No todo tiene que cerrar

Hay una creencia silenciosa en el trabajo con partes: que si lo hacemos bien, todo se resuelve.

Que si encontramos la parte adecuada, si comprendemos su intención, si escuchamos su historia y llegamos lo suficientemente profundo, algo debería cerrar.

Pero no siempre es así.

Hay marcas que el cuerpo registró antes de tener palabras. Configuraciones que se organizaron cuando la mente todavía no podía ordenar lo que el cuerpo aprendía. Reacciones que quizá nacieron muy temprano, antes de que hubiera una explicación posible.

Algunas de esas marcas no desaparecen simplemente porque las comprendamos.

Lo escribo porque conozco esa dificultad. Conozco esa parte que no soporta dejar algo abierto. Esa parte que siente que si entiende lo suficiente, si ordena lo suficiente, si encuentra la frase justa, entonces por fin algo va a descansar.

A veces esa parte parece muy sabia.

Y en muchos momentos lo fue.

Nos dio claridad, capacidad de ordenar, fuerza para seguir, recursos para entender lo que parecía confuso. Tal vez se formó temprano, en algún sistema donde lo no resuelto era peligroso; donde había que explicar, acomodar, anticipar o controlar para poder sobrevivir emocionalmente.

Pero frente a algo que no cierra, esa parte se queda sin tarea.

Y se desespera.

Entonces la desesperación de no poder cerrar empieza a doler más que la marca misma.

No es solo la marca.

Es la exigencia de que la marca deje de estar.

Es la impaciencia con el propio proceso.

Es la sensación de fracaso porque “todavía me pasa”, “todavía me duele”, “todavía reacciono así”.

Pero tal vez el problema no sea que algo siga estando ahí.

Tal vez el problema sea que una parte nuestra interpreta esa permanencia como una falla.

Y acá hay una trampa: incluso decir “ahora tengo que acompañar sin proyecto” puede convertirse en otro proyecto.

Otra forma más refinada de intentar cerrar.

Otra manera de pedirle a la vida interna que llegue a una conclusión aceptable.

Por eso quizá el movimiento no sea resolver.

Ni tampoco aprender a no resolver.

Quizá sea apenas reconocer, por un instante, la parte que sigue intentando cerrar.

Sin pedirle tampoco que suelte.

A veces algo se afloja.

No necesariamente la marca.

La lucha

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