Abogados, mediadores y partes internas: una mirada IFS sobre el conflicto

Cuando las partes llegan a la mesa: cómo el modelo IFS puede ayudar a comprender la ambivalencia, la defensividad y la toma de decisiones en mediación y otros contextos legales

Cuando dos personas llegan a una mediación, no llegan solas.

Llegan con sus argumentos, sus intereses y su historia. Pero también pueden llegar con partes que quieren ganar, partes que temen perder, partes que necesitan ser reconocidas, partes preocupadas por el dinero, partes heridas por una injusticia y otras que simplemente quieren que todo termine de una vez.

Esta forma de mirar el conflicto está en el centro de una conversación especialmente interesante entre Tammy Sollenberger, creadora del podcast The One Inside, y David Hoffman, abogado, mediador y docente de Harvard Law School, quien desde hace años explora la aplicación del modelo Internal Family Systems (IFS) al mundo de la mediación y la práctica jurídica.

La propuesta de Hoffman resulta atractiva precisamente porque no intenta convertir a abogados o mediadores en terapeutas. Lo que plantea es algo diferente: utilizar la comprensión de la multiplicidad interna para escuchar mejor el conflicto, reconocer qué está protegiendo cada posición y favorecer decisiones menos dominadas por la reactividad.

La negociación empieza antes de sentarnos a negociar

Hoffman cuenta que llegó a IFS casi por casualidad.

Su esposa, Beth, era terapeuta y se había formado directamente con Richard Schwartz. Ella estaba entusiasmada con el modelo, pero Hoffman no lograba ver qué relación podía tener aquello de las “partes” con su trabajo como abogado.

La conexión apareció cuando fue invitado a participar en un simposio sobre “negociación interna”.

Entonces comprendió algo que cambiaría su manera de mirar los conflictos: antes de negociar con otra persona, con frecuencia ya estamos negociando dentro de nosotros mismos.

Una parte quiere aceptar el acuerdo.

Otra piensa que aceptar sería ceder.

Una quiere terminar cuanto antes.

Otra necesita demostrar que tenía razón.

Una teme las consecuencias económicas de continuar.

Otra considera intolerable retirarse sin que se reconozca la injusticia.

Lo que desde fuera puede parecer indecisión, incoherencia o irracionalidad puede adquirir otro sentido cuando reconocemos que no necesariamente hay una sola posición dentro de una persona.

Hoffman recuerda una frase del terapeuta de IFS Mike Elkin que resume provocativamente esta realidad:

“Todo el mundo es ambivalente sobre todo, todo el tiempo.”

No hace falta tomar la frase literalmente para reconocer algo cotidiano: podemos querer cosas distintas al mismo tiempo.

Una mujer, un juicio y dos necesidades legítimas

Uno de los ejemplos más claros que relata Hoffman ocurrió durante una mediación por discriminación de género.

Una mujer había sido despedida con el argumento de que su puesto desaparecería, aunque posteriormente un hombre fue contratado para realizar funciones similares bajo otro título. El caso era fuerte y la empresa terminó ofreciendo 250.000 dólares para alcanzar un acuerdo.

Pero ella no podía decidir.

Por un lado, era el principal sostén económico de su familia. Continuar el litigio podía significar años de incertidumbre, gastos jurídicos, hipoteca y preocupación.

Por otro, había algo profundamente importante para ella en llevar el caso hasta el final: defender sus derechos y, de alguna manera, también los de otras mujeres.

Hoffman no intentó convencerla de cuál de esas posiciones era la correcta.

Nombró ambas.

Le señaló que parecía haber una parte que quería continuar la lucha y otra muy preocupada por las consecuencias prácticas para su familia.

Luego introdujo una imagen sencilla: la posibilidad de que existiera dentro de ella una especie de “mediador interno” capaz de escuchar las distintas posiciones y ayudarla a encontrar una decisión que se sintiera verdaderamente propia.

Después de permanecer un momento en silencio, la mujer decidió aceptar el acuerdo.

Para Hoffman, aquel momento modificó su comprensión de su función como mediador. Su trabajo no tenía que consistir en conseguir que alguien aceptara un acuerdo, sino en crear condiciones para que pudiera tomar una decisión con mayor claridad y autonomía.

El mediador interno

La expresión es una metáfora de Hoffman, no un nuevo concepto técnico dentro de IFS.

Pero describe muy bien algo central del modelo.

En IFS hablamos del Self, una presencia que puede relacionarse con las diferentes partes sin tener que eliminar ninguna de ellas. Desde Self puede aparecer más curiosidad, perspectiva, calma, claridad o compasión.

El “mediador interno” de Hoffman traduce esa idea a un lenguaje particularmente apropiado para contextos de negociación.

No se trata de preguntarse:

“¿Cuál de mis partes tiene razón?”

sino de generar suficiente espacio interno como para preguntar:

“¿Qué intenta proteger cada una?”

Una parte puede estar defendiendo la justicia.

Otra, la seguridad económica.

Otra, la dignidad.

Otra, la necesidad de terminar con el desgaste.

Tal vez ninguna de ellas necesite desaparecer para poder tomar una decisión.

Cuando aparecen las “partes gladiadoras”

Hoffman utiliza otra expresión muy gráfica: las partes gladiadoras.

Son aquellas que entran en escena preparadas para luchar, defender, atacar, demostrar, vencer o evitar ser derrotadas.

En una mediación de divorcio, por ejemplo, describe a un hombre que estaba difamando intensamente a su exesposa entre vecinos, amigos y familiares.

Desde fuera, era fácil juzgar su comportamiento.

La perspectiva de IFS no convierte esa conducta en aceptable. Pero permite formular otra pregunta: ¿qué está intentando hacer esa parte?

Hoffman comprendía aquella reacción como un intento extremo de manejar sentimientos de rechazo, humillación y falta de valor. Sus protectores estaban respondiendo al dolor mediante el ataque.

Esta distinción es importante.

Comprender la intención protectora de una conducta no significa justificar la conducta.

Podemos establecer límites, exigir responsabilidades e incluso considerar determinadas acciones inaceptables y, al mismo tiempo, intentar comprender qué lleva a una persona a actuar de esa manera.

IFS introduce así una separación muy fértil entre la persona y la parte que está dominando la situación.

“¿Quién es el bueno y quién es el malo?”

Mike Elkin planteaba otra observación que Hoffman recupera en la conversación.

Cuando una pareja entra en conflicto, decía, muchas veces cada persona busca algo que va más allá de resolver el problema: quiere conservar su propia inocencia.

Quiere seguir sintiéndose una buena persona.

Cuando alguien escucha que es mal padre, mala madre, mala pareja, egoísta o injusto, determinadas partes pueden reaccionar inmediatamente tratando de demostrar que el verdadero responsable es el otro.

Así comienza fácilmente una escalada:

“Yo hice esto porque el otro hizo aquello.”

“Pero fue la otra persona quien empezó.”

“Si reaccioné así fue por lo que hizo antes.”

Cada intervención intenta preservar una imagen de uno mismo y desplazar la culpa hacia afuera.

Desde esta perspectiva, Hoffman puede decirle a una pareja que parece estar conversando a través de sus partes gladiadoras y preguntar si esas partes estarían dispuestas a retroceder un poco —sin desaparecer ni renunciar a su función protectora— para permitir que otras capacidades participen de la conversación.

La “razón razonable” detrás de lo que parece irracional

Una de las ideas más interesantes de la entrevista es la búsqueda de lo que Hoffman llama la “razón razonable” detrás de una conducta aparentemente irracional.

Cuenta el caso de una empresa demandada por un antiguo directivo.

La contraparte estaba dispuesta a cerrar el litigio por 100.000 dólares. Continuar hasta un juicio podía costarle a la empresa unos 200.000 dólares solamente en honorarios.

Desde una lógica estrictamente económica, llegar a un acuerdo parecía evidente.

Sin embargo, el presidente de la empresa prefirió gastar más dinero en el juicio antes que pagar una suma menor a alguien a quien consideraba injusto con la compañía.

Podríamos concluir simplemente que estaba tomando una decisión irracional.

Pero había otra variable: necesitaba vindicación.

Un acuerdo económico podía terminar el litigio, pero no necesariamente respondía a la necesidad de que alguien estableciera quién tenía razón.

Finalmente fueron a juicio y ganaron.

El ejemplo no demuestra que siempre debamos seguir nuestros impulsos de justicia ni que rechazar acuerdos sea una buena estrategia. Muestra algo diferente: si ignoramos la necesidad que sostiene una posición, podemos no entender realmente la decisión que una persona está intentando tomar.

Validar una parte puede cambiar la conversación

Otro momento sencillo de la entrevista muestra hasta qué punto nombrar una parte puede disminuir la defensividad.

En una mediación de divorcio, una mujer estaba preocupada porque Hoffman pudiera considerarla codiciosa debido a su insistencia en determinadas cuestiones económicas.

En lugar de tranquilizarla diciendo que no lo era, Hoffman normalizó la existencia de una parte preocupada por el dinero.

Todos tenemos partes que atienden nuestra seguridad económica, señaló, y probablemente nos iría bastante mal si ninguna se ocupara de ella.

También recordó que esa mujer tenía otras partes: algunas profundamente comprometidas con sus hijos y otras interesadas en mantener una relación razonable con su exmarido.

Mientras hablaba, Hoffman vio que el marido escribía rápidamente y temió que estuviera preparando una respuesta hostil.

No era así.

El hombre estaba tomando notas porque reconocía exactamente el mismo fenómeno dentro de sí.

La multiplicidad había dejado de ser una acusación.

Se había convertido en un lenguaje compartido para entenderse.

IFS en mediación no es psicoterapia

Este punto merece especial atención.

Hoffman establece con claridad una frontera profesional.

Un abogado o mediador que utiliza principios de IFS no está realizando el trabajo terapéutico completo del modelo. No se propone acceder deliberadamente a exiliados, procesar trauma o realizar procesos de liberación de cargas.

Puede reconocer protectores.

Puede validar sus preocupaciones.

Puede ayudar a disminuir la defensividad.

Puede introducir el lenguaje de las partes.

Puede revisar desde qué lugar interno está realizando una pregunta.

Pero si aparece espontáneamente una experiencia profundamente vulnerable, la tarea consiste en recibirla con cuidado sin convertir una mediación en una sesión de psicoterapia.

La distinción resulta especialmente valiosa porque muestra que un modelo puede ofrecer una manera de comprender a las personas sin que todos quienes utilizan esa perspectiva tengan que asumir el rol de terapeutas.

El mediador también tiene partes

IFS tampoco coloca al profesional fuera del sistema.

Hoffman habla de aprender a reconocer sus propios protectores cuando una contraparte, un abogado o un juez se vuelve especialmente difícil.

Porque el conflicto no activa solamente las partes de los clientes.

También puede activar las del mediador.

Puede aparecer una parte que quiere resolver rápidamente.

Otra que necesita que las personas sean razonables.

Una que teme perder el control de la reunión.

Una que se irrita con alguien.

Una que quiere demostrar que es un buen profesional consiguiendo finalmente el acuerdo.

Desde una perspectiva IFS, por lo tanto, una de las herramientas más importantes del mediador no consiste solamente en reconocer las partes de los demás, sino también en advertir desde qué lugar está interviniendo él mismo.

La curiosidad genuina es muy diferente de una pregunta formulada por una parte que ya decidió quién tiene razón.

De “¿qué tiene de malo?” a “¿qué le sucedió?”

Hacia el final del episodio, Hoffman describe un cambio más profundo en su manera de mirar a las personas difíciles.

Antes de conocer IFS, cuenta, intentaba comprender determinados comportamientos recurriendo a categorías diagnósticas.

Con el tiempo comenzó a orientarse hacia otra pregunta.

En el material que acompaña esta entrevista el contraste aparece resumido de manera muy gráfica:

“¿Qué tiene de malo esta persona?”

frente a

“¿Qué le sucedió a esta persona?”

No es necesario convertir esto en una oposición entre diagnóstico y comprensión, ni negar que los diagnósticos puedan tener utilidad clínica.

Lo interesante es el cambio de posición.

Ante una persona difícil podemos quedarnos solamente con la conducta que tenemos delante o podemos preguntarnos también qué historia, qué miedo, qué herida o qué necesidad protectora puede estar organizándola.

Quizá esa pregunta no resuelva automáticamente el conflicto.

Pero probablemente transforme la manera en que entramos en él.

Cuando las partes llegan a la mesa

La contribución más interesante de Hoffman quizá no sea una técnica determinada.

Es una manera distinta de mirar una negociación.

En una mesa de mediación puede haber dos personas y, sin embargo, muchas voces: la que quiere justicia, la que necesita seguridad y la que no está dispuesta a perder.

Tal vez mediar no consista siempre en conseguir que alguna de ellas gane sobre las demás.

Puede consistir, primero, en escuchar suficientemente bien qué intenta proteger cada una.

Y quizás entonces aparezca algo más parecido a ese “mediador interno” del que habla Hoffman: un lugar desde el cual podamos tomar decisiones sin expulsar ninguna de nuestras voces, pero sin permitir tampoco que una sola de ellas decida por todo el sistema.


Para seguir explorando

Este artículo surgió a partir de la conversación “Resolving Conflict Using IFS with David Hoffman”, episodio 215 de The One Inside, conducido por Tammy Sollenberger.

Escuchar el episodio original de The One Inside

También preparé una traducción completa al español de la conversación, organizada por tramos temáticos.

Leer la traducción al español en PDF

Portada de IFS Health Therapy, de Nancy Sowell, con Martha Sweezy y Richard Schwartz.

IFS Health Therapy: el cuerpo y el cuidado en la enfermedad física

Nancy Sowell, con Martha Sweezy y Richard Schwartz, presenta una aplicación de IFS al acompañamiento de personas con enfermedades físicas. Mediante casos clínicos, diálogos terapéuticos y un recorrido de tres fases, el libro explora los conflictos que pueden dificultar el cuidado y sostiene una distinción fundamental: sanar no equivale necesariamente a curar.

Leonie vive con enfermedad de Crohn. En su historia, atender las necesidades del cuerpo se entrelaza con una dificultad persistente: descansar, reconocer el enojo o establecer límites puede despertar el temor de estar abandonando a los demás. El cuidado propio queda atrapado entre las señales de la enfermedad y unas obligaciones familiares difíciles de cuestionar.

A lo largo de IFS Health Therapy, su caso permite observar cómo se trabaja con ese conflicto. La exploración incluye el miedo, las experiencias familiares, la relación con el cuerpo y la posibilidad de construir una vida con más espacio para sus necesidades. El relato vuelve sobre ella en distintos momentos y permite seguir las decisiones, dificultades y cambios del proceso.

Esa continuidad es uno de los aciertos del libro. Sus casos acompañan el desarrollo del método y muestran cómo una misma dificultad adquiere nuevos significados a medida que avanza la terapia.

IFS (Internal Family Systems) Health Therapy: Treating Trauma-Related Physical Illness & Toxic Stress fue publicado por PESI Publishing en 2026. La edición consultada está en inglés. Por su estructura y el desarrollo de las intervenciones, es un manual de orientación principalmente clínica, dirigido a profesionales que acompañan procesos de salud y enfermedad. También puede interesar a otros lectores, aunque su lectura exige familiarizarse con el lenguaje y los procedimientos terapéuticos de IFS.

Los conflictos que aparecen alrededor de la salud

El modelo de Sistemas de Familia Interna —IFS, por sus siglas en inglés— describe la vida mental como un sistema de partes con diferentes emociones, perspectivas y funciones. Algunas buscan prevenir el sufrimiento mediante el control o la anticipación; otras procuran alivio inmediato cuando el malestar resulta abrumador. Las partes vulnerables conservan experiencias de miedo, vergüenza, soledad o desprotección.

El libro lleva ese lenguaje a situaciones habituales en el cuidado de la salud. Una persona puede intentar seguir rigurosamente las recomendaciones médicas y sentirse agotada por esa exigencia. Puede vigilar cada señal corporal y, en otros momentos, necesitar desconectarse del cuerpo. Puede querer descansar y experimentar culpa apenas se detiene.

Desde IFS, esas respuestas se exploran atendiendo a lo que intentan proteger. La pregunta por su función permite comprender por qué una conducta persiste incluso cuando la persona reconoce sus consecuencias.

El Self, otro concepto central del modelo, designa una capacidad de relacionarse con la experiencia desde la curiosidad, la calma y la compasión. La terapia procura facilitar esa posición para que el miedo, la crítica o la urgencia puedan ser escuchados sin determinar por completo la respuesta.

La contribución del libro está en desarrollar cómo se trabaja clínicamente con esas tensiones. Los diálogos muestran el cuidado necesario para que la terapia no se convierta en una nueva instancia de exigencia para alguien que ya se siente desbordado.

Antes de intervenir, construir una relación

La evaluación y la relación terapéutica reciben una atención considerable. Se exploran la experiencia de enfermar, las circunstancias actuales, los apoyos, las dificultades con el tratamiento y las expectativas de quien consulta.

Los mapas de partes permiten organizar lo que va apareciendo, dejando lugar para las preguntas todavía abiertas. La formulación se revisa durante el proceso: una primera explicación puede ampliarse cuando se comprende mejor la función de una respuesta o las condiciones en que surgió.

El terapeuta también forma parte de esa exploración. El deseo de aliviar, la preocupación ante una enfermedad grave o la necesidad de que el tratamiento funcione pueden introducir presión. El libro invita a reconocer esas reacciones, admitir errores y reparar los desencuentros.

Este aspecto da espesor a la propuesta. La seguridad se construye en la posibilidad de detenerse, expresar desacuerdo y encontrar un ritmo tolerable. Incluso una intervención bien intencionada puede resultar inoportuna si llega antes de que la persona esté preparada.

Un recorrido de tres fases

La primera fase se dedica a conocer las respuestas protectoras. Antes de acercarse a experiencias dolorosas, se explora qué temen esas partes y qué necesitan para permitir un trabajo más profundo.

El caso de Tina resulta especialmente ilustrativo. La preocupación por su salud convive con fuertes exigencias de disciplina y con conductas que le ofrecen alivio al final del día. La terapia va incorporando el agotamiento, la soledad y la escasez de experiencias reparadoras. Ese contexto permite comprender la dificultad para cambiar sin reducirla a una cuestión de voluntad.

En Leonie, el trabajo se detiene en la obligación de cuidar y en el temor a que atender sus propias necesidades dañe los vínculos familiares. El descanso adquiere así una dimensión relacional: para hacerlo posible, también es necesario escuchar la culpa y las lealtades que lo vuelven amenazante.

La segunda fase se aproxima a las experiencias vulnerables que esas respuestas intentan mantener a distancia. El consentimiento de los protectores y el ritmo de la persona siguen orientando el proceso.

Los casos describen momentos de reconocimiento del sufrimiento y elaboración imaginativa. Dentro del marco de IFS, puede aparecer una figura infantil que recibe compañía o protección, o una representación simbólica de la liberación de una carga. Ronan, por ejemplo, permite seguir el trabajo con experiencias de humillación y desprotección que se exploran junto con su autoexigencia y su dificultad para detenerse.

El libro da espacio a lo que ocurre después de esos momentos. La tristeza y el duelo pueden necesitar tiempo; una experiencia reparadora no resuelve de inmediato todas las dificultades.

La tercera fase aborda precisamente esa integración. Los cambios se llevan a las relaciones, el trabajo, el descanso y las actividades cotidianas. También se revisa cómo responden las partes protectoras cuando comienzan a modificarse hábitos que durante mucho tiempo ofrecieron seguridad.

Tina encuentra oportunidades de disfrute y conexión social. Ronan reconsidera su relación con el trabajo y con las señales de cansancio. Leonie ensaya límites y recupera actividades propias. Los relatos permiten observar que el cuidado necesita condiciones concretas para sostenerse.

El recorrido admite retornos. Una dificultad persistente puede conducir a escuchar nuevamente a un protector o a explorar otra experiencia vulnerable. Esa flexibilidad evita presentar las fases como una secuencia que deba cumplirse de manera uniforme.

Volver a habitar el cuerpo

Uno de los desarrollos más valiosos aparece en la relación de Leonie con las sensaciones corporales. La vigilancia constante y la desconexión se presentan como respuestas a una experiencia difícil de tolerar. Ambas intentan ofrecer protección, aunque pueden complicar el reconocimiento de necesidades como el descanso, el hambre o la sed.

El trabajo busca hacer posible una atención al cuerpo que no quede absorbida por el temor. Los ejercicios invitan a advertir reacciones, reconocer sensaciones y explorar las preocupaciones que aparecen al hacerlo. La exposición contempla pausas y adaptaciones cuando la experiencia resulta demasiado intensa.

La integración también incluye recordar corporalmente momentos de calma o seguridad y encontrar formas de darles lugar en la vida cotidiana. El libro concede valor a actividades que aportan disfrute, movimiento y conexión, junto con la revisión de exigencias y obligaciones.

Estas páginas resultan especialmente útiles porque muestran el cuidado como una práctica que necesita aprendizaje, recursos y relaciones que la sostengan.

La enfermedad también puede dejar heridas

Aunque el título destaca el trauma y el estrés, el libro también examina el sufrimiento que puede producir la propia enfermedad.

En la historia de Leonie, el recorrido diagnóstico y la experiencia de no poder confiar en el cuerpo ocupan un lugar clínico. El miedo no se explica únicamente por lo vivido antes de enfermar: también se relaciona con lo que ocurrió durante su experiencia como paciente.

Esta dirección de la mirada amplía el alcance del acompañamiento. La terapia puede atender la incertidumbre, las pérdidas y las experiencias de desprotección asociadas a una condición médica sin necesitar establecer que un trauma la originó.

El libro incorpora la colaboración con otros profesionales, con consentimiento de la persona, y reconoce la importancia de comprender el diagnóstico médico. También considera la sobrecarga de cuidados, el aislamiento y las condiciones materiales. Esos elementos ayudan a situar las dificultades en la vida de quien consulta.

Sanar sin convertir la curación en una exigencia

Una de las delimitaciones más importantes aparece en el capítulo dedicado a establecer la relación terapéutica: la curación de la enfermedad no constituye el objetivo ni la medida de éxito del proceso.

Los autores describen mejorías físicas observadas y expresan expectativas sobre los posibles efectos de reducir el estrés. Al mismo tiempo, reconocen que una remisión no puede atribuirse sin más a la psicoterapia.

Sanar incluye, en este encuadre, una transformación de la relación con el sufrimiento, el cuerpo y los vínculos. Puede significar menos miedo, mayor capacidad de descanso, una relación menos hostil consigo mismo o mejores condiciones para sostener el cuidado.

Los desenlaces de los casos adquieren sentido desde esa distinción. Leonie continúa en terapia, con menos dolor, estrés y ansiedad y con más espacio para actividades propias. Su recorrido no se presenta como una demostración de curación de la enfermedad de Crohn.

Ese reconocimiento evita que la mejoría física se convierta en una obligación adicional. El valor de un proceso terapéutico también puede encontrarse en los cambios que hacen más habitable la vida mientras la enfermedad continúa.

Una propuesta que también invita a preguntar

El libro ofrece una descripción rica del trabajo clínico, aunque algunos pasajes requieren una lectura cuidadosa. Cuando relaciona un síntoma con un conflicto entre partes, resulta necesario conservar la diferencia entre una interpretación terapéutica y una explicación de la enfermedad.

Una formulación puede ayudar a comprender la experiencia de una persona sin establecer el mecanismo que produjo un síntoma. Del mismo modo, las imágenes surgidas durante una sesión requieren prudencia: no constituyen por sí solas una comprobación histórica ni médica.

Esta es una tensión relevante de la obra. La riqueza de sus narraciones permite seguir el proceso y comprender las intervenciones; la atribución de los cambios físicos permanece abierta, especialmente cuando también intervienen tratamientos médicos, actividad física, descanso y modificaciones en las condiciones de vida.

Los antecedentes y la investigación sobre IFS y salud física se desarrollan en el artículo complementario IFS y salud física: qué sabemos y qué no. Para esta lectura basta conservar una distinción: los casos del libro ilustran una propuesta clínica y sus posibilidades, pero no permiten establecer por sí solos su eficacia sobre enfermedades específicas.

El aporte de esta lectura

IFS Health Therapy ofrece su contribución más concreta en los detalles del acompañamiento: cómo responder a una parte que teme descansar, cómo advertir que una intervención está avanzando demasiado rápido o cómo sostener cambios cuando la vida cotidiana vuelve a activar respuestas conocidas.

La continuidad de los casos permite comprender que el cuidado puede estar atravesado por conflictos comprensibles y persistentes. Los diálogos muestran el trabajo necesario para que aparezcan otras posibilidades.

El libro merece atención por ese desarrollo clínico y por el lugar que concede a la relación con el cuerpo, la ambivalencia y las condiciones de vida. Su distinción entre sanar y curar permite reconocer un horizonte de trabajo que conserva valor aun cuando la evolución de la enfermedad siga siendo incierta: acompañar a la persona para que disponga de más recursos, menos hostilidad hacia sí misma y mejores condiciones para cuidar de su salud.


Libro reseñado: Nancy Sowell, con Martha Sweezy y Richard Schwartz. IFS (Internal Family Systems) Health Therapy: Treating Trauma-Related Physical Illness & Toxic Stress. PESI Publishing, 2026. Edición consultada en inglés, en Kindle. Ver el libro en Amazon.

Jonathan Van Ness y la parte que parecía arruinarlo

Hay partes de uno mismo que resulta difícil recibir con curiosidad.

No porque sean tímidas, vulnerables o fáciles de comprender, sino porque hacen cosas que traen consecuencias. Repiten una conducta que se había prometido abandonar. Buscan alivio de una manera que después genera problemas. Y cuando vuelven a aparecer, la reacción puede ser inmediata: rechazo, miedo, vergüenza.

Entonces la pelea ya no es solamente con lo que ocurrió.

También empieza una pelea interna contra la parte que lo hizo.

En una conversación con Richard Schwartz y Tami Simon para la serie All Parts Welcome, Jonathan Van Ness habla con una franqueza poco habitual sobre una parte vinculada a su antigua adicción a la metanfetamina.

Le había puesto un nombre: crystal meth boy, el “chico del cristal”, o CMB.

Durante mucho tiempo no sintió cariño por esa parte. La odiaba y sentía que le estaba arruinando la vida.

Cuando una parte se convierte en enemiga

Van Ness conoció IFS a través de su terapeuta cuando tenía poco más de veinte años. La idea de las partes le permitió empezar a poner palabras a experiencias que hasta entonces resultaban mucho más difíciles de explicar.

Pero ponerle nombre a CMB no significó aceptarlo.

Había miedo a que volviera a tomar el control, miedo a las recaídas y miedo incluso a situaciones que pudieran despertar recuerdos relacionados con el consumo. Durante años evitó determinadas calles de Los Ángeles porque temía que aparecieran recuerdos intrusivos o estados de disociación.

Schwartz describe entonces un circuito que suele aparecer alrededor de las conductas adictivas.

Hay partes que cargan dolor, terror o vergüenza y quedan especialmente vulnerables. Otras intentan mantener ese dolor lejos. Y cuando finalmente se vuelve demasiado intenso, una parte puede buscar una manera urgente de apagarlo.

Después de la conducta aparece con frecuencia otra parte que juzga, critica y ataca a quien buscó alivio. Y ese ataque no cae en el vacío: golpea precisamente sobre el lugar que ya cargaba vergüenza.

A veces la vergüenza llega incluso antes que las palabras. Calor en la cara, el estómago que cae, el pecho que se encoge, ganas de esconder lo ocurrido. Después empieza el reproche.

La conducta puede ser muy distinta y sus consecuencias también. Pero el movimiento interno puede reconocerse en escalas mucho más cotidianas: hacer algo para dejar de sentir durante un rato y, apenas termina, atacarse por haberlo hecho. Volver a la comida, al teléfono, a una compra, a una pantalla o a cualquier recurso que prometa unos minutos de distancia. Después llega el juicio. Y con él, a veces, exactamente el malestar del que se estaba intentando escapar.

Schwartz señala algo contraintuitivo: atacar al protector por lo que hizo puede aumentar el dolor que estaba intentando apagar.

La parte que se quería eliminar termina teniendo todavía más trabajo.

Van Ness cuenta que durante mucho tiempo vivió atrapado en esa relación con CMB. El cambio comenzó cuando su terapeuta le propuso algo que inicialmente podía parecer absurdo: en lugar de seguir atacando a esa parte, empezar a conocerla.

No porque consumir estuviera bien ni porque las consecuencias dejaran de importar, sino porque CMB no había aparecido con el propósito de destruirlo.

Estaba intentando protegerlo con los recursos que había encontrado cuando el dolor resultaba demasiado grande.

Hacerse amigo no significa dejar hacer

Van Ness relaciona la aparición de esa parte con momentos especialmente dolorosos de su historia, entre ellos la muerte de su padrastro y otras experiencias difíciles.

Empezar a comprender esa función modificó gradualmente la relación.

Ya no necesitaba tenerle tanto miedo.

Y con el trabajo terapéutico también pudo acercarse a lugares y recuerdos que antes evitaba. Las calles de Los Ángeles que durante años habían quedado asociadas al temor dejaron de tener el mismo poder.

No ocurrió rápidamente.

Van Ness habla de tres o cuatro años de trabajo y recuerda que, mientras ocurría, podían parecer una eternidad. Las recaídas implicaban riesgos reales y nuevas experiencias dolorosas.

La relación compasiva con una parte no sustituyó el trabajo profundo con aquello que esa parte estaba intentando proteger.

Schwartz lo señala explícitamente: hacerse amigo del protector puede cambiar mucho, pero con frecuencia también es necesario atender las partes más heridas que lo mantienen en estado de emergencia.

No guardar el trauma en una caja

Van Ness cuenta que alguna vez imaginó la sanación como algo mucho más definitivo.

Procesar el trauma, colocarlo cuidadosamente dentro de una caja, guardar la caja en un estante y no tener que volver a ocuparse de ella.

Pero su experiencia no fue así.

Incluso después de años de trabajo siguen apareciendo partes que cargan vergüenza. Y la exposición pública ha creado nuevas situaciones capaces de tocar lugares antiguos: equivocarse, recibir críticas o ser avergonzado frente a muchas personas puede despertar dolores que parecían ya conocidos.

Sanar no significó conseguir que ninguna parte volviera a activarse.

Cambió la relación con ellas.

Y quizá allí aparezca una forma menos evidente de amor hacia uno mismo.

No como sentirse bien con todo lo que uno hace.

No como aprobar cualquier conducta.

Sino como dejar de convertir en enemigo a aquello que, de una manera extrema y a veces muy dañina, estaba intentando ayudar.

Porque frente a algunas de las partes que más cuesta aceptar puede aparecer una pregunta distinta.

No solamente qué hicieron.

También:

¿Qué dolor estaban intentando que no hubiera que sentir?


Ver la conversación completa: All Parts Welcome — Richard Schwartz, PhD + Jonathan Van Ness: Self-love & Internal Family Systems.