Sanar no es volver atrás: trauma, crecimiento y expansión

Cuando se piensa en sanar una experiencia traumática, es fácil imaginar un movimiento de regreso: algo ocurrió, produjo una herida y el trabajo terapéutico debería ayudar a recuperar el estado anterior.

Pero sanar no es volver.

Sanar es expandirse.

Una experiencia difícil puede modificar profundamente la manera en que una persona se relaciona consigo misma, con los demás y con el mundo. Frente a algo que sobrepasa los recursos disponibles, el sistema hace lo necesario para continuar: evita, controla, se desconecta, anticipa, endurece ciertas respuestas o restringe otras.

Desde una mirada como la de Internal Family Systems (IFS), muchas de esas respuestas pueden comprenderse como intentos protectores. No son simplemente síntomas que aparecieron porque algo se rompió. Son formas de organización que tuvieron sentido frente a determinadas circunstancias.

El problema aparece cuando aquello que fue necesario en un momento continúa gobernando la vida mucho después.

El acontecimiento no produce automáticamente crecimiento

La psicología lleva décadas estudiando un fenómeno conocido como crecimiento postraumático. Richard Tedeschi y Lawrence Calhoun utilizaron este término para describir cambios positivos que algunas personas reconocen después de atravesar crisis importantes: nuevas prioridades, relaciones más profundas, mayor apreciación de la vida, nuevas posibilidades y transformaciones existenciales significativas.

Pero hay una distinción fundamental.

No es el acontecimiento traumático el que produce el crecimiento.

Una experiencia difícil también puede dejar miedo, aislamiento, sufrimiento persistente o una vida organizada alrededor de lo sucedido.

Lo decisivo es qué ocurre después con esa experiencia.

Cuando algo sacude creencias básicas acerca de quién se es, qué puede esperarse de los demás o cómo funciona el mundo, comienza un proceso de reorganización. Al principio suelen aparecer pensamientos repetitivos e intrusivos: la experiencia vuelve una y otra vez sin que la persona lo decida.

En algunos casos, ese movimiento puede transformarse en una elaboración más deliberada. Lo ocurrido empieza a ser revisado desde nuevas perspectivas, se relaciona con la propia historia, se cuestionan antiguas certezas y comienzan a construirse otras maneras de comprender lo vivido y de orientarse en el mundo.

Tedeschi y Calhoun sitúan buena parte del crecimiento precisamente en ese proceso.

El malestar no siempre es el enemigo

Esto introduce una cuestión importante para la práctica terapéutica.

El sentido común suele identificar una buena evolución con una disminución rápida del malestar. Si la angustia baja, el tratamiento parece estar funcionando.

El crecimiento postraumático obliga a matizar esa idea.

Tedeschi y Calhoun plantean que cierto grado de malestar puede mantener activo el procesamiento de la experiencia. Mientras las antiguas creencias ya no alcanzan para explicar lo ocurrido, la persona continúa revisando, buscando y reorganizando sus referencias básicas.

Una resolución muy rápida también puede indicar que el acontecimiento fue asimilado sin llegar a cuestionar profundamente esas estructuras.

Esto no significa que aliviar el sufrimiento sea un error ni que haya que mantener a alguien deliberadamente en el dolor. El alivio puede ser indispensable para recuperar recursos y hacer posible la elaboración.

La cuestión es otra: no convertir la disminución rápida del malestar en el único criterio de éxito terapéutico.

Tampoco toda rumiación ayuda. No es lo mismo quedar atrapado en pensamientos intrusivos que elaborar conscientemente una experiencia.

El acompañamiento puede favorecer el pasaje de una repetición que invade a un proceso que permite comprender, relacionar e integrar.

No hay que confundir alivio con transformación. Pero tampoco enfrentarlos.

Crecimiento y dolor pueden coexistir

Una persona puede haber realizado transformaciones profundas y continuar sintiendo tristeza, miedo o vulnerabilidad frente a lo vivido.

El crecimiento postraumático no significa que aquello haya dejado de doler.

Tampoco exige encontrar algo bueno en lo ocurrido.

Una experiencia puede seguir siendo dolorosa y, al mismo tiempo, haber dado lugar a una reorganización profunda de la vida.

Por eso acompañar no consiste necesariamente en conseguir que algo deje de doler cuanto antes. También puede significar ayudar a que la persona permanezca en contacto con su experiencia sin quedar nuevamente arrasada por ella, reconozca lo que necesitó hacer para sobrevivir y descubra posibilidades que entonces no estaban disponibles.

El sufrimiento no tiene la exclusividad del crecimiento

Reconocer que algunas personas crecen después de atravesar situaciones dolorosas puede conducir fácilmente a otra distorsión: romantizar el trauma.

Si el sufrimiento puede transformar, aparece la tentación de convertirlo en maestro necesario.

La investigación no sostiene esa exclusividad.

En un metaanálisis de 122 estudios longitudinales, Judith Mangelsdorf y colaboradores analizaron cambios posteriores tanto a acontecimientos negativos como positivos. Encontraron crecimiento en dimensiones como autoestima, relaciones y sensación de capacidad después de ambos tipos de experiencias.

Un nacimiento, un vínculo significativo, enamorarse, descubrir una vocación, una experiencia espiritual o atravesar una situación profundamente conmovedora también pueden transformar una vida.

El dolor es un camino posible de transformación.

No es el único.

La compañía importa

Tedeschi y Calhoun utilizan una expresión especialmente sugerente para describir el lugar del terapeuta: “compañía experta”.

El terapeuta no es quien determina qué debería significar una experiencia ni quien encuentra una enseñanza escondida dentro del sufrimiento.

Acompaña.

Pero no acompaña de cualquier manera.

Aporta presencia, conocimiento, escucha y capacidad para permanecer frente a experiencias difíciles, creando un contexto en el que aquello que resulta complejo puede ser explorado sin tener que hacerlo completamente a solas.

El sentido permanece en manos de la persona.

Esta posición tiene una afinidad evidente con IFS.

En IFS no se intenta convencer a una parte de que debería dejar de sentirse como se siente. El acercamiento busca conocer qué protege, qué teme que ocurra, cuánto tiempo lleva realizando esa tarea y qué necesitaría para no tener que desempeñarla de una manera tan extrema.

Algo que había quedado aislado puede entrar en relación.

Algo que solo conocía una respuesta puede descubrir otras.

Algo congelado en un momento de la historia puede experimentar que el presente ofrece recursos que entonces no existían.

El sistema dispone ahora de posibilidades que antes no tenía.

Sanar como expansión

Desde esta perspectiva, sanar no significa recuperar a la persona que existía antes de la experiencia.

Muchas veces esa persona ya no existe.

La transformación no consiste en reconstruirla exactamente como era.

Sanar significa aumentar la capacidad de estar con lo vivido sin quedar gobernado por ello.

Más posibilidades donde antes había una sola.

Más libertad donde había automatismo.

Más capacidad de sentir sin quedar desbordado.

Más relación entre aspectos de la persona que habían tenido que permanecer separados.

El trabajo terapéutico no consiste solamente en disminuir síntomas ni en reparar algo defectuoso.

También acompaña procesos de integración que permiten vivir de una manera menos restringida por aquello que ocurrió.

El terapeuta no fabrica esa transformación.

No decide hacia dónde debe crecer la persona.

No convierte el sufrimiento en una lección.

Ayuda a crear las condiciones para que aquello que quedó detenido, aislado o restringido pueda establecer una relación diferente con el presente.

El crecimiento suele llegar sin haber sido buscado

Quien atraviesa una experiencia traumática rara vez está intentando crecer.

Está intentando sobrevivir.

Está tratando de comprender qué ocurrió y de reconstruir referencias básicas para vivir.

Tedeschi y Calhoun señalan que el crecimiento puede aparecer como consecuencia de ese esfuerzo de reorganización, no como una meta consciente.

La persona intenta encontrar nuevamente una manera de vivir.

Y algunas veces descubre algo que no estaba buscando.

Puede mirar de otra manera.

Relacionarse de otra manera.

Elegir con mayor libertad.

Habitar aquello que antes solo podía evitar, controlar o soportar.

No ha vuelto a ser quien era.

Se ha vuelto más amplia.

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