Cuando dejamos de buscar y algo aparece

A veces intentamos comprender lo que nos pasa pensando más.

Buscamos explicaciones, repasamos lo ocurrido, tratamos de encontrar una causa. Y muchas veces entender también tranquiliza.

Pero no siempre aparece una respuesta.

Entonces puede servir detenerse un momento.

Notar qué está vivo ahora.

Tal vez una emoción, una presión en el pecho, una incomodidad en el estómago, una imagen o una inquietud difícil de explicar.

No hace falta entenderla enseguida.

Solo permanecer un poco con ella.

¿Dónde se siente?

¿Cómo es?

¿Qué ocurre si, por unos instantes, no se intenta cambiar nada?

Quedarse ahí un momento.

Sin buscar una respuesta.

Sin tratar de imaginar nada.

Simplemente prestar atención.

A veces, después de un rato, algo empieza a aparecer por sí solo.

Una imagen.

Una frase.

Un recuerdo.

Una persona.

Un lugar.

Una sensación diferente.

Y a veces no aparece nada.

También está bien.

Puede ayudar cerrar los ojos, aflojar un poco el cuerpo y dejar que la atención se vuelva más tranquila.

Sin dormirse.

Sin desconectarse del lugar en el que se está.

Solo disminuyendo un poco el esfuerzo por controlar lo que debería suceder.

Y si algo aparece, quizá no sea necesario preguntarse enseguida qué significa.

Se puede permanecer un momento más ahí.

¿Qué se nota?

¿Qué se siente al estar con eso?

¿Hay algo más que quiera mostrarse?

Tal vez sí.

Tal vez no.

A veces basta con hacer suficiente silencio para permitir que algo nos encuentre.

¿Qué sientes por esa parte? Una pregunta para saber desde dónde nos relacionamos

En Internal Family Systems (IFS) llamamos partes a esas distintas formas de sentir, pensar y actuar que pueden aparecer dentro de nosotros: una parte crítica, una parte temerosa, una parte que intenta controlar, una parte que necesita agradar, una parte que se siente sola.

Cuando comenzamos a conocer una de ellas, no alcanza con saber cómo es o qué siente. También importa descubrir qué nos pasa a nosotros frente a ella.

¿Sentimos curiosidad? ¿Nos irrita? ¿Nos da miedo? ¿Queremos que cambie o desaparezca? ¿Nos despierta ternura o compasión?

Para explorar justamente esa relación, en IFS aparece una pregunta una y otra vez:

How do you feel toward that part?

Es una pregunta breve, aparentemente sencilla, pero cumple una función muy importante dentro del proceso: nos ayuda a reconocer cómo nos estamos relacionando con una parte y si podemos acercarnos a ella desde nuestros mejores recursos.

¿Cómo traducirla al castellano?

Una traducción bastante habitual de How do you feel toward that part? es:

«¿Cómo te sientes hacia esa parte?»

La frase se entiende y no es incorrecta, pero en castellano no resulta especialmente natural.

Solemos utilizar «¿Cómo te sientes?» para preguntar por el estado de una persona:

«¿Cómo te sientes hoy?»

«¿Cómo te sientes después de hablar de esto?»

Cuando queremos preguntar por un sentimiento dirigido hacia alguien, en cambio, resulta mucho más habitual decir:

«¿Qué sientes por esa persona?»

Por eso, frente a una parte, una formulación que puede resultar más espontánea es:

«¿Qué sientes por esa parte?»

También podemos utilizar otras variantes:

«¿Qué sientes hacia esa parte?»

«¿Cómo te sientes con esa parte?»

«¿Qué sientes respecto a esa parte?»

«¿Cómo te sientes con respecto a esa parte?»

Y, en una conversación más espontánea:

«¿Qué te pasa con esa parte?»

«¿Qué te genera esa parte?»

«¿Cómo reaccionas ante esa parte?»

O incluso:

«¿Cómo te cae esa parte?»

No todas estas preguntas son exactamente equivalentes, pero pueden ayudarnos a acercarnos a algo fundamental: la relación que estamos teniendo con esa parte.

La pregunta explora una relación

Imaginemos que hemos encontrado una parte muy crítica.

Podemos describirla, reconocer dónde la sentimos en el cuerpo o escuchar lo que tiene para decir. Pero antes de acercarnos más conviene saber qué sucede dentro de nosotros cuando la observamos.

Tal vez aparezca curiosidad.

Tal vez sintamos apertura, calma, interés genuino, respeto o compasión.

En ese caso, probablemente contemos con buenas condiciones para seguir conociéndola y escuchar lo que necesita mostrarnos.

Pero también puede aparecer algo muy diferente:

«Quiero que desaparezca.»

«Estoy cansado de ella.»

«Me da vergüenza.»

«No la soporto.»

«Me parece ridícula.»

«Me da miedo.»

Estas respuestas también son muy valiosas.

Pueden indicarnos que otra parte está reaccionando ante la parte que intentamos conocer.

Una parte puede estar enojada con otra. Puede temer lo que sucedería si esa otra parte se expresara. Puede estar agotada de convivir con ella desde hace años. Puede querer controlarla, corregirla, protegerla o hacerla desaparecer.

En ese caso, probablemente convenga atender primero esa reacción, escuchar sus preocupaciones y explorar si puede darnos algo de espacio antes de continuar.

La respuesta a esta pequeña pregunta nos orienta, entonces, acerca de cómo seguir el proceso.

Una especie de «contador Geiger»

Se ha comparado esta pregunta con una especie de «contador Geiger» de IFS.

La metáfora es sugerente porque ayuda a entender su función: detectar algo que no siempre resulta evidente al principio.

Podemos creer que estamos observando una parte con interés y descubrir, al preguntarnos qué sentimos por ella, que en realidad hay irritación, miedo, impaciencia o una fuerte necesidad de ayudarla.

La pregunta funciona así como un indicador de la relación que estamos estableciendo.

Nos ayuda a reconocer si podemos acercarnos a esa parte desde nuestros mejores recursos o si antes necesitamos escuchar algo más que está ocurriendo dentro de nosotros.

Esto importa porque una parte probablemente responda de manera diferente si la abordamos con rechazo, urgencia o juicio que si encuentra curiosidad, respeto, apertura y una disposición genuina a conocerla.

Antes de preguntarnos qué hacer con una parte, conviene saber cómo estamos con ella.

Las respuestas pueden ser ambiguas

No todas las respuestas son fáciles de interpretar.

«Me resulta tierna», por ejemplo, puede expresar una actitud cálida y abierta. Pero también puede ser útil permanecer un momento con esa respuesta y explorar qué hay detrás de esa ternura.

«Me da pena» resulta todavía más ambigua.

Puede haber compasión genuina, pero también lástima, preocupación, necesidad de rescatar o cierta distancia frente a la vulnerabilidad de esa parte.

Por eso conviene tratar la respuesta como información para seguir explorando, en lugar de clasificarla rápidamente.

Podemos preguntar:

«¿Cómo es esa pena?»

«¿Qué te gustaría hacer cuando la ves así?»

«¿Hay algo en ti que quisiera ayudarla, protegerla o cambiarla?»

La propia exploración irá mostrando con mayor claridad desde dónde se está produciendo esa relación.

«¿Qué notas cuando miras a esa parte?»

Otra formulación posible es:

«¿Qué notas cuando miras a esa parte?»

Es una pregunta útil, pero puede llevarnos a un lugar algo diferente.

La persona podría responder:

«Es muy pequeña.»

«Está escondida.»

«La veo oscura.»

«Parece asustada.»

«Está sola.»

En ese caso está describiendo lo que percibe de la parte, pero todavía no sabemos necesariamente qué siente por ella.

La diferencia está, en buena medida, en el verbo.

Notar abre el campo de la percepción: imágenes, sensaciones, pensamientos, características de la parte, movimientos internos.

Sentir por dirige de manera más específica la atención hacia nuestra relación con ella.

Por eso, después de preguntar «¿Qué notas cuando miras a esa parte?», puede ser útil añadir:

«Y al verla así, ¿qué sientes por ella?»

Una pregunta ayuda a percibir a la parte.

La otra ayuda a explorar nuestra relación con ella.

«¿Cómo te cae esa parte?»

Esta es una formulación muy cotidiana, pero puede funcionar extraordinariamente bien en una conversación real.

En castellano sabemos perfectamente qué significa preguntar cómo nos cae alguien.

Nos cae bien.

Nos cae mal.

Nos inspira confianza.

Nos irrita.

Nos enternece.

Nos resulta insoportable.

Por eso, en determinados momentos:

«¿Cómo te cae esa parte?»

puede revelar rápidamente la relación interna que estamos intentando conocer.

La expresión muestra algo importante: la precisión clínica no exige siempre un lenguaje técnico.

A veces una formulación cotidiana permite acceder de manera más directa a la experiencia.

Por eso quizá no sea necesario encontrar una traducción única y definitiva de How do you feel toward that part?

Lo importante es conservar la intención de la pregunta:

¿Cómo estamos, en este momento, en relación con esa parte?

También puede ayudarnos en nuestras relaciones

Esta misma exploración puede resultar útil cuando pensamos en otra persona.

Podemos preguntarnos:

«¿Qué siento por esta persona ahora mismo?»

O:

«¿Qué me pasa con ella?»

«¿Cómo me cae?»

La respuesta no necesariamente nos dirá cómo es esa persona. Pero puede mostrarnos desde qué lugar interno la estamos mirando y desde dónde vamos a relacionarnos con ella.

Tal vez descubramos enojo, temor, desconfianza, necesidad de agradar, urgencia por convencerla, deseo de defendernos o ganas de alejarnos.

Reconocer esas reacciones puede llevarnos a una pregunta muy útil:

¿Estoy en condiciones de encontrarme con esta persona desde mis mejores recursos o hay algo en mí que necesita primero ser escuchado?

Esto puede resultar especialmente valioso antes de una conversación difícil.

Se trata de reconocer lo que sentimos para que nuestras reacciones no conduzcan toda la interacción sin que nos demos cuenta.

Tal vez allí resida la verdadera importancia de esta pequeña pregunta.

Nos ayuda a descubrir desde dónde vamos a encontrarnos con una parte.

Y, algunas veces, también desde dónde vamos a encontrarnos con los demás.

Cuando una parte dice sí y otra dice no

Una práctica IFS para escuchar un dilema interno

Hay momentos en los que sabemos bastante bien cuáles son nuestras opciones y, sin embargo, seguimos sin poder decidir.

Una parte quiere avanzar.

Otra quiere detenerse.

Y cuanto más habla una, más argumentos encuentra la otra.

En el artículo La parte que quiere decidir no es neutral observábamos además otra posibilidad: mientras esos dos lados discuten puede aparecer una parte cuya preocupación principal sea terminar cuanto antes con la incertidumbre.

Esta práctica propone algo diferente a intentar decidir mejor.

Durante unos minutos, no vamos a resolver el dilema.

Vamos a escuchar.

La práctica está basada en la Meditación del dilema que Richard Schwartz presenta en No hay partes malas. Schwartz propone escuchar por separado los dos lados de una polarización y, si ambos están dispuestos, facilitar después un encuentro entre ellos.

Aquí añadiremos un paso previo: comprobar si también está presente una parte que necesita urgentemente obtener una respuesta.


Antes de empezar

Elige un dilema real, pero no necesariamente el más difícil de tu vida.

Algo suficientemente importante como para que puedas reconocer posiciones diferentes dentro de ti, pero que puedas explorar sin sentirte completamente sobrepasado.

Esta práctica no tiene como objetivo decirte qué hacer.

Tampoco sustituye la información, las conversaciones, los límites o las acciones concretas que una situación pueda requerir.

Su propósito es más sencillo:

escuchar mejor quiénes están participando en la decisión.

Busca un momento en el que puedas estar unos minutos sin interrupciones.

Puedes cerrar los ojos o mantenerlos abiertos con una mirada suave.

Acomódate de la manera que te resulte más natural.

[Pausa breve]

Trae ahora a la mente el dilema.

No intentes resolverlo.

Solo déjalo estar presente.

Quizá puedas completar internamente:

Una parte de mí quiere…

[Pausa]

Y:

Otra parte de mí quiere…

[Pausa más larga]

Observa cómo reconoces cada posición.

Puede aparecer como pensamientos.

Como palabras.

Como imágenes.

Como impulsos.

Como sensaciones en distintas zonas del cuerpo.

No necesitas producir nada especial.


Primero: ¿hay una parte que necesita decidir ya?

Antes de entrar en los dos lados, observa si aparece alguna otra reacción.

Quizá algo diga:

Muy bien, hagamos esta práctica y terminemos de decidir.

Necesito saber qué hacer.

Estoy cansado de esto.

No puedo seguir así.

[Pausa]

Si encuentras una parte así, no hace falta apartarla.

Detente un momento con ella.

Puedes preguntarle:

¿Qué es lo más difícil para ti de que todavía no tengamos una respuesta?

[Pausa]

Después:

¿Qué temes que pueda ocurrir si seguimos un poco más sin decidir?

[Pausa más larga]

Escucha lo que aparezca.

Tal vez tema que pierdas tiempo.

Que algo empeore.

Que te equivoques.

Que otra persona termine tomando la decisión.

Que pierdas una oportunidad.

O quizá simplemente esté agotada de sostener esta tensión.

No necesitas convencerla de nada.

Hazle saber que comprendes que está intentando ayudar.

Después puedes decirle:

No voy a ignorar esta decisión. Solo quiero escuchar durante unos minutos a las otras partes implicadas.

Pregúntale si estaría dispuesta a darte ese espacio.

[Pausa]

Si no quiere hacerlo, no la fuerces.

Puedes permanecer con ella y conocer mejor qué la preocupa.


Escuchar al primer lado

Elige ahora uno de los dos lados del dilema.

No porque creas que tiene razón.

Solo para comenzar por alguna parte.

Haz saber al otro lado que también tendrá su turno y que no vas a tomar ninguna decisión mientras escuchas a la primera parte.

Pregúntale si estaría dispuesto a darte unos minutos para hacerlo.

[Pausa]

Dirige ahora tu atención hacia la parte que has elegido.

Antes de preguntarle por el dilema, observa:

¿Qué sientes hacia ella?

[Pausa]

¿Curiosidad?

¿Impaciencia?

¿Miedo?

¿Enojo?

¿Desconfianza?

¿Quieres que cambie de opinión?

¿Te parece exagerada?

¿Quieres demostrarle algo?

Si aparece una reacción fuerte hacia esta parte, considera que también puede proceder de otra parte.

Puedes reconocerla y preguntarle:

¿Podrías darme un poco de espacio para escucharla? También voy a tenerte en cuenta.

[Pausa]

Cuando sientas algo más de apertura, vuelve hacia la parte elegida.

Pregúntale:

¿Qué quieres que comprenda acerca de tu posición?

[Pausa más larga]

No busques una respuesta determinada.

Puede aparecer como palabras, sensaciones, imágenes, recuerdos o simplemente como una comprensión.

Después pregunta:

¿Por qué esto es tan importante para ti?

[Pausa]

Y finalmente:

¿Qué temes que pueda ocurrir si la otra parte consigue lo que quiere?

[Pausa más larga]

Escucha.

No discutas.

No expliques por qué quizá está equivocada.

No intentes tranquilizarla demasiado rápido.

Solo intenta comprender qué está viendo y qué intenta proteger.

Cuando sientas que ha podido expresarse suficientemente, puedes hacerle saber:

Entiendo mejor por qué sostienes esta posición.

No necesitas prometerle que harás lo que quiere.

Solo reconocer que la has escuchado.


Ahora escucha al otro lado

Agradece a la primera parte lo que haya podido mostrarte.

Pregúntale si puede darte unos minutos mientras escuchas a la otra.

Recuérdale que escuchar no significa elegir.

[Pausa]

Invita ahora al segundo lado a acercarse.

Antes de preguntarle nada, observa nuevamente:

¿Qué sientes hacia esta parte?

[Pausa]

Quizá aparezca enseguida la primera:

Ya sé lo que va a decir.

No le hagas caso.

Siempre hace lo mismo.

Si ocurre, reconoce su presencia.

Recuérdale que acaba de ser escuchada y que podrás volver con ella.

Pregúntale si puede darte algo de espacio.

[Pausa]

Cuando puedas acercarte con algo más de curiosidad, pregunta:

¿Qué quieres que comprenda acerca de tu posición?

[Pausa más larga]

Después:

¿Por qué esto es tan importante para ti?

[Pausa]

Y:

¿Qué temes que pueda ocurrir si la otra parte consigue lo que quiere?

[Pausa más larga]

Escucha de la misma manera.

Sin comparar todavía.

Sin decidir quién tiene mejores argumentos.

Sin buscar un ganador.

Intenta comprender qué está viendo y qué intenta proteger.

Hazle saber que su preocupación también importa.


¿Están dispuestas a encontrarse?

Pregunta ahora a esta segunda parte si estaría dispuesta a encontrarse con la primera.

No para discutir.

No para decidir.

Solo para escucharse con tu presencia.

[Pausa]

Si responde que no, respeta su límite.

No es necesario continuar.

Haber escuchado a ambas por separado ya puede ser suficiente para hoy.

Si acepta, invita nuevamente a la primera parte y pregunta también si está dispuesta.

[Pausa]

Si ambas aceptan, deja que estén presentes.

Recuérdales que pertenecen al mismo sistema.

No necesitan convencerse mutuamente.

No necesitan renunciar a sus preocupaciones.

Tu tarea es ayudar a que puedan escucharse con algo más de respeto.

Puedes compartir con cada una lo que has comprendido de la otra.

Tal vez preguntar:

¿Hay algo que ahora entiendas mejor de ella?

[Pausa más larga]

No busques reconciliación.

No hace falta encontrar un punto medio.

No hace falta resolver el dilema.

Quizá el único cambio sea que una deje de ver a la otra exclusivamente como el obstáculo.

Eso ya puede modificar la relación.


De partes que deciden a partes que aconsejan

Cuando el encuentro haya llegado suficientemente lejos, hazles saber algo:

no tienen que desaparecer para que una decisión pueda tomarse.

Ambas pueden seguir teniendo una opinión.

Pueden advertir.

Recordar algo importante.

Mostrar un riesgo.

Señalar una necesidad.

Puedes preguntarles:

¿Estarían dispuestas a ofrecer su consejo sin tener que cargar ustedes solas con la responsabilidad de decidir?

[Pausa más larga]

Observa cómo reaccionan.

Tal vez una todavía no confíe.

Quizá tema que, si deja de controlar la decisión, aquello que intenta proteger no será tenido en cuenta.

Escucha esa preocupación.

No hay nada que forzar.

La propuesta no consiste en quitarles voz.

Consiste en que puedan tener voz sin tener que llevar ellas solas el peso de la decisión.


Volver a la parte que quería terminar cuanto antes

Antes de cerrar, vuelve a buscar a la parte que al comienzo necesitaba una respuesta urgente.

¿Cómo está ahora?

[Pausa]

Quizá siga preguntando:

Sí, muy bien. ¿Pero qué hacemos?

También está bien.

Puedes preguntarle:

¿Ha cambiado algo después de escuchar a las otras partes?

[Pausa]

Y, si la decisión realmente puede esperar:

¿Podrías permitir que todavía no la resolvamos?

[Pausa]

Tal vez responda que sí.

Tal vez diga que no.

También eso merece ser escuchado.


Cerrar la práctica

Observa un momento el conjunto.

Las partes que quieren cosas diferentes.

La que necesita terminar con la incertidumbre.

Y cualquier otra que haya aparecido.

No necesitas haber llegado a ninguna conclusión.

[Pausa]

Agradece a las partes lo que hayan permitido conocer.

Hazles saber que puedes volver.

Después lleva lentamente la atención hacia el cuerpo.

Nota la superficie que te sostiene.

Los pies.

Las manos.

Los sonidos alrededor.

El lugar en el que estás.

Y cuando estés listo, abre los ojos o vuelve plenamente al entorno.


No saber todavía también puede ser un resultado

Quizá después de esta práctica la decisión se vea más clara.

Quizá no.

El objetivo no era conseguir una respuesta.

Era poder distinguir mejor:

quién quiere qué;

qué teme cada parte;

qué intenta proteger;

y quién necesitaba desesperadamente terminar con la incertidumbre.

A veces esa diferencia crea suficiente espacio para que una decisión empiece a madurar.

Otras veces muestra que todavía falta información, tiempo, conversación o ayuda.

Y puede ocurrir también que las partes continúen en desacuerdo.

No es un fracaso.

Escuchar una polarización no significa hacerla desaparecer.

Significa empezar a relacionarnos de otra manera con las partes que han asumido la responsabilidad de decidir.


Esta práctica está basada en la «Meditación del dilema» de Richard C. Schwartz, incluida en No hay partes malas. La práctica original propone reconocer los dos bandos de un dilema, escucharlos por separado, explorar qué teme cada uno si el otro se impone y, cuando ambos están dispuestos, facilitar un diálogo y devolver al Self la responsabilidad de la decisión. La exploración inicial de una parte que necesita resolver urgentemente el dilema es una ampliación incorporada en esta adaptación.

No es necesario completar todos los pasos. Si una parte no quiere abrir espacio o continuar, su límite puede convertirse en el foco de la práctica. Si la experiencia resulta abrumadora o cuesta mantener contacto con el presente, conviene detenerse y orientarse nuevamente al cuerpo y al entorno.