No te lo está diciendo a ti

A veces aparece una frase adentro.

«Otra vez hiciste lo mismo.»

Y algo reacciona de inmediato.

El pecho se aprieta.
La garganta se cierra.
Aparece vergüenza, enojo o necesidad de defenderse.

La frase sonó adentro, así que parece evidente quién la recibió.

Uno mismo.

Pero no siempre es así.

A veces una parte no está hablando con «uno».

Está hablando con otra parte.

Una conversación que parecía un ataque

Puede haber una parte que quiere asegurarse de que todo salga bien y otra que posterga hasta último momento.

Una quiere acercarse a alguien y otra encuentra razones para mantenerse lejos.

Una insiste en seguir adelante y otra ya no quiere hacer ningún esfuerzo.

Cuando aparece una frase como:

«No se puede confiar en ti.»

es fácil recibirla como una afirmación sobre la propia persona.

Pero al mirar un poco más aparece otra escena.

Hay una parte que desconfía.

Y hay otra parte de la que desconfía.

Una recuerda perfectamente las consecuencias de ciertas decisiones. Lleva años intentando impedir que la otra vuelva a hacer algo que considera peligroso.

Entonces la escena cambia.

Ya no hay solamente una voz crítica.

Hay una historia.

Una parte está diciendo algo.

Otra parte es su destinataria.

Y entre ambas existe una relación que probablemente comenzó mucho antes de esa frase.

«¿A quién se lo estás diciendo?»

Hay momentos en que esta pregunta modifica por completo lo que está ocurriendo.

Una voz interna dice:

«No te hagas ilusiones.»

Puede parecer una frase dirigida a toda la persona.

Pero puede estar hablándole a una parte que todavía quiere intentarlo.

Otra dice:

«No vuelvas a confiar.»

Puede estar intentando detener a una parte que quiere acercarse nuevamente a alguien.

Cuando esas voces se escuchan solamente como pensamientos propios, todo queda amontonado.

Parece que una misma persona quiere y no quiere, confía y desconfía, avanza y retrocede.

Cuando empiezan a distinguirse los interlocutores, aparece otra cosa.

Una conversación.

A veces, una discusión.

Y algunas discusiones internas llevan mucho tiempo repitiéndose.

Pero puede haber alguien más escuchando

Dos partes pueden estar enfrentándose entre ellas y, sin embargo, no estar solas.

El mensaje tenía un destinatario. Pero había otros oyentes.

Eso ocurre también fuera de nosotros.

Dos adultos discuten en una habitación.

Hablan de dinero, de una decisión, de algo ocurrido hace años.

El conflicto pertenece a ellos.

Pero en otro lugar de la casa hay un niño escuchando.

No conoce toda la historia.

No entiende necesariamente por qué están discutiendo.

Escucha otra cosa.

El tono.

Una voz que sube.

Un silencio demasiado largo.

Una puerta que se cierra.

La posibilidad de que alguien se vaya.

Nadie le está hablando.

Y, sin embargo, algo dentro de ese niño se encoge.

Se queda quieto.

Contiene la respiración.

Empieza a preguntarse si hizo algo mal.

Tal vez sienta que tiene que portarse mejor para que la pelea termine.

La discusión no era con él.

Pero él también estaba dentro de la escena.

Algo parecido puede ocurrir por dentro

Una parte dice:

«Siempre terminamos pagando por tus errores.»

Está furiosa con otra parte.

Pero una parte mucho más joven también escucha.

Y el cuerpo cambia antes de que haya tiempo de comprender por qué.

Algo cae en el estómago.

Los hombros se hunden.

Aparece una sensación conocida de ser pequeño, estar en falta o querer desaparecer.

La pelea continúa.

Pero alguien más ya la escuchó.

Una parte intenta controlar a otra y, sin proponérselo, toca una vergüenza muy antigua.

Otra intenta impedir una nueva decepción y utiliza palabras que una parte joven conoce demasiado bien.

Otra grita internamente:

«No necesito a nadie.»

Está tratando de mantener lejos a una parte que todavía desea acercarse.

Pero en algún rincón de ese mundo interno alguien escucha otra frase:

«No hay nadie.»

No era eso lo que se estaba diciendo.

Pero fue eso lo que alguien oyó.

No todas las partes escuchan la misma conversación

Dos partes pueden discutir acerca de algo muy actual.

Una decisión laboral.

Una relación.

Una llamada pendiente.

Un error.

Sin embargo, otra parte puede estar escuchando una conversación mucho más antigua.

Una frase pronunciada hoy puede tener el tono de otra frase escuchada hace décadas.

Una exigencia interna puede sentirse como aquella mirada que alguna vez decía que había que hacerlo mejor.

Una amenaza de abandono puede aparecer en una discusión que, en apariencia, no tiene nada que ver con abandonar a nadie.

Por eso algunas peleas internas adquieren de pronto una intensidad que no se explica por lo que está pasando.

Esa opresión en el pecho quizá no pertenezca solamente a las partes que están discutiendo.

Esas ganas repentinas de llorar pueden no responder únicamente al problema que se estaba intentando resolver.

El deseo de desaparecer puede venir de alguien que ni siquiera participa de la discusión.

Puede haber alguien más en la habitación.

Escuchar de otra manera

Una frase interna puede parecer dirigida a toda la persona:

«No puedes con esto.»

Pero detrás de ella pueden esconderse varias preguntas.

¿Quién está hablando?

¿A quién le está hablando?

¿Y quién más está escuchando?

No siempre aparecerá una respuesta clara.

A veces habrá solamente una sensación.

Una imagen.

Una edad.

La impresión de que alguien se hizo pequeño.

Hay una voz.

Hay un destinatario.

Hay testigos.

Y mientras algunas partes discuten entre ellas, otras todavía siguen escuchando desde la habitación de al lado.

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