Un pequeño margen
No siempre tenemos claridad.
No siempre hay calma.
No siempre podemos dejar de pensar, sentir o reaccionar.
Y sin embargo, incluso ahí, suele haber algo disponible.
No es una solución.
No es un cambio profundo.
No es “estar bien”.
Es un pequeño margen.
Un espacio mínimo —a veces casi imperceptible— entre lo que ocurre por dentro y la forma en que me relaciono con eso. No cambia lo que siento. No corrige lo que pienso. No elimina lo que duele.
Pero alcanza.
Como el margen que necesita un violín dentro de su estuche:
no para moverse libremente,
sino para no estar forzado,
para no quedar aprisionado.
Ese margen no depende de que desaparezcan los pensamientos, las emociones o las creencias. Tampoco exige comprensión ni esfuerzo especial. Es más bien una capacidad silenciosa: la de poder estar conmigo mismo tal como estoy, sin tener que coincidir del todo con lo que pasa por dentro.
Puedo sentir miedo y no ser solo miedo.
Puedo pensar algo duro y no quedar reducido a eso.
Puedo estar confundido y aun así no perderme por completo.
Ese margen no siempre se siente como libertad. A veces se siente apenas como no estar del todo atrapado. Y eso ya es mucho.
No es una libertad ideal.
No es total.
No es permanente.
Pero es real.
Y desde ahí, incluso en medio del ruido interno, empieza a ser posible una relación distinta con uno mismo. No porque algo se resuelva, sino porque ya no todo queda ajustado al límite.
A veces, eso es suficiente.