Representación de distintas partes internas alrededor de una presencia central en una ilustración inspirada en Internal Family Systems

Schwartz no descubrió las partes

Qué aportó IFS a una historia que había comenzado mucho antes

Hay una experiencia que no necesita ningún modelo para resultar reconocible. Una parte quiere hacer algo y otra lo posterga. Una quiere acercarse y otra se aleja. Una toma una decisión y algo adentro parece tener otros planes.

Hoy, para quien conoce Internal Family Systems (IFS), resulta natural hablar de partes. Pero la idea de que la vida psíquica es múltiple no comenzó con Richard Schwartz.

Mucho antes de que existiera IFS, otros habían mirado hacia adentro.

Y habían encontrado algo sorprendentemente parecido.

Todos encontraron lo mismo

A finales del siglo XIX, Pierre Janet observó fenómenos de fragmentación y disociación en personas profundamente traumatizadas. Freud describió una vida psíquica atravesada por fuerzas diferentes y en conflicto. Jung encontró los complejos, organizaciones internas con suficiente autonomía como para comportarse, en determinados momentos, casi como pequeñas personalidades. Y no se limitó a describirlos: también exploró la posibilidad de relacionarse con esas figuras interiores.

Roberto Assagioli habló directamente de subpersonalidades y de la posibilidad de observarlas sin identificarse completamente con ninguna de ellas. Fritz Perls llevó los conflictos internos a escena: posiciones diferentes podían ocupar sillas distintas, hablar, enfrentarse y revelar lo que ocurría entre ellas. Eric Berne organizó buena parte del análisis transaccional alrededor de distintos estados del yo.

James Hillman dio otro giro: cuestionó que la multiplicidad tuviera que ser considerada una falla. Hal y Sidra Stone desarrollaron Voice Dialogue, un método dedicado explícitamente a escuchar y dialogar con diferentes voces o selves interiores. John Rowan recorrió después buena parte de este territorio, mostrando hasta qué punto distintas escuelas habían encontrado fenómenos semejantes y les habían dado nombres diferentes.

También las terapias cognitivas terminaron describiendo configuraciones internas diferenciadas mediante conceptos como esquemas y, más adelante, modos.

Pero la observación no pertenecía únicamente a la psicoterapia moderna.

En la Cuarta Vía ocupa un lugar central. La persona no es presentada como un yo único y estable, sino como una multiplicidad de pequeños yoes que aparecen, desean, prometen, rechazan y se alternan. Cada uno habla como si fuera la totalidad mientras ocupa el primer plano. Una parte esencial del trabajo comienza precisamente al advertir esa multiplicidad y dejar de tomar cada «yo» momentáneo como si fuera el dueño de la casa.

Las teorías son distintas. También lo son las explicaciones sobre qué significa esa multiplicidad y qué hacer con ella.

Pero el hallazgo se repite.

Adentro no parece haber una sola voz.

Cuando tanta gente distinta tropieza con la misma piedra, la piedra está.

Lo que cambia es qué hacen con lo que encuentran

Reconocer multiplicidad no significa entenderla de la misma manera.

Para Janet, la fragmentación estaba asociada al daño y el trabajo debía favorecer la integración. Hillman defendió casi el movimiento contrario: la pluralidad pertenecía a la naturaleza misma de la psique. Perls daba espacio al conflicto y permitía que posiciones enfrentadas se encontraran. Assagioli trabajaba con subpersonalidades y con la desidentificación respecto de ellas. La Cuarta Vía convertía el reconocimiento de los muchos yoes en punto de partida del trabajo sobre sí.

Mucho antes de IFS ya existían partes, voces, estados del yo, subpersonalidades y formas de dialogar con ellas.

Por eso la pregunta interesante no es quién descubrió primero la multiplicidad.

Es otra:

¿qué hizo Schwartz con ella?

Schwartz tampoco descubrió las partes

Richard Schwartz venía de la terapia familiar. Su formación lo había acostumbrado a mirar relaciones: alianzas, enfrentamientos, equilibrios, funciones y posiciones que pierden sentido cuando cada integrante es observado aisladamente.

Una conducta familiar puede parecer incomprensible hasta que aparece el sistema en el que cumple una función. Alguien persigue porque otro se retira. Alguien controla porque teme lo que ocurriría si dejara de hacerlo. Un síntoma puede estar sosteniendo un equilibrio que involucra a más de una persona.

Cuando sus clientes empezaron a hablar de partes, Schwartz hizo con ellas lo que sabía hacer con las familias.

En lugar de escuchar solamente qué decía cada una, empezó a observar qué ocurría entre ellas.

Schwartz no descubrió las partes. Su aporte fue mostrar qué cambia cuando se las mira como una familia.

De personajes a posiciones

Una parte que critica, controla, evita o sabotea resulta fácil de entender como un problema cuando se la mira sola.

Dentro de un sistema aparece otra posibilidad.

La parte crítica puede estar intentando evitar una humillación. La que controla puede temer que algo se desmorone. La que mantiene distancia puede estar protegiendo una vulnerabilidad. La que busca apagar inmediatamente una emoción puede estar respondiendo a un dolor que otra parte lleva demasiado tiempo sosteniendo.

La parte deja de ser solamente un personaje con determinadas características. Empieza a ocupar una posición respecto de otras.

De ahí surge una de las afirmaciones más conocidas de IFS: no hay partes malas.

No porque todas sus conductas sean inocuas, sino porque incluso una conducta extrema adquiere otro significado cuando aparece la función que cumple dentro del sistema.

Una parte no solamente hace algo. Hace algo en relación con algo más.

Ya no da lo mismo por dónde entrar

La mirada sistémica tuvo una consecuencia práctica.

Si una parte lleva años evitando que cierto dolor aparezca, acercarse directamente a ese dolor significa ignorar a quien ha dedicado años a mantenerlo lejos.

El sistema puede cerrarse, distraerse, intelectualizar, enojarse o sencillamente impedir que el trabajo continúe.

En IFS existe entonces un paso deliberado antes de acercarse a lo que un protector cuida: pedirle permiso.

No hay una secuencia rígida universal, pero sí una lógica relacional. La parte protectora necesita ser escuchada, comprender qué se intenta hacer y descubrir que no se la pretende eliminar para que aquello que teme vuelva a ocurrir.

La sistémica no agregó solamente una manera diferente de entender las partes.

Cambió también la manera de acercarse a ellas.

La escena de Diane

Una escena que Schwartz relata al contar el origen de IFS permite ver ese cambio mientras está ocurriendo.

Diane tenía una fuerte guerra interna. Una voz pesimista le decía que no valía la pena intentar determinadas cosas. Otra la empujaba a avanzar y conseguir resultados.

Schwartz comenzó a hablar con la pesimista y le preguntó por qué hacía aquello. La respuesta fue que intentaba impedir que Diane asumiera riesgos y volviera a salir lastimada.

La pesimista estaba protegiendo.

Entonces Diane empezó a enojarse con ella. La criticaba, la atacaba y quería que desapareciera.

Hasta que Schwartz advirtió algo: ya no estaba hablando con Diane acerca de la pesimista. Otra parte de Diane había tomado el primer plano. Era la parte que empujaba, la que estaba enfrentada con ella.

Y hablaba con tanta naturalidad desde la voz de Diane que el propio Schwartz tardó un rato en advertirlo.

Le pidió que se hiciera a un lado.

Cuando lo hizo, algo cambió. Diane ya no atacaba a la pesimista. Podía reconocer que había intentado protegerla, agradecerle el esfuerzo y lamentar que hubiera tenido que trabajar tanto.

Ninguna de las dos había ganado.

La relación había cambiado.

Cuando las partes se apartan

La escena llevó a Schwartz a otra observación.

Cuando las partes podían apartarse del primer plano, no quedaba simplemente un vacío. Podía surgir una manera diferente de relacionarse con ellas: más calma, curiosidad, claridad y compasión.

Las personas no describían aquello como otra parte.

Schwartz lo llamó Self.

La idea de un centro desde el cual observar sin identificarse ya estaba en Assagioli. Lo propio de IFS es el lugar que ese centro pasa a ocupar: no otra parte que gana, sino desde dónde se escucha a todas.

Eso modifica nuevamente el sistema. La resolución ya no depende de encontrar cuál de las partes tiene razón, fortalecer a la más saludable o conseguir que una derrote a la otra.

Las partes pueden conservar sus diferencias sin quedar condenadas a dirigir la vida desde sus posiciones extremas.

Una pregunta diferente

La historia de la multiplicidad psíquica es mucho más antigua que IFS.

Janet, Jung, Assagioli, Perls, Berne, Hillman, los Stone, la Cuarta Vía y otros llegaron desde lugares distintos y encontraron una y otra vez que aquello que se llama «yo» está lejos de ser una voz simple y homogénea.

Schwartz llegó después.

No necesitó inventar las partes.

Venía de mirar familias y empezó a mirar relaciones.

Quién protege a quién. Quién está enfrentado con quién. Qué función cumple una conducta aparentemente absurda. Qué teme una parte que ocurra si deja su puesto. Qué sucede cuando las partes pueden hacerse a un lado y aparece otra manera de escucharlas.

Desde ahí, frente a una parte que sabotea, controla, evita o se niega a cambiar, la pregunta deja de ser solamente qué tiene de malo o cómo conseguir que desaparezca.

Queda abierta otra:

¿qué lugar ocupa entre las demás, y qué teme que ocurra si deja de hacer su trabajo?

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