La parte que quiere decidir no es neutral
Una parte quiere hacerlo.
Otra dice que no.
Y mientras las dos discuten aparece una tercera:
«Necesitamos decidir esto ya.»
No necesariamente está de acuerdo con la primera.
Tampoco con la segunda.
Su problema es otro.
No soporta seguir en medio.
No saber.
No tener todavía una respuesta.
Entonces puede empezar una búsqueda cada vez más intensa de claridad.
Se repasan argumentos.
Se imaginan escenarios.
Se vuelve sobre conversaciones que ya conocemos.
Se consulta otra vez a alguien que ya nos había dado su opinión.
Se abre el teléfono.
Se busca una información que probablemente ya estaba disponible.
Se ensaya una decisión y, unos minutos después, se vuelve a desmontar.
Y no todo ocurre en la cabeza.
Puede haber presión en el pecho.
La mandíbula que no termina de aflojarse.
Una respiración más corta.
Una pierna que no deja de moverse.
La necesidad de levantarse, llamar a alguien, comprobar algo, hacer cualquier cosa que produzca la sensación de que finalmente estamos avanzando.
Todo parece decir lo mismo:
«Terminemos con esto.»
Ahí pueden confundirse dos experiencias diferentes:
esta situación necesita una decisión
y
hay una parte de mí que ya no soporta no tenerla.
No son lo mismo.
Podemos escuchar una parte desde otra
Cuando existe un dilema solemos intentar escuchar nuestros distintos argumentos.
Pero escuchar una parte no significa necesariamente que estemos fuera del conflicto.
La parte que quiere avanzar puede preguntarle a la que quiere detenerse:
¿Otra vez vas a frenarnos?
¿Cuánto tiempo más vamos a perder?
¿No ves que esta oportunidad se va a ir?
Después tratamos de escuchar a la que quiere avanzar, pero ahora desde el otro lado:
¿Por qué siempre tienes que precipitarte?
¿No aprendiste nada?
¿Qué necesidad hay de correr este riesgo?
Hay diálogo.
Hay razonamiento.
Puede incluso haber mucha introspección.
Pero una escucha para demostrar que la otra exagera.
La otra escucha para reunir pruebas de que tenía razón.
Y mientras ambas discuten puede aparecer una voz que parece encontrarse por encima del conflicto:
«Perfecto. Ya entendí. ¿Pero qué hacemos?»
La voz razonable también puede ser una parte
Esta tercera posición resulta especialmente interesante porque puede pasar inadvertida.
Las otras dos parecen claramente involucradas.
Una dice que sí.
Otra dice que no.
Pero la que exige una resolución puede parecer simplemente la voz adulta y sensata.
Alguna decisión habrá que tomar.
No podemos estar eternamente así.
Y probablemente sea cierto.
Pero una cosa es reconocer que una decisión debe tomarse y otra es no poder soportar la experiencia de no tener todavía la respuesta.
La parte que quiere decidir puede estar intentando protegernos de algo.
Del miedo a equivocarnos.
De sentirnos paralizados.
De perder tiempo.
De dejar pasar una oportunidad.
De que otra persona termine decidiendo por nosotros.
De no poder controlar lo que viene.
O simplemente del agotamiento de convivir durante demasiado tiempo con una tensión abierta.
Su urgencia puede tener mucho sentido.
Pero eso no la convierte en neutral.
La parte que quiere decidir también puede ser una parte del conflicto.
Y mientras no la veamos, puede dirigir silenciosamente toda la conversación.
«Te escucho, pero dime rápido qué necesitas»
Aquí puede ocurrir algo todavía más sutil.
Aprendemos a escuchar nuestras partes.
Preguntamos:
¿Qué necesitas?
¿Qué temes?
¿Qué estás intentando proteger?
Pero por debajo puede seguir operando la urgencia:
Muy bien. Explícame qué necesitas para que podamos resolver esto de una vez.
Incluso el trabajo interno puede transformarse en otra estrategia para obtener rápidamente una respuesta.
Queremos escuchar mejor.
Queremos tomar distancia.
Pero queremos conseguirlo para terminar cuanto antes con la incertidumbre.
La misma parte que necesita resolver puede apropiarse del procedimiento destinado a escucharla.
Por eso, en ciertos dilemas, antes de atender el sí y el no puede resultar revelador reconocer a quien está diciendo:
«No puedo seguir así.»
Y en lugar de apartarla, preguntarle:
¿Qué es tan difícil para ti de que todavía no tengamos una respuesta?
No para convencerla de que espere.
Para conocerla.
Pensar más no siempre produce más claridad
Hay decisiones que requieren más información.
Otras necesitan tiempo.
Algunas enfrentan valores realmente difíciles de conciliar.
Pero también hay momentos en los que pensar más ya no produce información nueva.
Empieza a girar.
Se vuelve sobre las mismas posibilidades.
Se construye un argumento y después su contrario.
Se busca una certeza que elimine por completo el riesgo de equivocarse.
Una parte espera que la próxima vuelta mental sea la definitiva.
Que aparezca el dato que faltaba.
La señal.
La sensación inequívoca de que una opción es correcta.
Y cuando eso no aparece, vuelve a empezar.
Puede parecer una búsqueda de claridad.
Pero buscar claridad y buscar alivio de la incertidumbre no siempre son la misma cosa.
Tal vez la claridad disponible en ese momento todavía no sea saber qué hacer.
Quizá sea reconocer:
una parte quiere avanzar;
otra quiere detenerse;
y otra está desesperada porque ninguna de las dos gana.
Eso no resuelve la decisión.
Pero cambia el mapa desde el que estamos intentando tomarla.
A veces aquello de lo que nos protegemos es no saber
Es fácil reconocer que una parte puede intentar protegernos del rechazo.
Del fracaso.
Del abandono.
De la vergüenza.
Del dolor.
Pero también puede intentar protegernos de la incertidumbre.
Mientras una decisión permanece abierta, algo sigue sin poder controlarse.
No sabemos qué ocurrirá.
No podemos asegurarnos de que elegiremos bien.
No podemos cerrar todavía una posibilidad.
No podemos descansar en la sensación de que el asunto terminó.
Para algunas partes, eso puede resultar profundamente difícil.
Algo que no termina de asentarse.
Puede aparecer entonces una necesidad de cerrar.
De terminar.
De elegir algo.
Incluso una decisión imperfecta puede parecer preferible a continuar viviendo dentro de esa apertura.
Reconocerlo no significa postergar indefinidamente.
Significa algo mucho más sencillo:
la necesidad de cerrar una decisión también puede necesitar ser escuchada antes de ser obedecida.
Quizá la urgencia esté alimentando el conflicto que quiere terminar
Hay una paradoja.
La parte que exige una respuesta intenta terminar con el conflicto.
Pero cuanto más presiona, más pueden extremarse los otros lados.
La que quiere avanzar siente que necesita empujar más antes de que la otra la detenga.
La que quiere detenerse siente que debe resistir más antes de que la primera tome el control.
Cada una intenta hacerse oír antes de que sea demasiado tarde.
La urgencia que quería poner fin a la discusión puede terminar alimentándola.
Quizá por eso, algunas veces, el primer movimiento no sea encontrar una respuesta.
Sea crear suficiente espacio para que cada parte pueda mostrar algo más que su conclusión.
No solamente:
«sí».
O:
«no».
Sino:
«esto es lo que temo».
«esto es lo que estoy intentando cuidar».
«esto es lo que necesito que tengas en cuenta».
Las partes pueden continuar discrepando.
Pero ya no estamos escuchando solamente posiciones.
Estamos empezando a comprender qué hay debajo de ellas.
Antes de «¿qué tengo que hacer?»
Puede que después haya que decidir.
Hoy.
Mañana.
Después de conseguir más información.
Después de conversar con alguien.
Después de pedir ayuda.
Después de establecer un límite.
El trabajo interno no elimina nada de eso.
Pero frente a ciertos dilemas puede haber una pregunta anterior.
Antes de:
«¿Qué tengo que hacer?»
podemos preguntarnos:
«¿Quién dentro de mí está intentando responder?»
A veces la claridad empieza justamente ahí.