A menudo, nos encontramos diciendo cosas como “Estoy enojado” o “Estoy triste”, y en ese momento, realmente lo creemos. Sentimos que todo nuestro ser está teñido por esa emoción o pensamiento. Pero, ¿es eso cierto? ¿Somos realmente esa emoción o pensamiento que nos domina en un momento dado?
Una Ilusión Común
Este fenómeno, al que podemos llamar “la confusión del Yo”, es algo que todos experimentamos. Ocurre cuando nos identificamos tan profundamente con una emoción, un pensamiento o una creencia, que sentimos que eso somos. Es como si esa parte de nosotros tomara el control, y lo que realmente somos –nuestro Ser auténtico y más profundo– se nublara bajo la influencia de esa emoción o pensamiento.
La confusión del Yo es más fácil de ver cuando se trata de emociones intensas como la ira o la tristeza, por eso solemos usar esos ejemplos. En esos momentos, podemos notar cómo una parte de nosotros toma el control, y parece que esa emoción es toda nuestra realidad. Pero este no es el único tipo de confusión que experimentamos. Hay una forma más sutil, aunque igualmente poderosa, que ocurre en nuestro día a día.
El Pensamiento Rumiante: La Trampa Cotidiana
Además de las emociones fuertes, la confusión del Yo se manifiesta también en los pensamientos rumiantes que llenan nuestra mente: nuestras preocupaciones, deseos y expectativas. Esta constante actividad mental nos mantiene en un estado casi hipnotizado. Sin darnos cuenta, nos identificamos con estos pensamientos automáticos, creyendo que son la verdad de quienes somos.
Ese diálogo interno, repetitivo y casi incesante, nos mantiene atrapados en una especie de neblina. Nos preocupamos por lo que debemos hacer, lo que los demás piensan de nosotros, lo que podría suceder mañana. Estos pensamientos parecen tan urgentes que los tomamos como parte fundamental de nuestra identidad. Así, la confusión del Yo se infiltra en nuestras rutinas diarias, volviéndose casi invisible porque nos parece normal estar siempre ocupados con nuestras propias preocupaciones.
Despejando la Confusión
La práctica de Internal Family Systems (IFS) nos enseña a observar estas partes de nosotros mismos con mayor claridad y a comprender que no nos definen. Más bien, son aspectos que llevan cargas emocionales y creencias, pero que no representan nuestra totalidad.
El primer paso para despejar esta confusión es aprender a identificar cuándo una parte está activada. ¿Qué estás sintiendo? ¿Qué pensamientos te vienen a la mente? Luego, en lugar de identificarnos completamente con esa emoción o pensamiento, podemos empezar a observarlo desde una posición más calmada y centrada. Desde esta distancia, podemos ver a la parte como un aspecto de nosotros mismos que está buscando expresarse, pero no como la verdad completa sobre quién somos.
Conectar con el Ser
Detrás de todas nuestras partes, siempre está nuestro Ser, una presencia más profunda, compasiva y equilibrada. Al darnos cuenta de esto, podemos empezar a relacionarnos con nuestras emociones y pensamientos de una manera más saludable. En lugar de ser controlados por ellos, podemos darles espacio para ser escuchados y entendidos, sin que definan nuestra identidad.
Esto no significa ignorar o reprimir lo que sentimos, sino desidentificarnos lo suficiente para poder gestionar nuestras emociones y pensamientos desde un lugar de mayor claridad y compasión hacia nosotros mismos.
La confusión del Yo es un proceso natural, pero no tiene por qué definirnos. Al aprender a observar nuestras partes y conectar con nuestro Ser, podemos ver que somos mucho más que cualquier pensamiento o emoción que pase por nosotros. Desde esta perspectiva más amplia, podemos comenzar a vivir con mayor libertad y autenticidad, sin quedar atrapados en la ilusión de que somos lo que sentimos o pensamos en un momento dado.