No soy lo que pienso, ni lo que siento, ni cómo reacciono

A lo largo de algunos textos hemos ido desmontando una confusión bastante común:

creer que lo que pensamos define quiénes somos.

No todo pensamiento dice la verdad.

Y tampoco somos “el pensador”, esa voz que comenta, juzga o anticipa lo que ocurre.

Pero si somos honestos, aparece una objeción lógica:

“De acuerdo, no soy mis pensamientos.

Pero lo que siento sí soy yo.”

O bien:

“Está bien, no soy lo que pienso ni lo que siento…

pero así soy yo, esta es mi forma de reaccionar.”

Ahí conviene ir un poco más lejos.

Tampoco soy mis emociones

Las emociones aparecen.

A veces con fuerza, a veces de forma sutil.

Traen información valiosa sobre lo que necesitamos, lo que nos duele o lo que nos importa.

Pero una emoción, por intensa que sea, no es identidad.

Puedo sentir miedo sin ser miedo.

Puedo sentir enojo sin ser enojo.

Puedo sentir tristeza sin que eso diga algo esencial sobre mí.

Cuando confundimos emoción con identidad, dejamos de sentirla y empezamos a ser arrastrados por ella.

Tampoco soy mis actitudes

Las actitudes suelen engañarnos más que los pensamientos y las emociones.

Porque parecen estables:

“yo soy así”,

“siempre reacciono igual”,

“este es mi carácter”.

Pero muchas actitudes no son esencia.

Son respuestas aprendidas: maneras de protegernos, adaptarnos o sobrevivir en determinados contextos.

Fueron útiles.

Y por eso se repiten.

Eso no las convierte en quienes somos.

Entonces… ¿quién soy?

Si no soy mis pensamientos,

ni mis emociones,

ni mis actitudes…

la pregunta aparece sola.

Y suele generar un pequeño vértigo.

Porque estamos acostumbrados a definirnos por lo que ocurre dentro nuestro,

no por el lugar desde donde todo eso es observado.

Tal vez no se trate de encontrar una nueva definición.

Tal vez no se trate de decir “soy esto” o “soy aquello”.

Tal vez baste con notar algo más simple:

que hay en nosotros una capacidad

que puede observar pensamientos sin fundirse con ellos,

sentir emociones sin perderse en ellas,

y reconocer actitudes sin quedar gobernado por ellas.

No hace falta creerlo.

No hace falta entenderlo del todo.

Basta con notarlo

Deja un comentario