere contar todo, otra que teme que escribir empeore las cosas.

Desde IFS, esto tiene mucho sentido. No se trata simplemente de “mi historia”, como si hubiera una sola voz interna hablando. Puede haber muchas partes relacionadas con un mismo momento.

La escritura puede volverse más segura cuando no se fuerza una única narración. En lugar de escribir directamente “lo que pasó”, se puede empezar preguntando:

¿Qué partes de mí están vinculadas con esta escena?

Tal vez una parte quiera hablar. Tal vez otra no quiera que se toque el tema. Tal vez una tercera quiera contar todo de golpe. Tal vez otra tema que, si se abre esa puerta, después sea difícil volver al presente.

En IFS, estas respuestas no se tratan como obstáculos. Se las escucha como formas de protección, cuidado o supervivencia.

Antes de empezar: tres cuidados importantes

Esta práctica no reemplaza un proceso terapéutico. Puede servir como ejercicio personal de autoexploración, como complemento entre sesiones o como recurso para escribir con más conciencia, pero no debería usarse para forzar recuerdos traumáticos ni para trabajar en soledad con material que resulte abrumador.

Conviene elegir una escena de intensidad moderada. No empezar por “lo peor que me pasó”. Mejor comenzar por una situación que todavía tenga carga emocional, pero que pueda ser observada sin quedar desbordado.

También conviene preparar una salida. Antes de escribir, tener claro qué ayudará a volver al presente: tomar agua, mirar alrededor, tocar una superficie, salir a caminar, hablar con alguien, cerrar el cuaderno, recordar la fecha actual.

Y hay una regla fundamental: si alguna parte interna no quiere escribir sobre determinado tema, no se la pasa por arriba. En la propuesta de Anderson y Rankin, el permiso de las partes es un elemento clave de seguridad.

Práctica guiada: escribir con las partes

Se puede hacer en un cuaderno o en computadora. Lo importante no es escribir “bien”, sino escribir con suficiente calma y honestidad.

Reservar entre 30 y 45 minutos. Si aparece mucha activación, reducir el tiempo. También se puede hacer un paso por día.

Paso 1. Elegir una escena y ubicar las partes

Elegir una situación concreta. No una etapa entera de la vida, sino un momento relativamente delimitado.

Por ejemplo:

Una conversación difícil.
Una escena de infancia.
Una despedida.
Una discusión.
Un momento de vergüenza.
Una experiencia en la que algo quedó sin decir.

Luego escribir:

¿Qué partes de mí aparecen cuando recuerdo esta escena?

No hace falta responder de forma perfecta. Se puede anotar simplemente:

Una parte que se asusta.
Una parte que se enoja.
Una parte que se siente culpable.
Una parte que quiere cerrar el cuaderno.
Una parte que quiere contar la verdad.
Una parte que dice que esto no sirve para nada.

La intención no es analizar todavía. Solo mapear quiénes están presentes.

Paso 2. Preguntar si hay permiso para escribir

Antes de entrar en la escena, hacer una pausa.

Escribir:

¿Hay alguna parte que no quiera que escriba sobre esto?

Después esperar. Puede aparecer una sensación, una frase, una tensión corporal, una imagen o simplemente una intuición.

Si aparece una parte que no quiere, no discutirle. Se puede escribir:

Entiendo que no quieras entrar ahí.
No voy a forzar nada.
¿Hay algo que necesites para sentir más seguridad?
¿Preferirías que hoy escribamos solo alrededor del tema, sin entrar del todo?

A veces la práctica de ese día termina ahí. Y eso no es fracaso. Es contacto.

En IFS, muchas veces el primer paso no es abrir la herida, sino construir confianza con quienes la protegen.

Paso 3. Dejar que cada parte escriba desde su punto de vista

Si hay suficiente permiso interno, elegir una parte y permitirle escribir.

No se trata de escribir sobre la parte, sino de dejar que la parte hable.

Se puede comenzar así:

La parte que se enoja dice…
La parte que tuvo miedo recuerda…
La parte que todavía se avergüenza siente…
La parte que quiere olvidarlo todo dice…

Conviene escribir en primera persona, pero dejando claro que habla una parte:

Soy la parte que se cansó.
Soy la parte que no quiere volver a sentir eso.
Soy la parte que todavía espera una explicación.

Después de unos minutos, detenerse y elegir otra parte.

Cada parte puede tener una versión distinta de la escena. Una puede recordar el miedo. Otra, la injusticia. Otra, la soledad. Otra, la necesidad de protegerse.

No hay que obligarlas a ponerse de acuerdo.

Paso 4. Escribir una respuesta compasiva a cada parte

Después de escuchar a una parte, responderle desde una voz más amplia, más presente, más adulta.

No hace falta que sea una voz perfecta de Self. Alcanza con que haya un poco más de calma, curiosidad y respeto.

Se puede escribir:

Gracias por contarme esto.
Ahora entiendo un poco más por qué reaccionas así.
Tiene sentido que hayas intentado protegerme.
No voy a exigirte que cambies hoy.
Me importa saber cómo fue para ti.

Anderson y Rankin proponen escribir una carta amorosa o compasiva a cada parte, validando su perspectiva y creando una relación más cuidadosa entre la persona actual y las partes que atravesaron la experiencia.

Este paso es muy importante. Sin esta respuesta, la práctica puede quedar como una descarga. Con esta respuesta, empieza a convertirse en relación.

Paso 5. Reconocer la parte que carga el dolor principal

Después de escuchar a varias partes, puede aparecer una más vulnerable. No siempre aparece. No hay que buscarla a la fuerza.

Puede sentirse más joven, más silenciosa, más frágil. A veces no habla mucho. A veces solo muestra una sensación: nudo en la garganta, presión en el pecho, frío, vergüenza, tristeza.

Si aparece, se puede escribir:

Hay una parte de mí que todavía lleva el dolor de ese momento.
No necesito que cuente todo ahora.
Solo quiero saber qué siente, qué creyó sobre sí misma, qué necesitaba y no recibió.

Preguntas posibles:

¿Qué fue lo más doloroso de ese momento?
¿Qué necesitabas que alguien entendiera?
¿Qué hubieras necesitado recibir?
¿Qué conclusión sacaste sobre ti, sobre los demás o sobre el mundo?
¿Qué sigues esperando todavía?

Este paso requiere mucha delicadeza. Si la parte se abruma, se vuelve atrás. Se puede regresar a los protectores, cerrar el cuaderno o escribir solo una frase de cuidado.

Paso 6. Ofrecer una experiencia correctiva en la escritura

La experiencia correctiva no significa inventar que aquello no ocurrió. Tampoco significa perdonar, justificar ni negar el daño.

Significa permitir que la parte herida reciba, en el presente, algo de lo que necesitó entonces y no tuvo.

Se puede escribir:

Hoy estoy aquí contigo.
Ahora sí alguien te escucha.
No estabas exagerando.
No fue tu culpa.
No tienes que seguir sola con esto.
No voy a obligarte a sanar rápido.

La propuesta de Anderson y Rankin incluye validar la experiencia de la parte herida y permitir que escriba qué deseaba, qué esperaba, qué necesitaba entonces y no recibió.

Este paso no busca cerrar el proceso de manera artificial. Busca abrir una relación nueva con aquello que quedó solo.

Paso 7. Escribir una versión integradora de la escena

Cuando varias partes hayan sido escuchadas, se puede escribir nuevamente la escena, pero ahora desde una voz más amplia.

No desde una sola parte. No desde la acusación de una parte ni desde la defensa de otra. Desde una mirada que incluya la complejidad.

Se puede comenzar así:

Cuando miro hoy esa escena, veo que no había una sola experiencia ocurriendo dentro de mí. Había una parte asustada, una parte enojada, una parte avergonzada y una parte que intentó seguir adelante como pudo.

Luego continuar integrando:

La parte que se enojó intentaba proteger algo.
La parte que se calló no era débil; estaba tratando de sobrevivir.
La parte que todavía siente dolor no necesita ser empujada. Necesita compañía.

En el protocolo original, el último paso consiste en escribir la memoria en nombre de todas las partes, sintetizando las distintas perspectivas en una historia más cohesiva, creativa y auténtica.

Esta nueva versión no tiene que ser literaria. Puede ser sencilla. Lo importante es que ninguna parte quede expulsada de la narración.

Una versión breve para practicar en 20 minutos

Si se quiere hacer una versión más simple, se puede usar esta secuencia:

Primero, elegir una escena concreta.

Después, escribir:

¿Qué partes aparecen cuando recuerdo esto?

Luego:

¿Alguna parte no quiere que escriba sobre este tema?

Si hay permiso suficiente:

¿Qué quiere decir cada parte?

Después:

¿Qué puedo responderle a cada una desde una voz más compasiva?

Finalmente:

¿Cómo contaría esta escena si incluyera a todas las partes, sin dejar sola a ninguna?

Señales de que conviene detenerse

Conviene cerrar la práctica si aparece desorientación, angustia intensa, sensación de irrealidad, impulso de hacerse daño, bloqueo corporal fuerte, dificultad para volver al presente o necesidad compulsiva de seguir escribiendo aunque haga mal.

En esos casos, no se sigue profundizando. Se vuelve al entorno, al cuerpo, al presente. Y si el material es muy intenso, conviene trabajarlo con acompañamiento profesional.

La escritura puede ayudar, pero también puede abrir demasiado si se la usa sin cuidado.

Para cerrar

Escribir para sanar no consiste en extraer una confesión interna ni en obligarse a contar una historia dolorosa de principio a fin.

Desde una mirada IFS, escribir puede ser una forma de escuchar. Una manera de permitir que distintas partes de la experiencia tengan voz, sin que ninguna tenga que ocupar todo el espacio.

A veces, una parte necesita escribir lo que nunca pudo decir. Otra necesita asegurarse de que no se la va a exponer. Otra necesita comprobar que hoy hay alguien más presente para acompañar.

La página puede convertirse en un lugar de encuentro. No porque resuelva todo, sino porque permite que algo deje de estar completamente solo.


Referencias

Frank Anderson, “Write to Heal”, Psychology Today, 1 de abril de 2024. En este artículo Anderson presenta el protocolo de seis pasos creado junto con Lissa Rankin, integrando escritura de memorias e IFS como complemento terapéutico.

Lissa Rankin, “Write to Heal: Internal Family Systems & Memoir Writing”. Página del programa online con Lissa Rankin y Frank Anderson, descrito como un taller de seis sesiones sobre escritura de memorias, sanación e IFS.

Lissa Rankin, “A Daily Therapeutic Writing Practice That Could Help You Heal”. Rankin describe prácticas de escritura inspiradas en IFS y menciona el curso Write to Heal con Frank Anderson.

Texto base compartido en español del artículo “Escribir para sanar”, usado aquí solo como referencia de trabajo, no como reproducción literal.